Prefacio #2
Lo único que sí parecía cierto era que Helena pensaba rechazar el matrimonio.
También le había contado que los abogados del duque lo tenían todo dispuesto para actuar con rapidez en cuanto ella aceptase, porque Blackshow había anunciado que no toleraría una espera de semanas si podía evitarla.
Se había hablado incluso de una licencia especial que permitiría celebrar la ceremonia con una discreción que convenía a un hombre sin ningún interés en regalarle a la sociedad aristocrática el espectáculo de su boda.
Algo rápido y que salvaría cualquier inconveniente.
Cecily no había prestado demasiada atención entonces y se lamentaba por no haberle pedido a Helena hasta el último detalle del acuerdo.
—Ella no quiere casarse con él —insistió, como si repetirlo convirtiese su plan en algo menos desatinado—. Yo sí estoy dispuesta, Lavinia.
—Porque crees que el título de duquesa impedirá que tu padre le haga daño a Aurelia.
—No solo el título. Blackshow es inmensamente rico, tiene contactos suficientes para conseguir casi cualquier cosa y hasta los hombres que lo desprecian procuran no enfrentarse a él.
Westcott no teme a Aurelia y mucho menos a mí, pero estoy convencida de que Blackshow le causará pavor.
¿Crees que tiene cuernos como el mismo diablo?
—Yo también he escuchado algo en ese sentido, pero no lo creo. Debe ser otro rumor.
—Lástima… Te digo que cuanto más feo y demoniaco se vea, mejor para que Westcott se eche a temblar.
—¿Te das cuenta de que eres tú quien tendrá que compartir la cama de él y no tu padre?
—Perfectamente. Tengo ojos, ¿sabes, Lavinia?
—Eso implica que lo verás bien. Deberías rezar para que no fuese tan ofensivo como dicen que es.
—Los cerraré cuando hagamos… eso . Así no tendré que mirarlo. Prefiero que su aspecto sea…
—¿Y después de ser duquesa qué harás? Me refiero a cuando logres estar a salvo y Westcott deje de ser una amenaza para Aurelia y para ti —la interrumpió su amiga.
Aquella era la pregunta que Cecily había evitado hacerse con demasiado detenimiento durante el trayecto hasta esa casa frente a la que se encontraba.
—Seré una duquesa excelente.
—¿Qué significa eso?
—No seas ridícula, Lavinia. Seré amable, paciente, tranquila… No le daré motivos para quejarse de su decisión. Él dará las gracias cada día por tenerme a su lado.
Lavinia comenzó a negar con la cabeza.
—Acabará matándote. Ahí sí que tendremos un hecho y no un rumor. Tú no sabes lo que significa ni una sola de las palabras que has dicho. Lo volverás loco y, entonces sí, le saldrán cuernos, una cola puntiaguda y adquirirá un tono carmesí.
—Eres una amiga horrible.
—Sincera, Cecily. Soy Sincera. Estoy segura de que ese hombre no tiene paciencia y tú necesitas a alguien que…
—Detalles sin importancia —zanjó el asunto Cecily.
Tenía las manos heladas debajo de los guantes y llevaba tantos minutos apretando los dedos contra la falda que la seda había empezado a arrugarse.
Estaba aterrada ante la posibilidad de que aquel plan funcionase casi tanto como ante la posibilidad de que fracasara, aunque no pensaba reconocerlo delante de Lavinia porque su amiga aprovecharía cualquier muestra de vacilación para arrastrarla de regreso al carruaje.
Cecily subió el primer peldaño antes de perder el valor.
Lavinia la siguió mientras mascullaba algo acerca de locas insensatas, funerales prematuros y el inconveniente de tener que explicarle a Aurelia cómo había permitido que aquello sucediera.
Cecily prefirió quedarse callada porque su amiga tenía mucha razón.
El aldabón produjo un sonido grave que resonó al otro lado de la puerta.
Tuvieron que esperar menos de un minuto.
El lacayo que abrió consiguió mantener una expresión neutra al encontrarse a dos damas jóvenes vestidas para un baile en la escalinata de la residencia de un soltero en plena noche, aunque sus ojos se movieron durante un instante hacia el carruaje detenido junto a la acera.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlas?
—Necesito ver al duque de Blackshow —anunció Cecily con el mentón en alto y la voz firme.
—Su excelencia no recibe visitas a estas horas.
—Comprendo que no sea su costumbre, pero me recibirá a mí, y le aseguro que cuando termine de decirle lo que Su Gracia necesita oír lo recompensará a usted por el servicio prestado. Es un asunto de suma urgencia, se lo ruego —le aseguró la hermana de Aurelia.
El criado pareció debatirse entre cerrar la puerta o averiguar qué clase de locura había llegado hasta la casa de su patrón. La educación venció.
—¿A quién debo anunciar, milady ?
Aquella pregunta hizo que Cecily vacilase por primera vez.
Helena le había contado que todo el asunto se había llevado a cabo a través del abogado del duque.
Blackshow no la había visitado, no había bailado con ella ni le había enviado ramos de flores acompañados de declaraciones sentimentales; ni siquiera se habían conocido formalmente.
Sus representantes habían hablado con el padre de Helena, habían expuesto las condiciones y esperaban una respuesta.
Si los rumores eran ciertos, al duque le importaba tan poco la identidad de su futura esposa que había delegado hasta la elección.
Cecily había pensado utilizar justo aquella indiferencia.
—Dígale que ha venido la dama con la que él debe casarse.
Lavinia giró la cabeza hacia ella con tal brusquedad que uno de sus rizos se soltó.
El lacayo tampoco consiguió conservar esta vez una completa impasibilidad.
—¿Disculpe?
—Soy la mujer con la que el duque va a casarse.
—¿Y no debería darme su nombre, milady ?
—Uhm… Creo que no es necesario. Él sabe quién soy.
Cecily acababa de hacer la apuesta de su vida.
Una que esperaba que le saliese bien, en especial porque era terrible haber hecho lo que acababa de hacer, más si se tenía en cuenta el odio que ella sentía hacia todo aquello que le recordase las costumbres de su padre.
La joven no se permitía apostar. No importaba.
El fin justificaba los medios. Había leído lo suficiente a Maquiavelo como para saber que los resultados podían convertir métodos bastante cuestionables en decisiones sensatas.
El criado la examinó durante un momento más, después abrió la puerta con mayor amplitud y las invitó a esperar en el vestíbulo mientras enviaba a otro sirviente en busca del duque.
La residencia de Blackshow era el escenario sombrío que Cecily se había imaginado que sería.
La decoración era sobria y eminentemente masculina, de una elegancia irreprochable; los suelos de mármol reflejarían el resplandor de las lámparas si estuviesen encendidas en su totalidad, pero solo había un par de velas ofreciendo una luz muy tenue.
Las molduras oscuras contrastaban con unas paredes de tonos más claros y varios retratos antiguos ocupaban los espacios donde una anfitriona bien organizada habría colocado flores o pequeños objetos decorativos.
No había abandono ni decadencia, pero sí que resultaba…
¿gótica? Sí. Eso era. Todo se encontraba demasiado ordenado y se apreciaba oscuro, como si la casa fuese la guarida del diablo.
Cecily negó con la cabeza. Todo era culpa de Lavinia por haberle metido esas tontas ideas sobre cuernos y colas puntiagudas en la cabeza.
—Todavía podemos salir corriendo —susurró Lavinia mientras permanecían juntas cerca de una consola de madera maciza—. El carruaje está fuera y nadie sabe que hemos venido. Ni siquiera has dado tu nombre.
—Precisamente por eso tenemos una oportunidad.
—Una oportunidad de hacer algo espantoso.
—O algo útil.
Unos pasos en el corredor hicieron que ambas guardaran silencio.
Cecily volvió la cabeza.
No supo qué había esperado del duque de Blackshow, quizá porque los rumores habían dibujado tantas versiones distintas de él que ninguna podía sostenerse al tener al hombre de carne y hueso delante.
Dominic Alderley era alto, de cuerpo esbelto pero vigoroso, y se movía con mucha seguridad.
Vestía todavía de calle, con una chaqueta oscura y sin el pañuelo de la corbata en su lugar, por lo que Cecily dedujo que no lo habían despertado; el cabello castaño, tan oscuro que parecía negro bajo la poca iluminación del vestíbulo, lo tenía algo despeinado en las sienes y contribuía a endurecer unos rasgos que resultaban muy severos.
Después vio la quemadura. Era bastante más espectacular de lo que se había figurado.
La cicatriz recorría el lado izquierdo de su rostro desde la zona cercana a la sien y descendía por la mejilla, deformando parte de una piel que debió de sufrir una lesión terrible muchos años antes.
Cecily conocía su existencia, por supuesto, pero la sociedad había hablado de ella tanto que esperaba que fuese algo casi monstruoso, una desfiguración capaz de explicar por sí sola todos los horrores que le atribuían a Blackshow.
No era así. Y se sintió estafada.
La quemadura era visible, imposible de ignorar durante un primer encuentro, pero lo que verdaderamente imponía del duque eran sus ojos, de un verde profundo. Permanecían clavados en Cecily con una intensidad fría y penetrante que le hizo comprender que acababa de cometer la mayor locura de su vida.
Ella no apartó la mirada de la suya por pura testarudez. Su propio orgullo se lo impedía. El duque se detuvo a varios pasos de las dos jóvenes y fue entonces cuando apartó la mirada de la de Cecily y después observó a Lavinia, pero enseguida la regresó a la hermana de Aurelia.