Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

A Lavinia también le gustaba el mejor amigo del esposo de Beatrice. Lo encontraba divertido y muy agradable.

—No interrumpes nada, Rivington —le indicó Cecily, sin formalidad, porque cuando estaban en privado prescindían de ella.

—Qué decepción. La expresión de ambas sugería que se estaba negociando algo bastante peligroso que incluían solteronas y perros.

—¡Oh, Rivington, qué gran decepción! Espiar a un par de mujeres que planean su futuro… —lo reprobó.

—Cecily… No puedes regañar a un caballero.

—A Rivington sí. Él no se ofenderá, ¿verdad? —lo interrogó.

El barón le sonrió a Cecily y a continuación a Lavinia.

—No lo haré. Además, no sería un auténtico caballero si permitiese que dos hermosas damas terminasen recluidas en el campo rodeadas de perros.

Estoy convencido de que solo tenéis que sonreír y se formará una fila para tratar de impresionaros.

—Lavinia se echó a reír y eso captó la atención del barón—.

¿He dicho algo gracioso, Lavinia? —Él tampoco trataba con la debida etiqueta a la joven, dado que se conocían ya lo suficiente.

—Un poco. Sin embargo, lo que pretendía era probar tu teoría, Rivington.

Si sonreír hiciese que se congregase un buen número de pretendientes a nuestro alrededor, ¿qué no haría una risa franca?

—Lavinia miró a derecha e izquierda, pues ella acababa de reírse sin restricción y luego se centró en los ojos del barón para decirle—: No veo a nadie cerca.

Creo que has errado en tu suposición. Cecily y yo estamos condenadas a vivir juntas para siempre.

—Felizmente condenadas —puntualizó la hermana de Aurelia.

—Ningún condenado está feliz, Cecily —reparó Lavinia.

—Nosotras somos tan peculiares que lo seremos.

Rivington sonrió.

—La suerte de que no haya una horda cerca de dos de las damas más bonitas del salón es que las tengo para mí solo.

La carcajada de Cecily salió con tanta naturalidad que no intentó contenerla.

—Dios santo. ¿Cómo puede ser que no te hayan atrapado todavía? Eres el caballero más encantador que conozco.

—¡Cecily! —la reprendió Lavinia.

—¿Qué he hecho ahora para que te muestres tan severa como la propia Aurelia?

—No puedes decir lo que acabas de decir.

—¡Rivington es nuestro amigo! —expuso como si tuviese toda la razón del mundo.

—Es un caballero soltero y tú eres una dama…

—Sé perfectamente lo que soy, Lavinia —la interrumpió la aludida por si su amiga se iba de la lengua.

—Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos, Cecily. Esa es la verdad.

—Tonterías. —La aludida hizo un aspaviento—. Rivington y yo somos tan peculiares que nos hemos convertido en grandes amigos.

—¿Peculiares? Sí que lo somos… —consideró el barón—.

¿Acaso no me consideras tu amigo, Lavinia?

Porque en ese caso debería tratarte con la distinción que mereces por ser la hija de un conde.

Creía que habíamos superado las rígidas normas sociales después de estos meses.

Ser el mejor amigo de Rosehaven por fin tiene una clara ventaja.

Me consideraba amigo de dos de las damas más interesantes de Londres y he tenido la fortuna de conseguirlo gracias a lady Rosehaven.

—Cielos… Eres todavía más increíble que Rosehaven cuando despliegas todo ese encanto —decretó Cecily—. Lavinia, te lo ruego, hazle saber a Rivington que es nuestro más querido amigo o se marchará esta noche tratando de ocultar alguna lágrima.

—Está bien —dijo la otra joven—. Rivington, eres mi amigo, lo que no llego a comprender es cómo puedes considerarte amigo de Cecily. Todo el mundo siente deseos de estrangularla. —Se quedó un momento pensativa y luego continuó con su reflexión—: Me extraña que Damian todavía no lo haya hecho.

Le tocó el turno al barón de soltar una gran carcajada y Cecily chasqueó la lengua.

—Sigue así y dejaré de considerarte mi amiga. —Luego le dedicó una mirada llena de censura al mejor amigo del marqués de Rosehaven y le dijo—: Y si vuelves a reírte de mí, te… te… te… Bueno, no sé qué te haré, pero algo que no te agradará —le prometió.

—No me reía de ti, Cecily —le aclaró de inmediato el barón.

—Ya… —le dijo enfurruñada.

Rivington dirigió una breve mirada hacia la pista, donde los músicos se preparaban para iniciar la siguiente pieza. Las dos damas estaban contemplando lo mismo que él.

—Si no tienes comprometido este baile, ¿me concederías el honor?

Cecily miró a su amigo y vio que él le estaba hablando a Lavinia. Y como su amiga no le hacía caso, tuvo que darle un ligero codazo.

Lavinia se fijó entonces en que el barón tenía una mano extendida hacia ella.

—¿Yo? —preguntó asombrada. Cecily era la que siempre bailaba con él.

—Lavinia, te lo está pidiendo a ti, sí —murmuró Cecily.

—Oh… yo… —carraspeó—. Es muy amable por tu parte, Rivington, pero esta noche prefiero descansar.

—Lavinia sabía que Cecily le habría dicho al barón que debía invitarla a bailar en alguna ocasión y no quería hacerlo solo por compasión.

Además, ya no le agradaba bailar. En realidad, después de su decepción amorosa, había pocas cosas que le causaran un poco de felicidad.

Cecily observó al barón con atención porque muchos hombres consideraban una negativa como una invitación a insistir. Rivington, en cambio, se limitó a aceptar la respuesta con una naturalidad que pareció causarle alivio a Lavinia.

—Entonces espero tener mejor fortuna en otra ocasión.

—Quizá.

El barón volvió los ojos hacia Cecily.

—¿Y tú?

Ella arqueó una ceja.

—¿Debo entender que soy la segunda opción esta noche?

—En este momento, sí.

Cecily fingió sentirse ofendida.

—Al menos podrías haber tenido la delicadeza de mentirme.

—Creía que nuestra amistad había alcanzado ya ese grado de confianza en el que la sinceridad dejaba de resultar peligrosa.

—Empiezo a arrepentirme de haberte permitido semejante confianza.

—En ese caso deberías concederme un baile antes de poner fin a nuestra amistad.

Has sido testigo de cómo una de las damas más interesantes de todo el salón se ha negado a concederme un baile, Cecily.

Me siento vulnerable y no deberías jugar con un hombre al que acaban de darle una negativa por respuesta.

Lavinia soltó una risa muy honesta y Cecily terminó entregándole la mano.

—Una sola pieza.

—Jamás habría osado pedirte dos. Sé lo que implica.

—La mujer que se case contigo será muy afortunada, Rivington.

—¡Cecily! —la regañó Lavinia.

—¿Qué he hecho mal esta vez?

—Lo que le has dicho a Rivington es más delicado que bailar una segunda pieza con él.

—¡Bah! Nuestro amigo me conoce lo bastante bien como para saber que no estoy coqueteando con él ni insinuando nada inapropiado.

—Dios libre a las mujeres de entender correctamente a los hombres —farfulló él—. Nos ahorraríamos más de un dolor de cabeza si supierais lo que en verdad deseamos con un simple vistazo.

Y con esa frase tan enigmática dejó a Cecily y a Lavinia sin palabras.

Rivington no comentó nada más al respecto.

Se limitó a hacerle una reverencia de cortesía a Lavinia a modo de despedida y condujo a Cecily hacia la pista central.

La dama se dejó llevar sin pensar demasiado en ello.

Ese era el motivo por el que le gustaba bailar con él, pues no existía una tensión incómoda detrás de cada palabra ni tenía que preguntarse si una sonrisa sería interpretada como una declaración de interés.

Rivington conocía su carácter, parecía disfrutar de su peculiaridad y jamás había mostrado esa tendencia de algunos hombres a pensar que una conversación agradable debía terminar con una dama pensando futuros nombres para los hijos en común.

—He reflexionado bastante sobre nuestra última conversación seria —dijo él una vez que ocuparon su lugar entre los demás bailarines.

—Eso puede ser preocupante. Recuerdo que aquella mañana de hace dos días dije demasiadas tonterías sobre el sentido de la felicidad.

—Me refería a la conversación sobre mi caballo.

Cecily sonrió.

—Por supuesto, ¿qué hay más importante para un hombre que su montura? Tengo un gran respeto por tu caballo, ya te lo comenté.

—Lo que no dijiste era el motivo de tal admiración.

—Pensé que lo acabarías averiguando. Como no ha sido así, te lo explicaré con mucho gusto. El animal posee suficiente inteligencia para avergonzarse de las ideas de su jinete.

—Sí que eres muy peculiar, Cecily. El hombre que se gane tu admiración deberá tener la paciencia de un santo.

—¿Estoy bailando contigo o con Damian? Te lo pregunto porque acabas de hablar como él.

—Está bien, no te reprenderé. Eso lo hace divinamente Lavinia. He decidido venderlo. Al caballo, digo.

Ella lo miró con exagerado horror.

—¡No puedes castigar al pobre animal por tener mejor juicio que tú!

—Ese es el problema. Un hombre no debería conservar cerca a alguien que cuestione todo el tiempo su autoridad. Admito que no he conseguido domar a esa bestia. Esta mañana mismo, casi me ha tirado de su lomo.

—Entonces, te recomiendo que no te cases jamás —murmuró ella.

Rivington guardó silencio durante un instante.

—¿Acabas de comparar a una esposa con un caballo salvaje?

La música seguía avanzando y tuvieron que separarse para seguir las figuras de la danza. Cuando volvieron a encontrarse frente a frente, Rivington todavía seguía ceñudo.

—Hay que tener paciencia. Eso es lo que digo. Si vas a vender al caballo, le diré a Damian que lo compre.

—Espero que no estés pensando en tratar de…

—¿Domarlo? —lo interrumpió ella—. ¿Por qué no debería intentarlo? El animal necesita una mano conciliadora que lo guíe, no que lo regañe por lo que ha hecho mal, y menos cuando no es culpable de nada.

—¿Cecily?

—¿Qué?

—¿Seguimos hablando de caballos?

—Por supuesto que sí. Salvaré a tu caballo de tu testarudez y te demostraré que soy mejor jinete que tú.

—Eres brillante en muchas cosas, como en discutir, pero no permitiré que hagas que Harrowmere compre mi montura.