Capítulo 10 El Nombre Que Nunca Debió Escuchar
Los días siguientes estuvieron llenos de preguntas.
Preguntas sin respuestas.
Preguntas que parecían multiplicarse cada vez que Sofía descubría algo nuevo.
La fotografía.
La amistad entre Matteo y su madre.
Las conversaciones secretas.
Las advertencias de Carlo.
Todo apuntaba hacia la misma dirección.
Existía una verdad que todos conocían excepto ella.
Y cada vez resultaba más difícil aceptarlo.
Aquella mañana despertó antes del amanecer.
No podía dormir.
La tormenta de la noche anterior había desaparecido.
Ahora el cielo estaba despejado.
Las primeras luces del sol comenzaban a iluminar el mar. Normalmente aquella vista la habría tranquilizado.
Pero no esa vez.
Su mente seguía atrapada en la biblioteca.
En aquella fotografía.
En los ojos de Matteo cuando habló de su madre.
Había visto muchas expresiones en él.
Frialdad.
Paciencia.
Autoridad.
Incluso tristeza.
Pero nunca había visto culpa.
Hasta aquella noche.
Y eso significaba algo.
Algo importante.
Después del desayuno decidió llamar a su padre.
Necesitaba escuchar una voz familiar.
Necesitaba sentir que todavía existía una parte de su vida que seguía siendo normal.
Antonio respondió rápidamente.
—¿Sofía?
—Hola, papá.
—¿Estás bien?
—Sí.
Bueno... más o menos.
Antonio guardó silencio.
—¿Qué pasó?
Ella dudó.
Después decidió arriesgarse.
—¿Conocías a Matteo antes de la deuda?
Al otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto. Demasiado largo.
Demasiado incómodo.
Y aquello fue suficiente.
—Papá.
—Sofía...
—Lo conocías.
No era una pregunta.
Era una afirmación.
Antonio exhaló lentamente.
—Sí.
El corazón de Sofía comenzó a acelerarse. —¿Desde cuándo?
—Muchos años.
—¿Y nunca pensaste contármelo?
—No podía.
—¿Por qué?
—Porque prometí guardar silencio.
Aquella respuesta la enfureció.
—Todo el mundo promete guardar silencio. Matteo.
Carlo.
Ahora tú.
¿Hay alguien dispuesto a decirme la verdad? Antonio tardó varios segundos en responder. —Cuando llegue el momento la sabrás.
La llamada terminó poco después.
Y Sofía estaba más frustrada que nunca.
Porque ahora tenía una certeza.
Todos estaban involucrados.
Todos.
Aquella tarde Matteo salió de la propiedad para asistir a una reunión. Era la primera vez que abandonaba la casa desde el ataque. Y eso le dio a Sofía una oportunidad.
Una oportunidad que llevaba días esperando.
La oportunidad de investigar.
Comenzó por la biblioteca.
Después revisó algunos archivos antiguos.
Nada.
Después buscó en las oficinas.
Nada.
Parecía que cualquier evidencia relacionada con el pasado había desaparecido.
Como si alguien hubiera borrado cuidadosamente todas las huellas. Lo cual solo aumentaba sus sospechas.
Finalmente llegó a una pequeña sala que nunca había visitado. La puerta estaba cerrada.
Pero no con llave.
Aquello llamó inmediatamente su atención.
Entró.
La habitación era pequeña.
Oscura.
Y estaba llena de cajas antiguas.
Parecían archivos personales.
Documentos.
Fotografías.
Cartas.
Todo cubierto por una fina capa de polvo.
Sofía comenzó a revisar el contenido.
Y después de casi una hora encontró algo.
Un periódico.
Muy antiguo.
Amarillento por el tiempo.
Estaba doblado cuidadosamente.
Como si alguien hubiera querido conservarlo.
Lo abrió.
Y sintió que el corazón se detenía.
Porque en la portada aparecía una fotografía.
Una fotografía de Matteo.
Mucho más joven.
Quizá veinte años.
Y junto a él aparecía otra persona.
Un hombre.
La noticia ocupaba toda la página.
Aunque el papel estaba deteriorado, todavía podía leerse un nombre. Alessandro Romano.
Sofía frunció el ceño.
Nunca había escuchado aquel nombre.
Pero algo le dijo que era importante.
Muy importante.
—No deberías estar aquí.
La voz apareció detrás de ella.
Sofía casi dejó caer el periódico.
Se giró inmediatamente.
Carlo Moretti estaba en la puerta.
Observándola.
—Empiezo a cansarme de que todos me digan eso.
Carlo suspiró.
—Y yo empiezo a cansarme de encontrarte donde no deberías estar. —Entonces deja de esconder secretos.
Carlo permaneció en silencio.
Después observó el periódico.
Y su expresión cambió.
Solo un poco.
Pero ella lo notó.
—¿Quién es Alessandro Romano?
Carlo cerró los ojos brevemente.
Como si estuviera maldiciendo su suerte.
—Sofía.
—No.
Esta vez no.
Quiero respuestas.
—No puedo dártelas.
—¿Porque Matteo te lo prohibió?
—Porque no me corresponde hacerlo.
Otra vez la misma respuesta.
Otra vez el mismo muro.
Sofía estaba harta.
—Entonces al menos dime una cosa.
Carlo la observó.
—¿Qué?
—¿Tiene algo que ver conmigo?
El silencio respondió antes que él.
Y eso fue suficiente.
Porque Carlo no negó nada.
Absolutamente nada.
Aquella noche Matteo regresó más tarde de lo habitual. La tensión era evidente desde el momento en que cruzó la puerta. Los guardias parecían nerviosos.
Carlo parecía preocupado.
Y Matteo parecía furioso.
No gritando.
No perdiendo el control.
Simplemente furioso.
Lo cual era mucho más intimidante.
Sofía lo encontró en la terraza principal.
Observando el mar.
Como si intentara ordenar sus pensamientos.
—Necesitamos hablar.
Matteo soltó una pequeña risa sin humor.
—Tengo la sensación de que escucho esa frase demasiado seguido. —Y tengo la sensación de que ocultas demasiadas cosas. El silencio cayó entre ambos.
El viento agitaba suavemente el cabello de Sofía.
El mar rugía a lo lejos.
Todo parecía tranquilo.
Excepto ellos.
—Encontré el periódico.
Por primera vez Matteo reaccionó.
Solo un instante.
Pero suficiente.
—Entiendo.
—¿Quién era Alessandro Romano?
La pregunta quedó suspendida entre ellos.
Pesada.
Peligrosa.
Importante.
Matteo permaneció inmóvil.
Mirando el océano.
Después cerró los ojos.
Como alguien preparándose para abrir una puerta que llevaba años cerrada.
—Era mi mejor amigo.
La respuesta sorprendió a Sofía.
No era lo que esperaba.
—¿Y qué ocurrió?
Silencio.
Otra vez.
Pero esta vez fue diferente.
Porque Matteo parecía realmente dispuesto a hablar.
Aunque solo fuera un poco.
—Murió.
—¿Cómo?
—Lo asesinaron.
Las palabras llegaron secas.
Directas.
Sin emoción aparente.
Pero Sofía pudo sentir el dolor detrás de ellas.
Y también algo más.
Culpa.
Mucha culpa.
—¿Por qué?
Matteo abrió lentamente los ojos.
Y cuando habló, su voz sonó más baja que nunca.
—Porque alguien quería llegar hasta mí.
El corazón de Sofía comenzó a latir con fuerza.
Porque de repente comprendió algo.
Aquella historia no había terminado.
Ni mucho menos.
Y probablemente estaba conectada con todo lo demás. Con su madre.
Con la deuda.
Con los ataques.
Con los secretos.
Con ella.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
La pregunta salió casi en un susurro.
Matteo la observó durante varios segundos.
Como si estuviera luchando contra sí mismo.
Como si quisiera responder.
Y al mismo tiempo temiera hacerlo.
Finalmente habló.
—Mucho más de lo que imaginas.
Las palabras golpearon a Sofía como una ola.
Porque no sonaban como una posibilidad.
Sonaban como una certeza.
Y en ese instante comprendió que estaba acercándose a la verdad. La verdad real.
La que todos llevaban años ocultando.
La que podía cambiarlo absolutamente todo.
Y por primera vez desde que llegó a la vida de Matteo De Luca, sintió miedo.
No miedo de él.
Sino miedo de descubrir quién era realmente ella dentro de aquella historia.