PRISIONERA DE SU DESTINO Capítulo 5 Reglas y Advertencias
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Capítulo 5 Reglas y Advertencias

La mañana llegó mucho antes de lo que Sofía hubiera querido. Había dormido apenas unas pocas horas.

La imagen de Matteo trabajando solo en aquel despacho seguía apareciendo en su mente.

Intentó convencerse de que no significaba nada.

Porque no significaba nada.

Era simplemente el hombre que había obligado a su familia a aceptar un acuerdo imposible.

Nada más.

Y, sin embargo, había algo que no lograba comprender.

Algo que la inquietaba.

Desde que llegó a la mansión, nadie la había tratado como una prisionera.

Nadie la vigilaba constantemente.

Nadie le prohibía moverse.

Aquello no encajaba con la historia que había imaginado. Cuando bajó al comedor, Elena ya estaba preparando el desayuno. —Buenos días.

—Buenos días.

—Dormiste poco.

Sofía arqueó una ceja.

—¿Tan evidente es?

Elena sonrió.

—Un poco.

Sofía tomó asiento.

Durante unos segundos observó la enorme mesa.

Parecía diseñada para veinte personas.

Y sin embargo estaba completamente vacía.

—¿Matteo desayuna aquí?

—A veces.

—¿Y hoy?

—Ya salió.

—¿Tan temprano?

—Siempre.

Aquello volvió a sorprenderla.

Cada nueva información parecía contradecir la imagen que tenía de él. Un mafioso debía pasar el día rodeado de guardaespaldas y amenazas. No trabajando desde el amanecer.

No leyendo documentos durante la noche.

No tenía sentido.

Después del desayuno decidió explorar nuevamente la propiedad. Esta vez durante el día.

Los jardines eran incluso más impresionantes bajo la luz del sol. Había senderos rodeados de árboles centenarios.

Fuentes de piedra.

Esculturas.

Y un enorme lago artificial al fondo del terreno.

Mientras caminaba, intentaba despejar la mente.

Sin éxito.

Todo terminaba llevándola nuevamente a Matteo.

Y aquello comenzaba a irritarla.

—Pensar demasiado nunca ayuda.

La voz apareció detrás de ella.

Sofía se giró inmediatamente.

Matteo.

Por supuesto.

Vestía una camisa negra con las mangas ligeramente dobladas. Sin chaqueta.

Sin corbata.

Por primera vez parecía menos intimidante.

Y eso la molestó aún más.

Porque era más fácil odiarlo cuando parecía un monstruo. —¿Me estabas siguiendo?

—No.

—Conveniente.

—Esta es mi propiedad.

La respuesta la hizo poner los ojos en blanco.

—Claro.

Matteo observó el lago.

—¿Te gusta?

—Es bonito.

—No pareces impresionada.

—Vengo de una familia que paga facturas.

Las mansiones no suelen impresionarme demasiado.

Una ligera sonrisa apareció en los labios de Matteo.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como qué?

—Como por qué no intentas agradarme.

—¿Debería hacerlo?

—No.

—Perfecto.

El silencio se instaló entre ambos.

Sorprendentemente no era incómodo.

Lo cual resultaba extraño.

Muy extraño.

—Necesitamos hablar de algunas reglas.

La frase hizo que Sofía volviera a ponerse tensa.

—Sabía que llegaríamos a esto.

—Por supuesto.

—Déjame adivinar.

No puedo salir.

No puedo llamar a nadie.

No puedo moverme sin permiso.

Matteo la observó durante unos segundos.

—No.

Aquello la confundió.

—¿No?

—Puedes llamar a quien quieras.

Puedes salir si avisas.

Y puedes moverte libremente por la propiedad.

Sofía parpadeó.

—¿Eso es todo?

—No exactamente.

—Entonces continúa.

Matteo cruzó los brazos.

—No entres en mi despacho sin permiso.

—Fácil.

—No hagas preguntas sobre ciertos asuntos de negocios. —Más fácil todavía.

—Y si te digo que algo es peligroso, me escuchas. Sofía soltó una pequeña risa.

—Eso sonó muy paternal.

Por primera vez la expresión de Matteo cambió ligeramente. Solo un segundo.

Pero ella lo notó.

Y aquello despertó aún más su curiosidad.

—No es paternal.

Es práctico.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—¿Y yo también?

—No siempre.

Sofía sintió una inesperada satisfacción.

Era la primera vez que lograba hacerlo reaccionar.

Aunque fuera mínimamente.

Durante los días siguientes comenzó a adaptarse lentamente a la mansión.

No porque quisiera.

Sino porque no tenía alternativa.

Descubrió que Matteo rara vez estaba presente durante el día. Y cuando regresaba, generalmente pasaba horas trabajando. También descubrió algo más.

Todos en la casa lo respetaban.

Pero nadie parecía tenerle miedo.

Aquello llamó su atención.

Había esperado encontrar empleados aterrorizados. Personas caminando sobre cáscaras de huevo.

Pero no era así.

Elena lo apreciaba.

Los guardias parecían admirarlo.

Incluso los trabajadores del jardín hablaban de él con respeto. No con miedo.

Aquello no encajaba.

Y cuanto menos encajaba, más curiosa se sentía.

Una tarde decidió visitar la biblioteca.

Era una habitación enorme.

Llena de estanterías que llegaban hasta el techo.

Miles de libros.

Quizá más.

Sofía recorrió los pasillos lentamente.

Pasando los dedos por los lomos.

Historia.

Política.

Economía.

Literatura.

Psicología.

Había de todo.

—Impresionante, ¿verdad?

Sofía se giró.

Matteo estaba apoyado contra una de las estanterías.

—No te escuché entrar.

—Lo sé.

—Eso fue inquietante.

—También lo sé.

Ella negó con la cabeza.

—Empiezo a creer que disfrutas incomodando a la gente. —Solo a ciertas personas.

—Qué honor.

Matteo ignoró el comentario.

—¿Te gusta leer?

—Sí.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque la mayoría de las personas no lo hace.

Sofía tomó un libro al azar.

—No pareces el tipo de hombre que pasa tiempo en una biblioteca. —Y tú no pareces el tipo de mujer que juzga a otros por su apariencia. Aquella respuesta la dejó sin palabras.

Solo por un instante.

Pero suficiente para molestarla.

Porque tenía razón.

Y ella odiaba cuando tenía razón.

Aquella misma noche ocurrió algo inesperado.

Poco después de las once escuchó voces elevadas provenientes del piso inferior.

No era habitual.

La mansión siempre estaba en silencio.

Movida por la curiosidad, se acercó a la escalera principal. Dos hombres discutían con uno de los guardias.

Parecían alterados.

Nerviosos.

Enfadados.

—Necesitamos hablar con él.

—No es posible.

—Entonces dile que estamos aquí.

Antes de que la discusión continuara, una voz interrumpió. —Déjalos pasar.

Matteo apareció desde el pasillo principal.

Su expresión había cambiado.

Por primera vez desde que lo conoció parecía realmente peligroso. No porque estuviera gritando.

No porque pareciera furioso.

Sino porque estaba completamente tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Los hombres se acercaron inmediatamente.

—Tenemos un problema.

—Lo imaginé.

—Han vuelto.

La tensión se volvió instantáneamente palpable.

Sofía no entendía de qué hablaban.

Pero sí entendía una cosa.

Aquello era importante.

Muy importante.

—¿Dónde?

—En Catania.

Matteo permaneció en silencio.

Pensando.

Analizando.

Exactamente igual que la primera vez que lo vio.

Finalmente habló.

—Ocúpense de la situación.

—No será sencillo.

—Nunca lo es.

Los hombres asintieron.

Después desaparecieron.

Tan rápido como habían llegado.

Sofía estaba a punto de regresar a su habitación cuando Matteo levantó la vista.

Y la encontró observándolo desde la escalera.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Después Matteo suspiró.

—Escuchaste demasiado.

—No escuché nada útil.

—Eso es bueno.

—¿Por qué?

—Porque algunas cosas es mejor no conocerlas.

Sofía bajó un escalón.

—¿Y si quiero conocerlas?

—No quieres.

—¿Cómo lo sabes?

Matteo sostuvo su mirada.

Sus ojos oscuros parecían más serios que de costumbre.

Más cansados.

Más humanos.

—Porque algunas verdades cambian a las personas.

Y no siempre para mejor.

Por primera vez no sonó como una advertencia.

Sonó como experiencia.

Como si estuviera hablando de sí mismo.

Y aquella posibilidad hizo que el corazón de Sofía se acelerara inesperadamente.

Porque empezaba a sospechar que detrás del hombre más temido de Sicilia existía alguien completamente distinto.

Alguien que ocultaba heridas que nadie más podía ver.

Y cuanto más intentaba mantenerse alejada de él, más difícil se volvía ignorar esa realidad.