Capítulo 4 Bajo Su Techo
Sofía no durmió aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar la misma frase. "Quiero que vivas aquí durante seis meses."
Era absurdo.
Ridículo.
Y, sin embargo, nadie parecía considerarlo una locura.
Ni su padre.
Ni Carlo.
Ni siquiera Matteo.
Como si aquella propuesta tuviera un sentido que solo ellos entendían. A las cuatro de la madrugada seguía despierta.
Sentada junto a la ventana de su habitación.
Observando las calles silenciosas de Palermo.
Por primera vez en años sintió que su vida ya no le pertenecía completamente.
Y esa sensación la aterraba.
A la mañana siguiente encontró a Antonio sentado en la cocina. Una taza de café reposaba frente a él.
Intacta.
Fría.
Probablemente llevaba horas allí.
—Tampoco dormiste.
Antonio levantó la mirada.
Intentó sonreír.
Fracasó.
—No mucho.
Sofía tomó asiento frente a él.
Durante varios segundos ninguno habló.
Finalmente fue ella quien rompió el silencio.
—No voy a hacerlo.
Su padre asintió lentamente.
—Lo sé.
—Entonces dime que encontraremos otra solución.
Antonio guardó silencio.
Y aquel silencio fue peor que cualquier respuesta.
—Papá.
—Estoy intentando pensar.
—¿Y?
—No veo una salida.
Las palabras golpearon a Sofía con fuerza.
Porque durante toda su vida su padre siempre había encontrado una solución.
Siempre.
Hasta ahora.
—Debe existir algo.
—Quizá.
—¿Quizá?
Antonio se frotó el rostro con cansancio.
—No entiendes quién es Matteo.
—Entonces explícamelo.
Su padre permaneció callado durante unos segundos.
Como si estuviera decidiendo cuánto debía contarle.
—Cuando yo era joven trabajé para personas peligrosas. —Ya lo sé.
—Pero Matteo no era como ellos.
—¿Qué significa eso?
Antonio la observó.
—La mayoría de los hombres poderosos usan el miedo para conseguir obediencia.
Matteo usa la inteligencia.
Y eso lo hace mucho más peligroso.
Sofía sintió un escalofrío.
—No me ayuda escuchar eso.
—No intento ayudarte.
Intento que entiendas la realidad.
La conversación terminó allí.
Porque ambos sabían que ninguna de las respuestas era suficiente. Dos días después llegó la noticia.
La llamada ocurrió poco después del almuerzo.
Antonio escuchó durante varios minutos.
Su expresión se volvió más seria con cada palabra.
Cuando colgó, parecía agotado.
—¿Qué pasó?
Antonio tragó saliva.
—Han congelado mis cuentas.
El corazón de Sofía se aceleró.
—¿Qué?
—Todas.
—¿Cómo?
—Matteo.
Aquella única palabra fue suficiente.
El restaurante dependía de esas cuentas.
Los proveedores.
Los empleados.
Las facturas.
Todo.
—No puede hacer eso.
—Acaba de hacerlo.
La realidad cayó sobre ella como una piedra.
Matteo no estaba presionando.
Estaba demostrando poder.
Y aparentemente tenía más del que ella imaginaba.
Aquella misma tarde apareció Carlo Moretti.
Entró al restaurante con la misma tranquilidad de siempre. Como si estuviera visitando viejos amigos.
—Buenas tardes.Nadie respondió.
Carlo parecía acostumbrado.
—Vengo con un mensaje.
Antonio cruzó los brazos.
—Habla.
—Matteo quiere una respuesta.
—Ya la tiene.
—No.
Todavía no.
Carlo miró directamente a Sofía.
—Quiere escucharla de ti.
—Mi respuesta es no.
—Perfecto.
Entonces mañana procederemos legalmente.
Antonio se tensó.
—¿Legalmente?
—Existen muchas maneras de destruir un negocio sin romper una sola ley.
El silencio se volvió insoportable.
Porque todos comprendieron la amenaza.
Y también comprendieron que era real.
Muy real.
Carlo caminó hacia la puerta.
Antes de salir añadió:
—Piensa bien tu respuesta.
Porque Matteo rara vez ofrece dos veces la misma oportunidad. Y desapareció.
Esa noche fue peor que todas las anteriores.
Sofía observó los documentos financieros sobre la mesa. Las cifras.
Las deudas.
Los gastos.
La realidad era brutal.
El restaurante no sobreviviría mucho tiempo.
Y su padre lo sabía.
Por eso parecía tan derrotado.
Por eso había envejecido diez años en una sola semana. Finalmente tomó una decisión.
No porque quisiera.
Sino porque no veía alternativa.
A la mañana siguiente llamó al número que Carlo había dejado. La respuesta llegó después del segundo tono.
—¿Sí?
Era Matteo.
Su voz era inconfundible.
Calmada.
Controlada.
Segura.
—Soy Sofía.
—Lo sé.
Aquello la irritó inmediatamente.
—Claro que lo sabes.
Un breve silencio apareció al otro lado.
Y después algo parecido a una sonrisa en su voz.
—¿Ya tomaste una decisión?
Sofía cerró los ojos.
Odiaba lo que estaba a punto de decir.
—Sí.
—Te escucho.
—Acepto.
Durante unos segundos no hubo respuesta.
Como si Matteo hubiera esperado escuchar cualquier cosa menos aquello.
—Entiendo.
—No significa que me guste.
—Nunca esperé que te gustara.
—Solo para que quede claro.
—Perfectamente claro.
El silencio regresó.
Finalmente Matteo habló.
—Un automóvil llegará esta tarde.
—No necesito un automóvil.
—No era una sugerencia.
Y colgó.
Sofía permaneció mirando el teléfono durante varios segundos. Más enfadada que antes.
A las cinco de la tarde el automóvil negro apareció frente al restaurante.
Exactamente como había prometido.
El equipaje estaba listo.
La despedida fue mucho más difícil de lo que esperaba. Antonio intentó mantenerse fuerte.
Pero Sofía podía ver la culpa en sus ojos.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo que hacerlo.
—Encontraré otra solución.
—Cuando la encuentres me llamas.
Antonio soltó una pequeña risa.
La primera en varios días.
Después la abrazó.
Con fuerza.
Como cuando ella era niña.
—Lo siento.
Las palabras apenas fueron un susurro.
Pero Sofía las escuchó perfectamente.
—Lo sé.
Y era verdad.
Sabía que su padre jamás habría permitido aquello si hubiera existido otra opción.
La mansión parecía aún más enorme cuando regresó.
Esta vez no como visitante.
Sino como residente.
La idea resultaba extraña.
Una empleada llamada Elena la recibió en la entrada.
Era una mujer amable de unos cincuenta años.
—Bienvenida.
—No estoy segura de que esa palabra sea correcta.
Elena sonrió.
—Aquí nadie está seguro de muchas cosas.
Aquella respuesta sorprendió a Sofía.
Por primera vez alguien dentro de la mansión parecía hablar con sinceridad.
—Sígueme.
Subieron por una elegante escalera.
Recorrieron varios pasillos.
Finalmente llegaron a una puerta doble.
Elena la abrió.
La habitación era enorme.
Mucho más grande que su apartamento entero.Ventanas panorámicas. Balcón privado.
Baño de lujo.
Vestidor.
Todo parecía sacado de una revista.
—¿Esta habitación es para mí?
—Sí.
—Es ridículo.
—Matteo insistió.
Por supuesto.
¿Quién más?
Sofía dejó escapar un suspiro.
—¿Dónde está él?
—Trabajando.
Aquello la sorprendió.
Por alguna razón esperaba encontrarlo observando todo desde algún lugar.
Controlándolo todo.
—¿Siempre trabaja tanto?
—Más de lo que debería.
La respuesta quedó grabada en su mente.
Aquella noche decidió explorar un poco.
La mansión era demasiado grande para quedarse encerrada. Los pasillos parecían interminables.
Las habitaciones se sucedían una tras otra.
Bibliotecas.
Salones.
Despachos.
Terrazas.
Era imposible imaginar que una sola persona necesitara tanto espacio. Mientras caminaba por una de las galerías escuchó voces. Dos hombres hablaban en voz baja.
Se detuvo instintivamente.
—No está contento.
—Nunca está contento.
—Esta vez es diferente.
—¿Por la chica?
Silencio.
—Sí.
Sofía sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Crees que debería haberla traído?
—No lo sé.
Pero si Matteo tomó esa decisión, tendrá sus razones.
Los pasos comenzaron a acercarse.
Sofía continuó caminando rápidamente antes de ser descubierta. Pero las palabras permanecieron en su mente.
"Si Matteo tomó esa decisión, tendrá sus razones."
La pregunta era:
¿Cuáles eran esas razones?
Porque cada día que pasaba estaba más convencida de que la deuda era solo una parte de la historia.
Y quizá ni siquiera la más importante.
Más tarde, cerca de la medianoche, salió al balcón de su habitación. La mansión estaba silenciosa.
La mayoría de las luces estaban apagadas.
Sin embargo, una permanecía encendida.
En el ala opuesta.
Un despacho.
Y dentro de él distinguió una figura.
Matteo.
Solo.
Trabajando.
Otra vez.
Por un momento se quedó observándolo.
Intentando comprender quién era realmente aquel hombre. El hombre que todos temían.
El hombre que podía destruir una empresa con una sola llamada. El hombre que ahora controlaba una parte de su vida.
Como si sintiera su mirada, Matteo levantó la cabeza.
Sus ojos encontraron los de ella a través de la distancia. Ninguno apartó la vista.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y por primera vez desde que lo conoció, Sofía tuvo una sensación inesperada.
No era miedo.
No era odio.
Era algo mucho más peligroso.
La sensación de que Matteo De Luca ocultaba una verdad que podía cambiarlo todo.
Y que ella estaba cada vez más cerca de descubrirla.