Capítulo 1 #3
Cecily se echó a reír de una forma tan franca que una de las parejas cercanas volvió la cabeza. Lo advirtió, pero no le concedió importancia porque estaba demasiado acostumbrada a que la sociedad considerase excesivo cualquier gesto que no estuviese bien calculado.
—Vas a conseguir que me comporte de manera impropia si sigues haciéndome reír de esa forma. Si le digo a Damian que quiero tu caballo, lo tendré. No importa si tiene que hacer lo impensable para ofrecérmelo.
—¿Entiendes lo que estás insinuando? —le preguntó con una ceja alzada.
—Por supuesto que sí. Damian es el esposo de mi amada hermana, y Aurelia le recordará que es importante que me haga feliz.
—No creo que lo que dices sea así.
—¡Está bien! —claudicó Cecily—. Damian me contentará porque no querrá soportar mis demandas cada día durante un mes.
—¿Un mes?
—Es el tiempo máximo que soportó mi petición para llevarnos a Aurelia y a mí a un club de juego.
—¿Has estado en qué lugar? —preguntó asombrado.
—No te alteres. Fue todo muy… muy… adecuado y anónimo —comentó, cuando encontró las palabras para calificar la experiencia.
—No sé qué resulta más sorprendente, si que Harrowmere le permitiese a su mujer ir a un lugar así o que lograse convencerlo.
—Fuimos solo porque Aurelia sentía curiosidad y mi hermana no hizo nada para refrenarme. Damian cree que irá al cielo incluso si decide prenderle fuego a Londres, pues sostiene que Dios lo pone a prueba cada día cuando yo hablo.
Rivington volvió a reírse y Cecily dejó de prestar atención a cuanto sucedía a su alrededor.
Hablar con él resultaba fácil porque ninguno necesitaba fingir ante el otro; si una ocurrencia le hacía gracia, Cecily se reía, y si Rivington no estaba de acuerdo con algo que ella decía, la contradecía sin rodeos y sin esperar que la diferencia de opinión desembocase en una guerra.
Debido a esa comodidad, Cecily no había advertido que la sociedad había comenzado a observarlos con creciente interés desde hacía días.
Rivington sí lo había hecho. Incluso en esos instantes, el barón sentía que la dama con la que bailaba y él estaban siendo escrutados.
De hecho, durante una de las figuras de la danza, su mirada recorrió brevemente el salón y encontró a dos matronas hablando tras sus abanicos, a un caballero observándolos con curiosidad y, bastante más lejos, a Rosehaven, cuya sonrisa divertida indicaba que había descubierto algo que pensaba utilizar después para burlarse de su amigo.
Nada de ello le preocupaba… de momento, al menos.
—Lavinia no disfruta demasiado de los bailes, ¿verdad? —preguntó cuando volvieron a encontrarse.
La pregunta sorprendió a Cecily.
—¿Por qué lo dices?
—No estoy acostumbrado a que me nieguen un baile.
—Ahora suenas como Rosehaven.
—No es vanidad. Es que…
—¿Qué? —se interesó ella.
—Esta es la tercera vez que le he pedido que baile conmigo y ella no me lo ha permitido.
—No deberías tomártelo como algo personal.
—¿No?
—Ha pasado unos meses difíciles.
Rivington no preguntó qué había ocurrido, y aquel pequeño gesto de discreción le agradó más de lo que Cecily esperaba.
—Entonces, espero que los siguientes sean mejores.
—Yo también.
La conversación cambió sin esfuerzo. Hablaron de una obra de teatro que ambos habían visto, discutieron acerca de si Rosehaven era consciente de lo molesto que podía llegar a ser y acabaron discrepando sobre la conveniencia de permitir que determinados caballeros continuasen bailando cuando carecían de cualquier sentido del ritmo.
Para cuando terminó la pieza, Cecily estaba de un humor excelente.
—Gracias —dijo mientras Rivington la conducía fuera de la pista de baile.
—¿Eso significa que nuestra amistad continúa?
—Por ahora.
—Qué alivio.
Se separaron poco después porque Rosehaven llamó al barón desde el otro lado del salón. Cecily se dispuso entonces a regresar junto a Lavinia, pero apenas había avanzado unos pasos cuando Aurelia se interpuso en su camino con una expresión que conocía demasiado bien.
—No.
Su hermana parpadeó.
—Todavía no he dicho nada.
—No hace falta. Te conozco.
—Solo iba a preguntarte si te has divertido.
—Sí.
—¿Mucho?
—Aurelia…
—¿Con lord Rivington?
Cecily cruzó los brazos.
—Deja de mirarme de esa manera.
—¿Qué manera?
—Como si estuvieras calculando cuánto tardarías en organizar una boda.
Aurelia abrió los ojos y compuso una expresión ofendida.
—¡No estaba pensando en eso! —Cecily alzó una ceja muy sardónica y Aurelia se derrumbó—: Está bien —admitió finalmente su hermana—. Puede que se me haya ocurrido durante unos segundos, pero no puedes culparme. Te he visto con él.
—Solo estaba bailando.
—Te estabas riendo. Siempre te ríes cuando estás con él y es el único que tolera tus… peculiaridades.
—No soy tan peculiar. Además, me río bastante.
—Lo eres. Excéntrica, incluso. Y no te ríes de esa manera con todos los hombres.
Cecily buscó ayuda en dirección a Lavinia y descubrió que su amiga seguía cerca de la columna, contemplando la escena con una diversión evidente y sin la menor intención de acudir a rescatarla, pues sabía que Aurelia la estaría arrinconando con el asunto del barón.
No era la primera vez que lo hacía, aunque en las anteriores ocasiones no había sido tan directa como en esta.
—Lord Rivington es mi amigo.
—Los hombres y las mujeres no son amigos.
—Pues él y yo lo somos. —No le diría que Lavinia le había dicho algo en esa dirección o Aurelia no la dejaría en paz.
—Está bien. Como sé que discutir contigo es una pérdida de tiempo, diré que es un amigo que te agrada.
—Sí, me agrada mucho —reconoció Cecily porque cualquier otra respuesta habría resultado absurda—. Es divertido, inteligente cuando se esfuerza y no se ofende cada vez que digo algo que considera inapropiado. Nada de eso significa que quiera casarme con él.
—Yo no he hablado de matrimonio… todavía.
—No lo hagas —le recomendó.
—Soy tu hermana, me intereso por tu felicidad. Rivington te hace feliz —le dijo con suavidad.
—Rosehaven estaba diciendo algo parecido hace un instante. ¿Qué sucede entre Rivington y tú, Cecily?
La hermana de Aurelia cerró los ojos al reconocer la voz de Beatrice. La marquesa de Rosehaven estaba a su lado y su mano derecha descansaba sobre un vientre que seguía bastante plano, dado que el embarazo era bastante reciente y solo los más allegados sabían de tal condición.
—Tú deberías estar sentada —le dijo Cecily.
Rosehaven, que acababa de colocarse al lado de su marquesa, asintió.
—Eso creo yo también —apostilló el marqués.
Beatrice puso los ojos en blanco.
—Estoy embarazada, no enferma, y tenía que venir porque Aurelia necesita ayuda con Cecily.
—Aurelia no necesita ningún tipo de ayuda con Cecily —dijo la aludida, refiriéndose a sí misma en tercera persona con retintín.
—Claramente sí, porque estás negándote a reconocer algo que resulta evidente, hermana —expuso lady Harrowmere.
Cecily las miró a una y a otra con enfado.
—¿Qué se supone que resulta tan evidente?
Beatrice señaló con discreción hacia el lugar donde Rivington conversaba con otro caballero.
—Hacéis una pareja muy bonita.
—Por amor de Dios…
—Y antes de que empieces a protestar, te diré que tengo más argumentos. Como, por ejemplo, que bailas con él en todas las fiestas en las que coincidís —siguió la marquesa.
—Una vez. No es indecoroso ni extraño.
—Es curioso y llamativo —intervino Aurelia.
—Porque somos amigos.
—Y después os pasáis buena parte de la velada conversando —apuntó Beatrice.
—También converso con otros hombres.
—Damian y Rosehaven no cuentan —la avisó su hermana.
—No tengo la culpa de que solo encuentre inteligentes a Damian, Rosehaven y Rivington.
Edmund no pudo contener una carcajada. Beatrice lo miró con irritación.
—No la animes.
—No estoy haciendo eso —le dijo el marqués.
Cecily suspiró.
—Esto es lo que ocurre cuando dos mujeres se casan y son felices. De repente, comienzan a creer que todas las demás debemos seguir su ejemplo.
—No quiero que te cases con cualquiera —protestó Aurelia—. Solo quiero verte feliz.
—Ya soy feliz tal y como estoy. No quiero a ningún patán siniestro que me haga llorar la primera noche en la que… —suspiró.
—No estás contenta con tu vida, Cecily —le dijo Aurelia, al tiempo que le sostenía una mano entre las suyas con cuidado.
—Rivington no es más que un amigo. De verdad, Aurelia. No necesito que me busques esposo.
Su hermana pareció aceptar la respuesta, aunque Beatrice seguía observándola con una expresión demasiado interesada.
—Sigo pensando que hay algo entre el amigo de Rosehaven y tú. ¿Por qué no le das una oportunidad?
Cecily se volvió hacia ella.
—Ni se te ocurra decir nada más, Beatrice. Te lo prohíbo.
—…Podríamos utilizar la Pluma Indiscreta —continuó la marquesa sin hacerle el menor caso— para que Rivington se animase a dar el paso…
Escribir algo muy discreto, como: «cierto barón de excelente reputación parece haber descubierto que las veladas londinenses resultan mucho más entretenidas cuando lady C.
W. está dispuesta a concederle un baile… ».
—Perfecto. Ahora no solo Damian sabe que tenemos una columna. Tampoco te has podido callar y se lo has dicho a Rosehaven —se quejó Cecily.
—Mi marido no dirá nada.
—No lo haré —prometió el interesado.
—Lord Rivington es un buen amigo y nada más. Si alguien publica lo contrario, exigiré una rectificación.
—¿A una columna que escribes tú misma? —preguntó Edmund.
—Eso garantizaría que la rectificación fuese completamente fiable.
Aurelia se echó a reír, aunque la diversión no borró del todo su preocupación.
—Los rumores no se pueden rectificar, más cuando tienen base.
Puedes bromear cuanto quieras, Cecily, pero deberías tener cierto cuidado.
Lleváis meses coincidiendo en las mismas fiestas, siempre bailáis juntos y después os encuentran conversando como si el resto de la sala no existiera.
Esta noche no has sido precisamente discreta.
Puedes decir que es solo un amigo, pero parece otra cosa y él también debe estar dándose cuenta de que tú lo prefieres sobre los demás.