Capítulo 1 #4
La sonrisa de Cecily se esfumó.
—No puede ser… ¿Tan evidente os parece?
—Solo para cualquiera que tenga ojos —respondió Beatrice.
—Estáis exagerando. Nadie habla de Rivington y de mí.
—Yo creo que sí. —La voz grave de Damian llegó desde detrás de Aurelia.
Cecily dejó escapar un pequeño gemido.
—Lo que me faltaba. ¿Tú también vas a interrogarme?
El Conde Oscuro se colocó junto a su esposa y apoyó una mano sobre su cintura con tal naturalidad que Aurelia se inclinó ligeramente hacia él sin siquiera darse cuenta.
—No.
—Gracias.
—Ya he investigado a Rivington muy a fondo.
Cecily lo miró con horror.
—¿Has hecho qué?
Aurelia se volvió hacia su marido con la misma expresión.
—Damian, es el mejor amigo de Rosehaven, así que no creo que él…
—No me bastaba con eso. Lo he investigado. Tenía que hacerlo. Es evidente que a Cecily le agrada muchísimo —repitió él, como si aquel comportamiento fuese de lo más razonable.
—¿Por qué demonios has hecho algo semejante? —preguntó muy enfadada la interesada en todo ese asunto.
—Porque si un hombre parece interesado en la hermana de mi esposa, quiero saber de qué clase de caballero se trata.
—¡No está interesado en mí!
Rosehaven carraspeó.
—Yo no apostaría demasiado dinero a tu teoría.
Cecily le lanzó una mirada amenazadora.
—Nadie te ha preguntado, Rosehaven. ¿No deberías llevarte a tu esposa a casa para que descanse debidamente?
—Lo haré en cuanto decidamos qué hacer contigo y Rivington.
A continuación, Damian continuó con absoluta calma:
—Lo apruebo. Podría ser la boda de la temporada.
Rivington administra bien sus propiedades, no tiene deudas preocupantes, no bebe más de lo razonable, no he encontrado amantes abandonadas ni hijos ilegítimos a los que se niegue a mantener y Rosehaven responde por su carácter.
Tampoco existe ninguna historia importante que me haga pensar que debería romperle las piernas.
—Oh, Dios mío… Esto no está sucediendo —musitó ella. Pero nadie le hizo caso.
Edmund asintió.
—En el idioma particular de Harrowmere, eso equivale a una recomendación entusiasta. Hay que planear una boda, en cuanto mi amigo se declare, por supuesto. Yo podría tener una charla con él. Será civilizada.
—¿Quieres que esté a tu lado? —planteó Damian.
—No creo que amenazarlo con romperle las piernas haga que Rivington hinque la rodilla. Será mejor que hable con él a solas.
—Se las pienso romper si le hace daño, sea tu amigo o no —le advirtió Damian como si estuviese hablando del tiempo.
—¡Amor mío! —lo amonestó la condesa.
—¿Qué? ¿No quieres que le haga daño si él hace sufrir a tu hermana?
—Por supuesto que habrá que reprenderlo adecuadamente si él no está a la altura, pero no deberías darle pistas a Rosehaven sobre lo que piensas hacer. Recuerda que el esposo de Beatrice es el mejor amigo de Rivington y su lealtad podría no estar clara.
—No creo que Beatrice le permita elegir a quién debe servir si hay un malentendido —respondió Damian.
—Es cierto —apuntó la marquesa—. Pero también es verdad que, si mi marido dice que Rivington es el hombre indicado para nuestra Cecily, es porque él lo es. No le hará daño.
—¡Basta! —intervino Cecily—. Os digo que os equivocáis.
Solo somos amigos. Él no está interesado en mí más de lo que yo lo estoy en él.
Aquí no hay absolutamente nada. No tengo la menor intención de casarme.
—Lo último era cierto, pero no diría el verdadero motivo por el que no podía casarse—.
Os olvidaréis de este asunto con el pobre Rivington y nadie comentará nada más al respecto, ni a mí ni, por supuesto, al barón.
Y como hagáis algo en contra de mis deseos, Dios os proteja de mis peculiaridades , porque os prometo a todos que me las pagaréis de un modo u otro.
Acto seguido, ella se marchó de allí como si fuese una gran reina que acababa de dictar sentencia y no admitía réplica.
—Aprende de la hermana de tu esposa, Harrowmere, porque ella sí sabe lanzar amenazas que hacen que uno se estremezca. Beatrice es igual —apuntó el Marqués Radiante.
—Y que lo digas, Rosehaven —estuvo de acuerdo el Conde Oscuro—. Siento lástima por Rivington. La misma que sentí por ti cuando me di cuenta de que tu esposa era como la mía —se calló en cuanto se percató de que había hablado de más.
—Es hora de la retirada, amigo mío —apuntó Edmund. Ambos se marcharon de allí tan rápido como pudieron.
Aurelia y Beatrice los maldijeron por ser tontos y se centraron en el problema que tenían con Cecily y Rivington.
Mientras tanto, Cecily se negaba a darle la menor importancia al asunto.
Si su propia familia había comenzado a sacar conclusiones precipitadas, era solo porque se preocupaban por ella.
No había nada peor que un par de mujeres llenas de felicidad ansiosas por contagiar a las demás.
Seguro que nadie más había estado pendiente del barón y de ella.
Había rumores más jugosos en Londres en los que centrarse.
No pensaba evitar a Rivington ni convertir una amistad agradable en algo incómodo, pero quizá podría negarse alguna vez a bailar con él… ¡No! No lo haría porque el barón solo era un querido amigo. Ella les demostraría a todos que los hombres y las mujeres podían cultivar una sana amistad.
Además, ¿qué mal le podía suceder a Cecily, si lo peor ya le había ocurrido?
¡Qué gran dolor y humillación!
Cada día maldecía el momento en el que se le ocurrió ir a pedirle ayuda a un duque que no era más que un patán insensible y siniestro.