Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

Descuidos sin importancia

Lady Cecily Westcott había llegado a la conclusión de que el matrimonio volvía a algunas mujeres desquiciantemente felices, aunque todavía no había decidido si eso era un defecto o una virtud.

Desde su posición, junto a una de las columnas que flanqueaban el enorme salón de baile, estaba observando a su hermana y tuvo que contener una sonrisa al comprobar que Aurelia apenas conseguía mantener la atención en la dama de edad avanzada que conversaba con ella.

Lady Harrowmere, esa era Aurelia, siempre estaba pendiente de su esposo.

Damian, conocido como el Conde Oscuro, y Aurelia formaban una bonita pareja.

Le gustaba vivir bajo el techo de su hermana y su marido, aunque a veces la hacían sentir muy incómoda.

La pareja no se privaba de mostrar su plena devoción en cuanto podía y a ambos les importaba muy poco delante de quién estuviesen para hacerlo.

Cecily chasqueó la lengua en cuanto observó que Aurelia estaba contemplando a su esposo mientras se mordía el labio inferior.

Entonces decidió ver si Damian estaba al tanto del comportamiento tan indecoroso de su condesa y…

sí. Se veía complacido porque de inmediato lo observó guiñarle un ojo a su mujer, quien se puso colorada.

—Están haciéndolo otra vez —comentó Cecily por lo bajo.

Lavinia, que permanecía a su lado con una copa de limonada entre las manos, siguió la dirección de su mirada y tardó muy poco en descubrir a qué se refería.

—Ah, ese es el motivo por el que estabas gruñendo.

—No gruñía, solo he chasqueado la lengua —comentó.

—Admite que tienes envidia de la felicidad de tu hermana.

—Naturalmente que la tengo. Eso no excluye que me alegre por ella y que tenga derecho a recriminar a Aurelia porque se comporta como si fuese una jovencita encaprichada. Damian y ella se miran como si llevasen meses separados y ambos han bailado juntos hace menos de diez minutos.

Lavinia sonrió.

—Quizá el amor provoque alguna alteración en la percepción del tiempo.

—Parece que en cualquier momento Aurelia vaya a saltar sobre su esposo. ¿No se da cuenta de que todo el mundo es consciente de…?

—Se desean, Cecily. Están casados y está permitido que se amen y se deseen.

La otra suspiró.

—Tienes razón. Es solo que…

—Sé perfectamente lo que es, amiga mía —le dijo con cierta tristeza.

Cecily y Lavinia compartían el mal del corazón roto, aunque, en honor a la verdad, la hermana de Aurelia sospechaba que su mejor amiga lo tenía más magullado que ella.

Sería mejor no pensar en la decepción y en las decisiones equivocadas que ambas habían tomado en el pasado.

Cecily desplazó entonces la mirada hacia otra parte del salón y descubrió que Beatrice y Edmund, los marqueses de Rosehaven, tampoco contribuían demasiado a mejorar su opinión sobre las personas felizmente casadas.

La marquesa de Rosehaven estaba sentada en uno de los sillones dispuestos junto a las ventanas, cumpliendo con más resignación que entusiasmo las recomendaciones de un médico que le había aconsejado calma durante el embarazo.

Su esposo se veía como si fuese un guerrero romano dispuesto a masacrar a cualquiera que incomodase a su mujer.

—Y esos dos tampoco son mejores —murmuró Cecily para después volver a chasquear la lengua.

—Creo que es bonito.

—No he dicho que no lo sea.

Lavinia bebió un pequeño sorbo antes de mirarla de reojo.

—Estás celosa —repitió.

Cecily volvió la cabeza con una lentitud deliberada.

—Lo estoy —admitió de forma inequívoca—. Aurelia tiene a Damian, Beatrice a Rosehaven y Georgiana está en el campo con Ravensholt, seguramente porque su duque no le permite abandonar la cama. Tres amigas casadas, enamoradas y encantadas con sus respectivas vidas. Lujuriosas también.

—No puedes decir esas cosas, Cecily.

—¿Por qué no? Tú y yo ya no somos inoce…

—Cecily —la llamó al orden.

—En realidad, no echo de menos eso .

—¿Qué es eso ?

—Oh, vamos, Lavinia. Sabes muy bien a lo que me refiero. El acto es extraño… y demasiado íntimo. Placentero también, y, sí, hay un momento desconcertante, pero lo que ocurre es que…

—No sigas, Cecily.

—Está bien. No seguiré describiendo eso . Lo que sí que anhelo cada día es…

—Amor, Cecily. Tú y yo estamos desesperadas porque el caballero adecuado nos ame y podamos devolverle ese amor porque él se lo merece.

—¡Sí! Y tú, a pesar de que él fue un…

—No digas nada más —la avisó con rotundidad.

—Admite que, pese a lo que ocurrió con él, tienes más posibilidades de poder rehacer tu vida que yo. ¿Qué será de mí? Soy su prisionera y él ni tan siquiera…

—¿Qué? ¿Vas a contarme al fin lo que ocurrió después de la boda, Cecily?

—¿No es evidente que no salió como creí?

—¿Qué diantres le hiciste para que te mandase lejos tan pronto?

—¿Por qué siempre mis queridas amigas suponen que yo tengo la culpa de todos los males de la tierra? —se quejó.

—Porque te conocemos muy bien.

—Pues te informo de que no hice nada malo, más que salir corriendo de aquella casa para escapar de un monstruo. ¿Satisfecha?

—En absoluto. Para estarlo tendrías que explicarme lo que ocurrió en verdad.

—En cuanto me expliques lo que te sucedió a ti en aquella posada, yo podría…

—Ninguna de las dos tendrá lo que espera —la cortó. Lavinia no estaba preparada para hablar de cómo aquel miserable le había roto el corazón.

—Bueno. Supongo que podemos reconfortarnos con la idea de que, pese a que Aurelia y Beatrice han encontrado la felicidad, tú y yo la acariciamos brevemente. Lo cierto es que yo tenía grandes esperanzas en… ¿Cómo podría llamarlo? ¿El Duque Maldito?

—Él no está maldito.

—¿El Duque Monstruoso?

—Excesivo, Cecily.

—¡El Duque Siniestro!

—En realidad, sí que lo recuerdo de ese modo. ¿Piensas utilizar la Pluma Indiscreta para hacerlo salir del agujero en el que se haya metido?

—Por supuesto que no. Te he confesado que aquello salió mal.

—Lo que me pregunto es el motivo que tienes para hablar de ese asunto justo hoy.

—Porque sufro, Lavinia. Tú, mejor que nadie, deberías saberlo.

Ay, los besos… Maldito sea él por haberme besado de ese modo.

Y luego está lo otro… Ya sabes a lo que me refiero.

¡Era un extraño y me dejó marcada, Lavinia!

¿Sabes lo frustrante que es recordar lo que me hizo y saber que no volveré a tenerlo?

Estoy atrapada. No puedo romper mis votos, ni buscarme un amante porque no soy como Westcott y…

—Por amor de Dios, Cecily. No digas esas cosas aquí. Además, has dicho que no echabas de menos eso.

—Pero quiero un Damian —advirtió remolona.

—¿Estás enamorada del marido de tu hermana? —preguntó llena de asombro.

—¡No! ¡Claro que no! Él es oscuro, no siniestro. Damian no tiene nada que ver con…

—¡Lo echas de menos!

—¿Cómo no voy a hacerlo? Bueno, a él no, sí lo que me hizo sentir antes de… —Suspiró—. Sus besos, los abrazos, las palabras que me dijo mientras… ya sabes qué… ¡Y luego lo estropeó todo!

—¿Y cómo lo estropeó todo tu Duque Siniestro?

—Ah, buen intento. ¿Por qué te dejó sola en la posada el patán estúpido?

—Me fugué con un hombre del que me habías advertido. Tuviste razón con él, Cecily. Eso es todo lo que estoy dispuesta admitir. No me quería tanto.

—El Duque Amargado tampoco a mí.

—¿No dijiste que era siniestro?

—Sí. Eso era, pero también es un hombre amargado, solitario, infeliz y…

—Suspiró—. No tuve que haberle permitido consumar nuestro matrimonio.

Pensé que hacer algo así carecería de importancia.

Supongo que el hecho de haber visto a mi padre seducir a tantas mujeres me hizo creer que la relación física era una niñería.

No lo es en absoluto. Lo odio, Lavinia, y pese a ello, no podría permitir que nadie me tocase como él lo hizo.

¿Crees que eso es amor y lo estoy confundiendo con odio?

—Se llama lealtad, Cecily. Comprometiste tu palabra y no la romperás, ocurra lo que ocurra.

Somos como Aurelia, Georgiana y Beatrice.

Nuestros padres lo han hecho tan mal siempre con nosotras que no toleramos la traición.

Y si quieres mi opinión, la lealtad es mucho mejor que el amor; es un vínculo más seguro.

Su amiga levantó la mirada y la observó durante unos segundos, esta vez sin sonreír.

La música, las conversaciones y el sonido de decenas de zapatos deslizándose sobre el suelo pulido llenaban el silencio que prevalecía entre ambas.

A pocos pasos, una pareja abandonaba la pista de baile mientras otra se preparaba para ocupar su lugar; alrededor de ellas la velada continuaba con perfecta normalidad.

Para las dos amigas nada era normal. Sus vidas estaban patas arriba y solo les quedaba seguir hacia adelante.

—Siempre podemos vivir como un par de viejas solteronas, juntas, rodeadas de gatos.

—A ti no te gustan los gatos, Cecily —le recordó Lavinia.

—Es cierto. Entonces, perros. Son más leales y no le rompen el corazón a una dama.

—¿Interrumpo algo importante?

La voz masculina hizo que ambas abandonasen la discusión.

Cecily reconoció enseguida al hombre que acababa de colocarse frente a ellas.

Leander Thorne, barón Rivington, llevaba una chaqueta oscura de corte impecable a juego con los pantalones y un chaleco de color burdeos.

Rivington no poseía la belleza llamativa de Rosehaven ni la presencia imponente de Damian, pero había algo agradablemente sencillo en su aspecto y en el modo en que se comportaba, quizá porque era humilde.

A Cecily le agradaba el barón. Era un hombre encantador.

Desde aquel paseo por Hyde Park en el que se habían conocido, Cecily había descubierto que Rivington era una compañía muy entretenida.

Él no se ofendía cuando lo contradecía —y ella lo hacía muy a menudo— ni tampoco esperaba que moderase cada comentario para proteger su orgullo y, todavía más importante, poseía suficiente sentido del humor para reírse de sí mismo y no resultaba siniestro.