Prefacio #3
Él no parecía sorprendido con la visita.
Dominic estaba acostumbrado a los imprevistos.
La muchacha que tenía delante no se parecía en nada a lo que esperaba encontrar en su vestíbulo a aquellas horas.
Era una dama joven, sin embargo, no había en ella ese aire atolondrado que él asociaba a las debutantes.
Tenía el cabello castaño miel, recogido con sencillez, aunque la poca luz arrancaba de él reflejos dorados muy llamativos.
Sus ojos grises lo observaban con una seguridad que indicaba que, definitivamente, ella no era ninguna joven recién salida del cascarón.
Era hermosa, desde luego, pero no de una forma frívola.
Había en su rostro una dulzura engañosa, una especie de calma luminosa que contrastaba con el atrevimiento de su visita.
—¿Y bien? —preguntó con sencillez él. Su voz era grave y tan serena como el resto de él.
Dado que Cecily se había quedado callada de pronto, Lavinia le tuvo que dar un pequeño codazo mal disimulado en el brazo.
—Uhm, sí. Verá, excelencia, tengo malas noticias para usted.
—Ah, ¿sí? —preguntó escéptico.
—Todo Londres sabe que usted tenía la intención de contraer matrimonio con lady …
—No se ande por las ramas, milady —la cortó él—. Diga lo que haya venido a decir y luego márchese para no seguir molestándome.
Cecily y Lavinia intercambiaron una mirada. La hermana de Aurelia era muy consciente de que su amiga la estaba animando a salir corriendo de allí sin mirar atrás.
—Está bien. Su prometida lo ha abandonado.
A estas horas debe estar camino de Gretna Green bien acompañada por su…
En fin, por el hombre que va a desposarla.
Se comenta que usted desprecia los rumores, máxime cuando lo convierten en el blanco de las burlas.
Le aseguro que van a pasar años antes de que la sociedad deje de hablar acerca de cómo una muchacha se burló del duque de Blackshow.
—Si él estaba sorprendido o decepcionado no lo mostró porque se limitó a estudiarla con interés.
Así que Cecily alzó el mentón y le preguntó—: ¿Tiene algo que decir al respecto?
—Yo no. Estoy esperando a que me explique qué papel tiene usted o… —ladeó la cabeza y miró a Lavinia— su amiga en todo el relato que me ha narrado.
—Se dice que los duques son todos muy inteligentes. ¿Qué papel nos atribuiría a mi amiga o a mí, excelencia?
Lo vio apretar los labios y pensó que tal vez había cruzado una línea que no debería.
—Dígalo —la retó.
—¿No le ha dicho su mayordomo el motivo por el que estamos aquí?
Los ojos del duque se movieron para observar a Lavinia.
—Espero que sea usted la mujer que ha afirmado alegremente que debe casarse conmigo.
—Lamento decepcionarlo —intervino Cecily—. Mi amiga está aquí en calidad de acompañante. La oferta de matrimonio me la tendrá que hacer a mí.
Blackshow miró de nuevo a la arpía de lengua afilada y le espetó:
—O es usted muy valiente o una completa estúpida. ¿Cuál de las dos es?
—Como se imaginará, he asumido un riesgo muy grande al venir a su casa y tengo poco que perder, así que no me temblará el pulso y se lo preguntaré: ¿es usted un duque inteligente o no, excelencia?
Él volvió a centrarse en Lavinia y le dijo:
—Si lo que afirma su amiga es cierto, milady , esta noche podría convertirla en duquesa. Presumo que usted sería adecuada para el puesto.
Cecily se contuvo para no darle una patada en sus ducales posaderas. ¡Patán!
—Vámonos, querida amiga —ordenó la hermana de Aurelia al tiempo que la cogía de la mano—.
Tener un título de tan elevado rango no implica inteligencia.
Le deseo suerte, excelencia, la va a necesitar para poder soportar todo lo que se dirá sobre su abandono.
¡Un duque sustituido por un mozo de cuadras!
Un cotilleo de lo más jugoso. No podrá volver a pisar la ciudad en lo que le reste de vida.
Y sin más, Cecily y Lavinia se dieron la vuelta, dispuestas a salir de allí.
—¡Alto! —tronó una voz a su espalda. Sobraría decir que las dos se quedaron ancladas en su lugar. Y puesto que él no dijo nada más, Cecily decidió darse la vuelta y lo miró con inocencia.
—¿Se le ofrece algo más, excelencia?
—Usted no me agrada.
—Pues es lo único que va a conseguir antes de que el escándalo salte a los periódicos.
—¿No la ha avisado nadie de que es peligroso conseguir lo que se desea?
—¿Y qué es lo que deseo, excelencia? —siguió ella con su papel de dama inocente.
—Dígalo de una maldita vez o váyase de mi casa —la retó de nuevo.
—Está bien. Quiero convertirme en su duquesa.
—¿La han mancillado y pretende colocarme un bastardo? —preguntó sin remilgos.
Lavinia emitió un sonido lleno de censura e indignación. Cecily se obligó a permanecer impasible.
—¿Me permitiría abofetearlo o se lo tomaría como un agravio y me echaría de su casa, excelencia?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una honesta, como la suya. Me ha faltado al respeto con tal insinuación. Yo solo he puesto en tela de juicio su inteligencia, no su honorabilidad.
—Diga la verdad —dijo malhumorado—. ¿Qué pecado ha cometido?
Esos inquietantes ojos verdes la recorrieron con insolencia y ella se dio cuenta de que él sí había reparado en que ella era una joven bastante vistosa.
—Ninguno. Soy tan inocente como lo sería cualquier dama en mi situación.
—Muy bien. Acompáñeme.
Se volvió para comenzar a caminar y Cecily tardó un segundo en reaccionar.
—Mi amiga viene conmigo.
El duque se detuvo y la miró por encima del hombro.
—No será necesario.
—Para usted quizá no.
Algo parecido a la impaciencia endureció sus facciones, aunque no discutió. Se limitó a continuar andando y ambas lo siguieron hasta la parte posterior de la residencia.
—Cecily, no vas a poder manejarlo. Él te devorará antes de que te des cuenta. No eres rival para alguien así —le dijo en un susurro.
—¿Y qué otra opción tengo? Saldrá bien.
—¿Cómo lo sabes?
—No nos ha echado de su casa, ¿verdad?
—Eso no significa que no tenga otros planes. ¿No te da miedo? Se ve aterrador. Casi me desmayo cuando se ha dirigido a mí —le confesó.
—Es solo un hombre —le restó importancia al asunto Cecily. No le confesaría que estaba más aterrada que su amiga.
—No lo creo —dudó la otra.
Llegaron a una estancia vacía. El despacho del duque.
Había un fuego todavía vivo, varias lámparas encendidas y una mesa cubierta de correspondencia que indicaba que él había estado trabajando antes de la interrupción.
Blackshow esperó a que ellas entrasen, cerró la puerta y señaló los sillones dispuestos frente al escritorio.
—Siéntense.
Cecily obedeció porque consideró que ya había desafiado bastante al duque durante los últimos minutos y que, si pretendía convencerlo de que casarse con ella era una idea sensata, había llegado el momento de fingir que poseía algo de esa serenidad que había prometido mostrar cuando se convirtiese en una excelente duquesa.
Lavinia tuvo el buen juicio de dirigirse a la parte más apartada del despacho y se sentó allí.
Cecily suspiró. Su amiga había elegido el papel de carabina.
Muy bien, se lo permitiría y así tendría un poco más de intimidad para hablar con franqueza con él.
El duque se tomó su tiempo para situarse junto a su trono. Oh, sí, él parecía un rey listo para dictar sentencia y no un duque. Blackshow rodeó el escritorio, apartó varios documentos y permaneció de pie mientras la observaba, con una mano apoyada sobre el respaldo de la silla.
—¿Cómo la defenderá su amiga si decido no portarme como un caballero, milady ? —se mofó él.
—No la subestime. Es una mujer con muchos recursos. Los rumores de las tendencias homicidas de ella superan a los que circulan sobre usted, excelencia —decidió devolverle el golpe.
—Si pretende convertirse en mi esposa, va a tener que cambiar su actitud. No toleraré sus impertinencias.
—¿Eso es una propuesta de matrimonio, entonces? —lo tanteó.
—Ha venido a mi casa afirmando que pretende convertirse en mi esposa y todavía no sé quién demonios es.
—Cecily.
—¿Cecily qué?
—Por ahora, Cecily.
El duque la estudió durante un buen rato y ella consiguió mantener la expresión más inocente que pudo, aunque comenzaba a comprender que aquella noche le iba a exigir un considerable esfuerzo para aparentar una seguridad que no sentía.
—¿Se niega a decirme su apellido?
—No me niego. Simplemente considero que todavía no es importante.
—Pretende casarse conmigo —le recordó.
—Sí, y llevaré su apellido, así que el mío no es importante. Además, usted tampoco se ha presentado.
Aquello consiguió sorprenderlo. Muy poco, pero Cecily vio cómo sus ojos se abrieron apenas debido al asombro que debió sentir.
—Sabe quién soy. De otro modo, no estaría aquí.
—Sé que es el duque de Blackshow. Nada más.
—Dominic Alderley —le informó.
Ella esperó y, al ver que él no decía nada más, preguntó:
—¿Eso es todo?
Él frunció el ceño.
—¿Qué más quiere?
—Creía que los duques tenían una docena de nombres.
—Los tengo; y varios títulos de cortesía. No pienso recitarlos o estaremos aquí hasta mañana.
—Umh… Dominic es algo sencillo, pero correcto. Me gusta. Creo.
—Me tranquiliza tener su aprobación.
Cecily sonrió, convencida de que aquella pequeña batalla había terminado en empate.
—Ahora ambos sabemos nuestros nombres de pila. Es un gran paso en una relación, implica una intimidad casi prohibida para dos solteros.
Dominic se sentó y se recostó en la silla. No les había ofrecido té ni ninguna de las atenciones que un anfitrión debía procurar a sus invitadas, aunque Cecily no podía reprochárselo porque tampoco estaba segura de que ellas pudiesen considerarse invitadas.
—Comience —ordenó él—. Y procure llegar al asunto antes de que amanezca.
Cecily juntó las manos sobre el regazo.
— Lady Helena no lo quiere.
—Eso ya lo ha dejado bastante claro.
—Y usted necesita una esposa.
—También ha repetido eso varias veces.
—Porque parece tener dificultades para comprender las ventajas de la situación.