Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Prefacio #4
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Prefacio #4

—Hasta ahora solo veo que una desconocida ha entrado en mi casa para ofrecerse en sustitución de una mujer que ha huido.

—Una desconocida adecuada —puntualizó.

—Eso lo decidiré yo.

—Naturalmente.

—¿Es hija de un caballero?

—De un aristócrata.

Dominic levantó las cejas.

—¿Qué rango?

—El suficiente.

—No existe ningún título denominado «suficiente».

—Entonces supongo que tendrá que confiar en mí.

—No confío en nadie.

La respuesta fue tan inmediata que Cecily dejó de sonreír.

Había algo extraño en la manera en que lo dijo; no había orgullo ni intención de resultar amenazador, sino una seguridad demasiado certera para haber nacido aquella noche.

Durante un instante sintió curiosidad por saber qué podía haberle ocurrido a un hombre de veintiséis años para pronunciar semejante afirmación como si fuese una verdad elemental.

Se recordó que no había ido allí para interesarse por él.

—Eso complica los matrimonios —señaló.

—No busco confianza en una esposa.

—¿Qué busca?

—Lo mismo que buscaba antes de que lady Helena decidiese convertirme en el hazmerreír de Londres.

Una mujer de nacimiento irreprochable, bien educada para ocupar el puesto que le corresponderá, capaz de comportarse con discreción y de darme herederos.

No necesito que me quiera, me admire ni se interese por mí más de lo necesario.

Cecily le sonrió con franqueza.

—Soy perfecta para el puesto.

—Tiene usted un concepto muy generoso de sí misma.

—No he dicho que sea perfecta en términos generales. He dicho que soy perfecta para lo que necesita. Soy hija de un aristócrata, he recibido la educación propia de mi posición, sé comportarme cuando me lo propongo y estoy sana.

Dominic negó con la cabeza.

—Tiene usted mucho que aprender sobre lo que espero de usted… si decido aceptarla.

—Soy lo que tiene a mano, no lo olvide, excelencia —le recordó con una brillante sonrisa.

—Hablemos de los herederos.

Cecily se puso nerviosa. El calor que le subía por el cuello le resultaba molesto porque había hablado de aquel asunto con Lavinia en la calle sin demasiadas dificultades. Sin embargo, resultaba muy distinto discutirlo delante del hombre con quien tendría que compartir intimidad.

—Los herederos —repitió la joven sin ser consciente de que lo hacía.

—¿Al menos sabe cómo funciona un matrimonio?

—No soy estúpida.

—Todavía no he llegado a ninguna conclusión definitiva al respecto.

—Pues dese prisa. Tengo otros asuntos que tratar esta noche, además de salvarlo de un escándalo.

Dominic entrecerró los ojos.

—Si pretende convertirse en mi esposa, debería saber que necesito un hijo.

—Y lo tendrá.

—¿Así de sencillo? —Él era muy consciente de su aspecto. Era una joven preciosa, así que debía de estar muy desesperada para ofrecérsele. Al duque, el asunto de un escándalo no le preocupaba tanto, pues vivía en el campo y allí nada podía alcanzarlo.

—No he dicho que vaya a ser mañana.

—Mejor, porque empezaremos esta misma noche. En cuanto nos casemos.

—¿Qué? —Seguro que ella lo había escuchado mal.

—No acostumbro a negociar con mi esposa cuándo podrá cumplir con sus obligaciones.

—Todavía no soy su esposa, así que este es el momento adecuado para negociarlo.

Dominic la contempló durante unos segundos que a Cecily le parecieron eternos.

—¿Qué quiere exactamente?

—Tiempo para que tengamos intimidad.

—¿Cuánto?

—El suficiente para acostumbrarme a la idea.

—No.

—¿Por qué?

—Porque la reclamaré en cuanto se convierta en mi esposa y será esta noche. No seguiré perdiendo el tiempo. Eso no está en discusión. Si no puede aceptarlo, puede levantarse y llevarse a su amiga con usted.

—Pero…

—Es mi última palabra.

Ella frunció el ceño.

—Dijo antes que yo no le agradaba.

—Y no me agrada, pero es obvio que no me disgustará acostarme con usted.

—¿Me desea? —preguntó asombrada.

—¿Qué sabe sobre el deseo, Cecily?

—Ya le he dicho que soy una mujer inocente.

—Lo comprobaré esta noche. Más le vale haber dicho la verdad o le aseguro que el infierno le parecerá el paraíso.

—¿Acostumbra a amenazar mientras negocia?

—Le seré franco: la deseo. De otro modo, no estaríamos aquí. Así que, si puede soportar tenerme en su cama, la convertiré en mi duquesa.

Ella sintió la necesidad de comenzar a abanicarse con las manos porque sabía que debía estar más roja que un tomate maduro.

—Tengo condiciones, excelencia.

—Empiezo a preguntarme qué gano exactamente casándome con usted. Además de tenerla en mi cama, por descontado.

Cecily se envaró.

—Una mujer que no ha huido con un mozo de cuadras.

La mirada de Dominic se volvió glacial.

—No vuelva a mencionarlo.

Eso era orgullo. Un orgullo enorme, herido y peligroso. Cecily tomó nota mental de no vapulear su vanidad de nuevo.

—Como quiera.

—Además de mi título —continuó él—, ¿qué busca?

Por fin habían llegado a la parte importante.

Cecily tomó una larga bocanada de aire.

—Dinero.

—Ya… —musitó él.

—Y lo tendré esta misma noche. No ponga esa expresión —Él la miraba como si se hubiese vuelto loca—. Usted también está comprando algo.

—¿La estoy comprando?

—Los dos podemos tener lo que necesitamos esta misma noche. Quiero una bolsa llena. Nada de pagarés o lo que se le pueda ocurrir.

—¿Planea abandonarme después de casarse?

—Mi hermana necesita ayuda y yo tampoco me quedaré desprotegida. Usted todavía podría ser un… —se mordió la lengua.

—¿Un monstruo? ¿O un asesino? —terminó él por ella.

—Yo no he dicho eso —se apresuró a decir azorada. Sospechaba que no había sonado convincente.

—¿Es por mi aspecto? Le resulto ofensivo, pero ¿aceptará ser mi duquesa y cobijarme entre sus piernas por un precio?

—Habla con crueldad.

—A diferencia de usted, a mí no me gusta disfrazar la verdad. Debe saber que no soy de los que se ponen de rodillas. Si pierde mi confianza será para siempre. ¿Cuánto quiere?

La pregunta la tomó desprevenida por la brusquedad.

Cecily se humedeció los labios.

—¿Cuánto me desea?

—Ponga usted el precio. No quisiera ofenderla. Me atrevo a conjeturar que diga la cantidad que diga, no le agradará mi resolución.

—Está bien. Cinco mil libras.

Dominic no movió ni una pestaña.

—¿Cinco mil?

—Sí.

El duque apoyó los antebrazos sobre el escritorio.

—Ha puesto un precio elevado a su sacrificio marital. ¿Me cobraría lo mismo si mi aspecto fuese diferente, Cecily? Dígame para qué necesita esa pequeña fortuna —siguió porque sabía que ella no respondería a su pregunta sobre su aspecto.

La joven dudó.

No podía explicarle toda la verdad sin conducirlo hasta Westcott, y eso era lo que pretendía evitar.

Había ido allí porque quería decidir su futuro antes de que su padre tuviese oportunidad de venderla.

Si le proporcionaba demasiados datos, Blackshow podría considerar más práctico negociar directamente con el conde, y Cecily no estaba dispuesta a ser excluida de su propia compraventa.

—Para solucionar ciertos problemas familiares. Ya se lo he dicho.

Él sonrió sin alegría.

—Cierto… algo de una hermana. Todo esto resulta extraño. Una muchacha aparece en mi casa, reclama cinco mil libras a cambio de casarse conmigo y se niega a decirme quién es. Empieza a resultar difícil no sentir curiosidad.

—No le estoy pidiendo que pague antes de la boda. Tendrá lo acordado.

—Qué considerada —ironizó él.

—Pero me dará el dinero en cuanto hayamos… ya sabe.

—¿Inmediatamente después de poseerla?

—No me gusta el modo en el que se refiere a… a eso .

—¿Quiere que disfrace la verdad y le diga que le haré el amor, Cecily?

—No, por supuesto que no, pero me gustaría que fuese un caballero. Sí, eso es exactamente lo que le reclamo. No más palabras repulsivas.

—No soy un hombre fácil.

—No me había dado cuenta —le tocó el turno a ella de ironizar.

Dominic se acercó al escritorio para estudiarla mejor.

—Podría coger el dinero y luego desaparecer.

Cecily sintió un pequeño vuelco en el pecho.

No porque aquel fuese su plan. ¡No lo era!

Al menos no lo había pensado. En ese momento estaba completamente convencida de que se quedaría, cumpliría con el acuerdo, aprendería a ser la mejor duquesa que Blackshow hubiese podido imaginar y lograría que un hombre tan desagradable terminase felicitándose cada mañana por haber tenido la fortuna de encontrarla en su puerta.

¡Cielos! Lavinia había tenido razón. Ese hombre la destriparía y luego la enterraría en alguna zanja.

¿Y si los rumores fuesen ciertos y él resultase ser un asesino?

No podía comenzar a tener miedo porque él se daría cuenta y lo aprovecharía en su favor. Alzó el mentón todavía más.

—Sería su esposa —le recordó—. No podría desaparecer.

Algo extraño cruzó la expresión del duque.

—Todo el mundo puede desaparecer si lo desea con suficiente empeño.

Cecily no comprendió qué había detrás de aquellas palabras y tampoco tuvo tiempo de averiguarlo, aunque sospechaba que era porque él se había convertido en un ermitaño.

—No tengo intención de hacerlo.

—¿Qué otra condición pone?

—¿Tendré el dinero? —preguntó, dado que él no había sido claro sobre el asunto.

—Le daré cinco mil libras después de que abra las piernas para mí. El resto lo debatiremos después.

—¿Entiende que me está ofendiendo? —le dijo con los dientes apretados.

—¿Y usted, que no he hecho más que relatar fielmente la realidad? ¿O acaso no le daré el dinero después de que me haya permitido poseerla? —contraatacó.

Era un patán. ¡De acuerdo! Uno que había dicho la verdad. ¿Por qué lo tenía que hacer sonar de ese modo tan infame? Ella no tenía otra salida. Ser duquesa haría que Westcott se lo pensase dos veces a la hora de hipotecar el futuro de Aurelia y el de ella. ¡Hombres!

—¿Nos casaremos, excelencia? —cuestionó porque no sabía qué más podría decir con respecto a su observación.

—Hay algo más —dijo Dominic.

Cecily se tensó.

—¿De qué se trata?

—¿Qué edad tiene?

Su corazón se saltó un latido.