Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3)
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Prefacio
Todo tiene un principi o
Lady Cecily Westcott, a sus diecinueve años, sabía perfectamente que debía pensar antes de actuar, un consejo de su hermana Aurelia de lo más razonable que nunca aplicaba.
Y sí, se daba perfecta cuenta de sus errores cuando ella ya había actuado y solo quedaba averiguar si las consecuencias de sus decisiones serían nefastas.
Aquella noche, sin embargo, ni siquiera podría ser acusada de no haber valorado la situación, porque llevaba haciéndolo desde hacía semanas, y por ese motivo había abandonado el baile de los Fitzalan junto a su mejor amiga Lavinia.
Las dos habían salido a hurtadillas del evento social, se metieron en el carruaje que el padre de Lavinia siempre dejaba abandonado para emprender alguna locura que incluiría litros de licor, y acabaron frente a la residencia londinense del duque de Blackshow.
Ahí estaban las dos incautas, en la calle, contemplando una puerta que se veía tan común como cualquier otra y preguntándose si tendrían el suficiente valor para llamar.
Cecily era muy consciente de que tenía que entrar. Saberlo y hacerlo eran dos cosas muy diferentes.
—Esta es la última oportunidad de que recuperes el juicio —murmuró Lavinia a su lado, sin molestarse en ocultar el nerviosismo que sentía desde que Cecily le había explicado su plan—.
Podemos regresar al baile, fingir que necesitabas aire, localizar a Aurelia y olvidarnos para siempre de que se te ocurrió venir hasta aquí.
Yo estoy incluso dispuesta a jurar ante Dios que nunca mencionaremos esta noche.
Cecily apartó los ojos de las altas ventanas de la residencia y miró a su amiga.
Lavinia continuaba vestida para el baile, igual que ella, con una capa echada apresuradamente sobre los hombros y varios rizos escapándose del elaborado peinado con el que había salido de casa unas horas antes.
Ninguna de las dos tenía aspecto de estar haciendo algo sensato y seguramente se debiese a que no lo estaban haciendo.
—He de hacer esto por Aurelia —le recordó.
—Tal vez escuchases mal a tu padre, Cecily. Es imposible que Westcott… —No pudo terminar la frase. Era demasiado increíble para pronunciar algo así en voz alta.
La sola mención del conde de Westcott consiguió devolverle a Cecily la desagradable opresión que llevaba sintiendo en el pecho desde que lo había escuchado hablar con aquellos supuestos caballeros.
No había permanecido el tiempo suficiente detrás de la puerta para conocer todos los detalles, aunque tampoco había sido necesario.
Su padre había bebido bastante, como solía hacer habitualmente, se encontraba de un humor excelente y hablaba con satisfacción porque creía haber ideado la manera de conseguir dinero sin esfuerzo.
Aurelia y ella eran la clave de sus planes. El conde comentó, sin pudor, lo mucho que podían valer ambas, pese a que no tenían dote, y cómo pensaba utilizarlas para saldar sus numerosas deudas.
Les aseguró a los acreedores que sacaría un buen precio por Aurelia, a quien consideraba demasiado obstinada para su propio bien, y algo más de dinero por su hija menor, cuya juventud y belleza todavía podían aprovecharse de un modo más eficaz.
No era la primera vez que escuchaba algo en ese sentido; también había apuestas delicadas en las mesas de juego.
Cecily sabía que la situación monetaria de lord Westcott era tan desesperada que pronto haría una verdadera temeridad y ellas estarían completamente perdidas.
Conocía bien a su padre. El conde de Westcott colocaría en primer lugar a la hija que para él tuviese menor valor y luego trataría de sacar más con la que creía que le aportaría mayores beneficios.
En términos de belleza, Cecily sabía que era más bonita que Aurelia, pero su hermana era mucho más perseverante e inteligente que ella. No la perdería solo porque el desgraciado de su padre quisiera costearse sus vicios a cuenta del futuro de ambas.
Las cuatro amigas —ambas hermanas Westcott, Lavinia y Beatrice— habían decidido casarse esta temporada.
Por ese motivo habían puesto en marcha una columna social llamada la Pluma Indiscreta con la que pretendían obtener algo de dinero e influencia antes de que sus padres consiguieran apostarlas, venderlas o Dios sabía qué otras ideas se les podrían ocurrir.
—¿Me estás escuchando, Cecily? Creo que deberíamos irnos de inmediato y olvidar que esto ha estado a punto de ocurrir —comentó Lavinia, al ver que su amiga no le hacía caso.
—Estoy decidida. Sé lo que oí. Vinieron los acreedores a casa, amenazaron a mi padre y él tuvo que tranquilizarlos revelando sus planes, Lavinia.
Pretende vender a una de las dos y sacar un buen dinero por nosotras.
Tú misma has visto lo que ha pasado en el baile esta noche.
Lord Ashwick lleva mucho tiempo tratando de embaucar a mi hermana.
Aurelia no lo tolera, pese a que él parece ser un caballero perfecto, y creo que mi padre ha aceptado cerrar algún trato con él.
No me quedaré de brazos cruzados mientras Aurelia se sacrifica por mí.
Si Westcott pretende vendernos, yo misma me pondré el precio y luego dictaré mis propias condiciones.
No fallaré, ten un poco de fe en mí, te lo ruego.
—¿Por qué no le das tiempo a la Pluma Indiscreta ? Sé que solo acabamos de empezar, pero podemos hacer mucho con ella. Acercar a los pretendientes adecuados y evitar a los indeseados.
—Aurelia no tiene tiempo. Lo sé. Simplemente sé que esta noche, si no hago nada para evitarlo, ella lo perderá todo.
—Eres tú la que ahora mismo puedes perderlo todo si tu plan no sale bien. Es más, incluso si saliese bien, terminarías también en un lío espantoso. Aurelia se enfadará muchísimo contigo.
—Estoy dispuesta a escuchar sus gritos, lamentaciones y maldiciones, pero lo haré una vez que me asegure de que nuestro padre esté lejos de las dos.
Has visto a Ashwick relamiéndose los labios mientras contemplaba a Aurelia.
Mi hermana no podría ser feliz con un tipo como ese.
Haré lo que tengo que hacer y luego la buscaré para explicarle que podemos mandar a Westcott al infierno porque yo nos habré salvado a las dos —expuso muy convencida.
Lavinia suspiró derrotada y le echó una mirada a la residencia que tenían delante. Se veía lúgubre, fría y horrible. Tanto como se decía que lo era el morador de aquella casa.
—Y tu solución es el duque de Blackshow… No saldrá bien. Alejarte de Westcott para terminar bajo el yugo de un hombre de quien se dice que asesinó a su prometida…
—No mató a su prometida. Estaría sentenciado a la horca. Además, el rumor era que mató a su hermano.
—Cielo santo, Cecily… ¿y eso te parece más alentador?
—Son rumores. Solo eso.
—Dicen que su aspecto es diabólico porque Dios lo condenó por sus pecados.
—Es un duque, mientras me sirva para tener el poder de salvar a mi hermana y mantener a mi padre alejado, estaré bien.
—Ese hombre querrá que le des un hijo y sabes lo que implica ese asunto.
—Lo convenceré de que esperemos para que…
ya sabes, para que engendremos un niño. Me hará poderosa y podré sortear cualquier obstáculo.
Tener que mirar a un hombre que no sea apuesto me parece un precio pequeño que pagar, incluso lo prefiero.
¡Fíjate en mi padre! ¿Para qué querré yo un hombre deslumbrante? En cambio, ¿un duque? ¡Claro que sí!
—Es muy tranquilizador saber que no estás interesada en el hombre, sino en utilizarlo —ironizó.
—Él tampoco estaba interesado en la mujer con la que pretendía casarse, así que empezaremos nuestra relación desde una posición muy equilibrada.
Lavinia cerró los ojos durante un instante, quizá para pedirle paciencia al cielo, aunque Cecily dudaba mucho de que a esas alturas hubiese suficiente paciencia divina para resolver sus problemas.
La idea de presentarse como una ofrenda ante el duque de Blackshow nació por pura suerte.
Lady Helena Fawcett había confiado en Cecily después de que esta la hubiese descubierto llorando, sola y pidiendo la muerte durante una fiesta.
Un poco dramático, sí, pero así fue. La joven le había contado a la hija menor de Westcott el motivo de su desgracia.
El duque de Blackshow, después de años prácticamente recluido en su propiedad campestre, había regresado a Londres con una única intención: casarse.
No quería enamorarse ni disfrutar de la temporada; tampoco estaba dispuesto a perder meses cortejando a una dama mientras media sociedad observaba cada movimiento.
Necesitaba una esposa de nacimiento adecuado, aceptable para ocupar el puesto de duquesa y capaz de proporcionarle herederos, y había encargado a sus representantes que le encontrasen una.
Helena cumplía todos los requisitos y, por ello, quería desaparecer de la faz de la tierra.
El padre de la muchacha, por su parte, se había quedado fascinado con las condiciones económicas que acompañaban la proposición, porque Blackshow estaba dispuesto a asegurarle a su futura esposa una cantidad tan generosa que cualquier hombre con dificultades financieras podría llegar a confundir la venta de una hija con un extraordinario golpe de fortuna.
Helena no lo veía del mismo modo. Tenía miedo del duque.
Había escuchado los mismos rumores que el resto de Londres: que era cruel, que su temperamento rozaba lo despiadado, que vivía apartado porque detestaba a la sociedad y que la cicatriz que le desfiguraba parte del rostro era la menor de las razones por las que cualquier mujer querría mantenerse lejos de él.
Dependiendo de quién contase la historia, Blackshow había provocado la muerte de su hermano, de una prometida o de ambos, aunque Cecily siempre había considerado sospechoso que los chismosos no lograsen ponerse de acuerdo sobre la identidad del cadáver.