PRISIONERA DE SU DESTINO Capítulo 12 La Carta Oculta
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Capítulo 12 La Carta Oculta

Sofía permaneció inmóvil.

Las palabras de Matteo seguían resonando en su mente.

"Las mismas personas que destruyeron mi vida hace nueve años." Por primera vez, el miedo era real.

No porque alguien estuviera buscando respuestas.

Sino porque comenzaba a comprender que aquellas respuestas podían ser peligrosas.

Muy peligrosas.

—Necesito que me expliques todo.

Su voz sonó más firme de lo que esperaba.

Matteo la observó.

Cansado.

Preocupado.

Y por primera vez parecía alguien atrapado por su propio pasado. —No puedo explicarlo todo esta noche.

—Entonces empieza por algo.

—Sofía...

—No.

Ya no más secretos.

No más medias verdades.

No más promesas vacías.

El silencio llenó el despacho.

Finalmente Matteo asintió lentamente.

—De acuerdo.

Aquella respuesta la sorprendió.

Porque esperaba otra negativa.

Otra evasiva.

Pero no llegó.

—Tu madre conocía a personas muy importantes.

—Eso ya lo sé.

—No.

No lo sabes.

Matteo caminó lentamente hacia la mesa.

—Ella estaba involucrada en algo mucho más grande de lo que imaginas.

Sofía sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Qué clase de cosa?

—Una investigación.

—¿Investigación de qué?

Matteo permaneció en silencio.

Y entonces volvió a ocurrir.

El mismo muro.

La misma barrera.

—No puedes decirlo.

—Todavía no.

La frustración regresó inmediatamente.

—¿Ves?

Esto es exactamente lo que haces.

Matteo cerró los ojos brevemente.

—Porque si te cuento todo ahora, no estarás preparada para lo que descubrirás después.

—Déjame decidir eso.

—No.

La respuesta fue firme.

Definitiva.

Y Sofía comprendió que no conseguiría más aquella noche. A la mañana siguiente despertó con una sensación extraña. Como si algo estuviera a punto de cambiar.

Y no tardó en descubrir que tenía razón.

Durante el desayuno, Elena apareció con una expresión preocupada. —Ha llegado algo para ti.

—¿Para mí?

—Sí.

Eso ya era raro.

Nadie sabía que estaba allí.

Prácticamente nadie.

Elena colocó un sobre sobre la mesa.

Sin remitente.

Sin dirección.

Sin ninguna marca.

Solo su nombre escrito a mano.

Sofía Romano.

El corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Quién lo envió?

—Nadie lo sabe.

Lo dejaron en la entrada principal esta mañana.

Aquello no le gustó.

Nada.

Absolutamente nada.

Matteo apareció pocos minutos después.

Y apenas vio el sobre, su expresión cambió.

—No lo abras.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos qué es.

—Es una carta.

—Precisamente.

Sofía observó el sobre.

Después observó a Matteo.

Y tomó una decisión.

Lo abrió.

Dentro solo había una hoja doblada.

Nada más.

Ni firma.

Ni fecha.

Ni explicación.

Sofía desplegó lentamente el papel.

Y comenzó a leer.

Las primeras líneas hicieron que el color desapareciera de su rostro. —¿Qué ocurre?

preguntó Matteo inmediatamente.

Ella no respondió.

Simplemente siguió leyendo.

Porque no podía creer lo que estaba viendo.

Finalmente levantó la vista.

Y le entregó la carta.

Matteo la leyó.

Una vez.

Después una segunda vez.

Y cuando terminó parecía más serio que nunca.

—¿Qué significa?

preguntó Sofía.

El silencio respondió antes que él.

Porque por primera vez Matteo parecía realmente sorprendido. Realmente preocupado.

La carta contenía una sola frase.

Una frase breve.

Pero suficiente para cambiarlo todo.

"Pregúntale a Matteo qué ocurrió la noche en que murió Alessandro Romano."

Nada más.

Ninguna explicación.

Ninguna firma.

Solo esas palabras.

Y el apellido golpeó a Sofía inmediatamente.

Romano.

El mismo apellido.

El mismo nombre.

Alessandro Romano.

El hombre del periódico.

El mejor amigo de Matteo.

El hombre asesinado.

—Quiero una explicación.

Su voz tembló ligeramente.

—Sofía...

—Ahora.

No mañana.

No después.

Ahora.

Matteo sostuvo la carta entre sus manos.

Y durante varios segundos pareció debatirse internamente. Como si estuviera luchando contra recuerdos que prefería olvidar. Finalmente habló.

—Aquella noche debía reunirme con Alessandro.

—Continúa.

—Nunca llegué.

—¿Por qué?

—Porque recibí información falsa.

Una trampa.

El silencio llenó la habitación.

—¿Y?

—Mientras yo estaba en otro lugar...

Matteo hizo una pausa.

Una pausa dolorosa.

—Lo mataron.

Sofía sintió un escalofrío.

Porque podía escuchar la culpa en cada palabra.

—¿Crees que fue tu culpa?

La pregunta salió sola.

Matteo permaneció inmóvil.

Y eso fue suficiente.

Porque no respondió.

No necesitaba hacerlo.

La respuesta estaba escrita en su rostro.

Llevaba nueve años culpándose.

Nueve años.

Cada día.

Cada noche.

—No fue tu culpa.

La frase escapó de los labios de Sofía antes de pensarla. Matteo soltó una pequeña risa amarga.

—Ojalá fuera tan simple.

—Quizá lo sea.

—No lo es.

—No estabas allí.

—Precisamente.

Aquellas palabras destruyeron cualquier argumento. Porque ella comprendió inmediatamente lo que significaban. Si hubiera estado allí.

Tal vez Alessandro habría vivido.

Y Matteo llevaba años cargando con ese pensamiento. Aquella tarde la tensión en la casa aumentó.

Los guardias recibieron nuevas órdenes.

Las entradas fueron vigiladas.

Los teléfonos no dejaron de sonar.

Todo parecía moverse más rápido.

Como si la carta hubiera activado algo.

Como si alguien quisiera enviar un mensaje.

Esa noche, incapaz de dormir, Sofía salió al jardín. El aire era fresco.

El mar rugía suavemente a lo lejos.

Todo parecía tranquilo.

Hasta que escuchó pasos.

Matteo.

Otra vez.

Últimamente parecía encontrarla siempre.

—Tampoco puedes dormir.

No era una pregunta.

—No.

—Yo tampoco.

Durante varios minutos caminaron en silencio. Juntos.

Sin discutir.

Sin secretos.

Al menos por unos minutos.

—¿Sabes qué es lo peor?

preguntó Matteo finalmente.

—¿Qué?

—Que durante años pensé que había enterrado el pasado. Sofía lo observó.

La luz de la luna iluminaba parcialmente su rostro. —¿Y ahora?

—Ahora creo que el pasado nos encontró otra vez. Aquellas palabras provocaron un escalofrío.

Porque sonaban verdaderas.

Demasiado verdaderas.

Antes de regresar a la casa, Matteo se detuvo.

Como si recordara algo.

Después sacó una pequeña llave de su bolsillo.

Y se la entregó.

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—Si algún día me ocurre algo...

El corazón de Sofía se detuvo.

—No digas eso.

—Escúchame.

Por favor.

Era la primera vez que utilizaba aquellas palabras con ella. Por favor.

No una orden.

No una advertencia.

Una petición.

Y aquello la sorprendió.

—¿Qué abre esta llave?

preguntó.

Matteo permaneció en silencio durante unos segundos. Después respondió.

—La verdad.

El viento pareció detenerse.

El tiempo también.

—¿Qué significa eso?

—Significa que cuando llegue el momento, sabrás dónde usarla. —Matteo...

Pero él ya estaba alejándose.

Regresando lentamente hacia la casa.

Dejándola sola bajo la luz de la luna.

Con una llave en la mano.

Y con más preguntas que nunca.

Porque comenzaba a sospechar que el secreto que todos intentaban ocultar no solo podía cambiar su vida.

Podía destruirla por completo.