PRISIONERA DE SU DESTINO Capítulo 13 El Lugar de las Respuestas
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Capítulo 13 El Lugar de las Respuestas

Sofía no logró dormir.

La pequeña llave permanecía sobre la mesa junto a su cama. Silenciosa.

Inofensiva.

Y, sin embargo, parecía pesar más que cualquier otra cosa en la habitación.

Cada vez que la observaba recordaba las palabras de Matteo. "La verdad."

Nada más.

Sin explicaciones.

Sin detalles.

Solo aquella palabra.

Y eso era precisamente lo que la volvía tan peligrosa.

A la mañana siguiente encontró a Matteo hablando por teléfono en la terraza principal.

Parecía tenso.

Más de lo habitual.

Cuando la vio acercarse terminó la llamada inmediatamente. Aquello no pasó desapercibido.

—Empiezo a pensar que todos dejan de hablar cuando aparezco. —Quizá porque siempre estás escuchando conversaciones ajenas. Sofía puso los ojos en blanco.

—Respuesta justa.

Por primera vez Matteo sonrió.

Solo un poco.

Pero ocurrió.

Y Sofía odió notar que aquella sonrisa le gustaba.

—¿Dormiste?

preguntó Matteo.

—No.

—Yo tampoco.

—Eso empieza a convertirse en una costumbre.

—Sí.

El silencio cayó entre ambos.

Extrañamente cómodo.

Algo que unos meses antes habría parecido imposible.

Finalmente Sofía sacó la llave del bolsillo.

—Todavía no entiendo esto.

La sonrisa desapareció.

—Lo sé.

—¿Vas a explicármelo?

—No todavía.

—Increíble.

—Sofía...

—No.

Estoy empezando a odiar esas dos palabras.

"No todavía."

Matteo soltó una pequeña risa.

Y aquella risa resultó tan inesperada que ella misma terminó sonriendo.

Aquella tranquilidad duró exactamente tres horas.

Porque poco antes del mediodía llegó una llamada.

Y todo cambió.

Otra vez.

Matteo recibió la noticia en el despacho.

Carlo estaba presente.

Y apenas escucharon la información, ambos quedaron completamente inmóviles.

Sofía lo notó inmediatamente.

Algo iba mal.

Muy mal.

—¿Qué pasó?

preguntó cuando ambos salieron de la habitación.

Nadie respondió.

—¿Qué pasó?

repitió.

Esta vez Matteo sí la miró.

Y la expresión en su rostro fue suficiente para hacer que el corazón comenzara a acelerarse.

—Han encontrado algo.

—¿Qué?

—Un depósito antiguo.

La respuesta no tenía sentido.

—¿Y?

—Pertenecía a Alessandro Romano.

El mundo pareció detenerse.

Una hora después estaban viajando.

Otra vez.

Esta vez en dirección al interior de Sicilia.

Lejos del mar.

Lejos de la casa.

Lejos de cualquier sensación de seguridad.

Durante todo el trayecto nadie habló demasiado.

Ni Matteo.

Ni Carlo.

Y aquello era una muy mala señal.

Porque significaba que ambos estaban preocupados.

El depósito resultó ser una construcción antigua.

Abandonada.

Olvidada por el tiempo.

Ubicada en medio de terrenos agrícolas.

A simple vista parecía insignificante.

Pero algo en la forma en que Matteo observaba el lugar hizo que Sofía entendiera que no lo era.

Ni siquiera un poco.

—¿Qué estamos buscando?

preguntó.

—No lo sé.

respondió Matteo.

Y aquello fue probablemente lo más inquietante que había escuchado de él.

Porque Matteo siempre parecía saber exactamente qué hacer. Siempre.

Hasta ahora.

Entraron.

El interior estaba cubierto de polvo.

Viejas estanterías.

Herramientas oxidadas.

Cajas abandonadas.

Nada especial.

Nada importante.

Al menos al principio.

Entonces Carlo encontró algo.

Una puerta metálica oculta detrás de varias estanterías. Todos quedaron inmóviles.

—¿Qué es eso?

preguntó Sofía.

Nadie respondió.

Porque nadie lo sabía.

La cerradura era antigua.

Muy antigua.

Y cuando Matteo intentó abrirla, descubrió algo inesperado. Estaba diseñada para una llave específica.

Una llave pequeña.

Metálica.

Exactamente como la que Sofía llevaba en el bolsillo. El aire desapareció de sus pulmones.

—No puede ser.

susurró.

Matteo la observó lentamente.

Después observó la llave.

Y finalmente volvió a mirarla.

Ninguno dijo nada.

Porque ambos estaban pensando exactamente lo mismo. Con manos temblorosas, Sofía sacó la llave.

Durante varios segundos permaneció inmóvil.

Observándola.

Sintiendo cómo el corazón golpeaba con fuerza contra su pecho. —Sofía.

La voz de Matteo fue suave.

Tranquila.

—No tienes que hacerlo si no quieres.

Aquella respuesta la sorprendió.

Porque era la primera vez que él le ofrecía una elección real. Pero la decisión ya estaba tomada.

Había llegado demasiado lejos para retroceder.

Introdujo la llave.

Giró lentamente.

Y escuchó el clic.

La puerta se abrió.

Revelando una pequeña habitación oculta.

Oscura.

Silenciosa.

Intacta.

Como si hubiera permanecido cerrada durante años.

Quizá décadas.

Nadie se movió durante unos segundos.

Finalmente Matteo entró primero.

Después Carlo.

Después Sofía.

Y lo que encontraron dentro cambió todo.

La habitación contenía cajas.

Decenas de cajas.

Archivos.

Documentos.

Fotografías.

Grabaciones.

Todo perfectamente organizado.

Como un archivo secreto.

Como si alguien hubiera reunido evidencia durante años. Y en el centro de la habitación había una única mesa.

Sobre ella descansaba una carpeta negra.

Solo una.

Nada más.

Como si hubiera sido dejada allí específicamente para ser encontrada. Matteo abrió la carpeta lentamente.

Y lo primero que apareció fue una fotografía.

Una fotografía que hizo que el color desapareciera del rostro de Carlo. Y del propio Matteo.

Porque mostraba algo imposible.

Algo que no debía existir.

Algo que ninguno esperaba ver.

Sofía observó la imagen.

Y sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.

Porque en la fotografía aparecían tres personas.

Su madre.

Alessandro Romano.

Y Matteo.

Juntos.

Sonriendo.

Como una familia.

Como si compartieran un secreto.

Como si sus vidas hubieran estado unidas mucho antes de que ella naciera.

Pero aquello no fue lo peor.

Lo peor llegó después.

Porque debajo de la fotografía había una carta.

Una carta escrita a mano.

Firmada por Alessandro Romano.

Y dirigida específicamente a una persona.

Para Sofía.

Las manos comenzaron a temblarle.

—Eso es imposible.

susurró.

Porque Alessandro había muerto años antes de que ella encontrara aquella carta.

Muchos años antes.

Y aun así su nombre estaba escrito allí.

Esperándola.

Como si hubiera sabido que algún día llegaría hasta ese lugar. Como si hubiera sabido que algún día ella necesitaría descubrir la verdad.

Y mientras observaba el sobre, comprendió algo aterrador. La respuesta que llevaba buscando estaba finalmente frente a ella. Pero una parte de ella ya no estaba segura de querer conocerla.