Prefacio #5
Cecily había esperado muchas preguntas, pero no aquella. Pensó en Westcott y en lo que podía ocurrir si alguien decidía que era demasiado joven para tomar una decisión sobre su futuro.
Así que sonrió.
—¿Qué edad cree que tengo?
Dominic la miró con abierta desconfianza.
—Espero que veintiuno.
—Exacto —mintió—. Comienza a parecer inteligente —Si él necesitaba a una mujer de esa edad, ella no tenía ningún problema en atribuírsela.
¿Qué mal podría haber en decir una mentira piadosa?
Era una mujer tomando la iniciativa y decidiendo sobre su propia vida.
Nada podía salir mal porque lo que había en juego era fundamental.
El bienestar de su hermana era lo que importaba.
—¿Hay algún compromiso matrimonial previo del que deba enterarme? —preguntó él.
—No.
—¿Algún amante?
—¡No, ya se lo he dicho! —se quejó.
—¿Alguna posibilidad de que esté esperando un hijo? —repitió.
—¿Otra vez con eso?
—Le estoy dando una oportunidad; si descubro que me ha mentido, le aseguro que…
Cecily se puso roja de indignación.
—¡Basta! —gritó exasperada.
Lavinia se puso en pie y corrió hasta su amiga.
—¿Qué ocurre?
—Oh, nada importante. Solo ocurre que el duque de Blackshow continúa pensando que soy una falda ligera que va a endilgarle un hijo ilegítimo.
—Creo que deberíamos marcharnos —musitó Lavinia.
—No —intervino el duque—. Tenemos un acuerdo y no le permitiré escapar —le dijo a Cecily.
—¿Eso es todo lo que tiene que decir después de insultarme otra vez?
—Me parecía una pregunta necesaria teniendo en cuenta que está dispuesta a casarse con un desconocido con el que en pocas horas compartirá la cama.
—Por amor de Dios… —se escuchó decir a Lavinia, quien además se había puesto una mano sobre la frente.
—Mi futuro esposo no se reserva nada. Curioso, ¿no te parece, amiga mía?
Esta vez él le sonrió. Fue una sonrisa breve, torcida por la cicatriz y tan inesperada que Cecily se quedó observándolo intrigada. La quemadura tiraba ligeramente de la piel del lado izquierdo, provocando que el gesto fuese imperfecto, aunque aquello no lo hacía desagradable.
En realidad, él se veía formidable.
No. Se negó a profundizar en aquel pensamiento.
—Lo que me parece es que esto ha llegado demasiado lejos —mencionó la aludida.
—Está hecho —sentenció él—. Cecily, tenemos un acuerdo.
—¿Le has dado tu nombre? —preguntó alterada Lavinia.
—Pretendo casarme con él. ¿Cómo no iba a hacerlo?
—Oh, Dios, esto es una pesadilla.
—A partir de ahora nos apañaremos sin usted, milady —le espetó Dominic a la amiga de su inminente duquesa.
—¿Me está echando de su casa, excelencia?
—Su labor como carabina ha sido breve y ya no resulta necesaria.
El duque se levantó de su asiento. Y Cecily lo miró con suma atención. Tenía delante a un duque. Uno poderoso, rico, peligroso y menos monstruoso de lo que había esperado.
Podía salvar a Aurelia.
Podía salvarse a sí misma.
Solo tenía que casarse con él. ¡Oh cielos!
—¿Cecily? —Lavinia estaba rezando para que su amiga recuperase la cordura.
—Puedes irte a casa, después de la boda, querida amiga.
Lavinia cerró los ojos. ¡Aquello no podía estar sucediendo!
—¿Después de la boda? —inquirió el duque.
—Es mi mejor amiga. Ella estará a mi lado mientras hago la mayor… Uhm… Mientras me caso. —Suerte que se enmendó y no dijo que iba a cometer la mayor locura de su vida.
—No acostumbro a que se cuestionen mis órdenes —saltó él.
—¿Privará a su futura esposa de un deseo tan pequeño como permanecer al lado de su querida amiga mientras lo acepta por esposo?
Él se quedó mirándola durante un largo momento. Luego suspiró.
—Ya comienzo a arrepentirme de mi decisión —apuntó el duque con los dientes apretados.
Dominic cruzó la estancia y tiró del cordón de la campanilla.
—¿Qué hace? —exigió saber la hermana de Aurelia.
—Convertir su disparate en un problema legalmente vinculante.
El criado apareció poco después.
—¿Excelencia?
—Despierte al señor Resswell. —Era su secretario.
—El señor Resswell se retiró hace aproximadamente dos horas.
—Entonces tendrá el privilegio de levantarse de nuevo.
—Sí, excelencia.
—Y envíe a alguien a buscar al vicario Ellison. Dígale que necesito sus servicios esta noche.
El criado vaciló.
—¿Esta noche, excelencia?
Dominic volvió la cabeza hacia su sirviente.
—¿He dicho mañana?
—No, excelencia. Discúlpeme.
El hombre desapareció tras ofrecer una inclinación de cabeza.
Cecily parpadeó.
—¿Así de sencillo? —le tocó el turno a ella de preguntar.
—Tenía una licencia especial lista para utilizar. Había iniciado las gestiones necesarias porque no pensaba perder semanas con amonestaciones ni celebrar una boda ante media ciudad. Una mujer es tan buena como cualquier otra. Resswell averiguará qué debe modificarse ahora y resolverá el resto.
Dominic la miró. Ella se veía pálida… de un tono más verdoso que pálido, en realidad.
—Dios santo —la escuchó murmurar.
—Si va a echarse atrás, hágalo antes de que despierte a todo el mundo.
Cecily se puso en pie y lo miró con absoluta seguridad. Desafiante, más bien.
—Estoy impaciente por convertirme en la duquesa de Blackshow —apuntó con firmeza.
—Dios nos asista… —musitó por lo bajo Lavinia.