Capítulo 2 El Hombre Que Todos Temían
El silencio se apoderó de la habitación.
Sofía sintió que el aire se volvía más pesado con cada segundo que pasaba.
Las palabras de Matteo seguían resonando en su mente.
"Una propuesta que involucra a tu hija."
No entendía exactamente qué significaba.
Pero sabía que nada bueno podía salir de aquello.
Su padre parecía haber perdido todo el color del rostro.
—No —dijo Antonio de inmediato.
La respuesta fue rápida.
Instintiva.
Desesperada.
Matteo lo observó sin mostrar ninguna emoción.
—Ni siquiera has escuchado la propuesta.
—No necesito hacerlo.
—Yo creo que sí.
La tensión en la habitación aumentó.
Sofía miró a ambos hombres.
—¿Alguien puede explicarme qué está pasando?
Nadie respondió inmediatamente.
Matteo caminó lentamente hacia una pequeña mesa donde descansaba una botella de whisky.
Sirvió una copa.
Después se giró hacia ellos.
—Tu padre me debe una cantidad considerable de dinero. —Eso ya lo sé.
—Lo que probablemente no sabes es que la deuda dejó de ser únicamente financiera hace mucho tiempo.
Sofía frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Significa que algunas deudas generan consecuencias.
Antonio apretó los puños.
—Déjala fuera de esto.Matteo ignoró completamente la petición. —Hace diez años hice una promesa a tu padre.
Si él cumplía con ciertos compromisos, tendría tiempo para pagar. —¿Y los cumplió?
—No todos.
Antonio bajó la mirada.
Aquello era suficiente respuesta.
Matteo bebió un pequeño sorbo antes de continuar.
—Ahora necesito una garantía.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Qué clase de garantía?
Los ojos de Matteo se encontraron con los suyos.
—Tú.
El mundo pareció detenerse.
—¿Perdón?
—Vivirás bajo mi protección hasta que la deuda quede resuelta. Antonio golpeó la mesa.
—¡No!
El sonido resonó por toda la oficina.
Pero Matteo permaneció tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Como si estuviera acostumbrado a las reacciones emocionales de otras personas.
—No es una negociación.
—Es mi hija.
—Precisamente.
Sofía intentaba procesar lo que estaba escuchando.
—¿Quieres que me quede aquí?
—Temporalmente.
—¿Como una rehén?
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Matteo.
La primera que veía.
Y no le gustó en absoluto.
—Prefiero el término invitada.
—Yo prefiero el término secuestro.
Carlo Moretti, que permanecía cerca de la puerta, soltó una pequeña risa.
Matteo ni siquiera reaccionó.
—Puedes llamarlo como quieras.
La respuesta hizo que Sofía sintiera aún más rabia.
Aquel hombre actuaba como si controlara todo.
Como si las vidas de los demás fueran piezas de ajedrez.
Y quizá lo eran.
Porque nadie parecía dispuesto a contradecirlo.
Una hora después abandonaron la mansión.
El trayecto de regreso fue silencioso.
Antonio conducía sin apartar la vista de la carretera.
Sofía observaba la lluvia caer sobre la ventana.
Su mente estaba llena de preguntas.
Finalmente habló.
—No voy a hacerlo.
Su padre asintió.
—Lo sé.
—Entonces dile que no.
Antonio soltó una amarga sonrisa.
—Ojalá fuera tan sencillo.
—Tiene que serlo.
—No conoces a Matteo De Luca.
—Y no quiero conocerlo.
Antonio permaneció callado.
Aquello preocupó aún más a Sofía.
Durante toda su vida había visto a su padre enfrentarse a problemas.Siempre encontraba una solución.
Siempre mantenía la calma.
Pero esta vez era diferente.
Esta vez parecía derrotado.
Y eso la aterraba.
—¿Quién es realmente?
Antonio tardó varios segundos en responder.
—El hombre más peligroso que he conocido.
La sinceridad en su voz fue suficiente para ponerla nerviosa. —¿Tan malo es?
—Peor.
—Entonces ¿por qué sigue vivo?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Antonio la observó.
—Porque es inteligente.
Porque es paciente.
Porque nunca toma una decisión impulsiva.
Y porque sus enemigos rara vez tienen una segunda oportunidad. Sofía tragó saliva.
Aquello no ayudaba en absoluto.
Esa noche apenas pudo dormir.
Una y otra vez recordaba el rostro de Matteo.
No era el típico hombre violento que había imaginado.
No parecía alguien que necesitara levantar la voz para imponer respeto. Era mucho peor.
Parecía alguien que nunca dudaba.
Alguien completamente seguro de sí mismo.
Alguien acostumbrado a ganar.
Y eso resultaba inquietante.
Muy inquietante.
A las tres de la madrugada seguía despierta.
Finalmente se levantó para beber agua.
Al regresar a su habitación vio una luz encendida en la cocina. Su padre estaba sentado solo.
Mirando la oscuridad.
—Tampoco puedes dormir.
Antonio sonrió débilmente.
—No mucho.
Sofía se sentó frente a él.
Por unos segundos ninguno habló.
Luego ella tomó aire.
—¿Crees que me hará daño?
La pregunta quedó suspendida en el silencio.
Antonio tardó demasiado en responder.
Demasiado.
—No.
Pero Sofía supo inmediatamente que no estaba completamente convencido.
A la mañana siguiente el restaurante permaneció cerrado. Por primera vez en años.
Antonio había decidido tomarse el día libre.
O al menos eso dijo.
La realidad era diferente.
Estaba esperando.
Esperando una llamada.
Esperando una visita.
Esperando que algo ocurriera.
Y ocurrió.
A las once en punto un automóvil negro se detuvo frente al local. El mismo vehículo de la mansión.
Carlo Moretti descendió del asiento trasero.
Sofía sintió que el estómago se le cerraba.
Antonio abrió la puerta antes de que Carlo llamara.
—Todavía no.
Carlo suspiró.
—No vengo a presionar.
—Entonces ¿qué quieres?
—Matteo quiere hablar con tu hija.
El silencio fue inmediato.
—No.
—No es una invitación.
—Tampoco es una decisión suya.
Carlo observó a Sofía.
—Creo que debería escuchar lo que tiene que decir.
—Yo no.
—Entonces elige.
—¿Elegir qué?
—Escucharlo ahora o escuchar algo peor después.
Aquella frase hizo que Antonio cerrara los ojos.
Como si ya conociera el resultado.
Finalmente miró a Sofía.
—No quiero que vayas.
—Pero debo hacerlo.
Antonio no respondió.
Porque ambos sabían la verdad.
No tenían muchas opciones.
Una hora más tarde Sofía volvió a cruzar los enormes portones de la mansión De Luca.
Esta vez sola.
El lugar parecía aún más intimidante.
Los jardines perfectamente cuidados.
Las cámaras de seguridad.
Los guardias.
Todo transmitía poder.
Control.
Dominio.
Una empleada la condujo hasta una terraza.
Allí estaba Matteo.
Sentado frente a una mesa de madera oscura.
Leyendo documentos.
Como si no dirigiera una de las organizaciones más temidas de Sicilia. Como si fuera simplemente un empresario revisando trabajo pendiente.
—Llegas puntual.
Sofía cruzó los brazos.
—No estoy aquí por voluntad propia.
—Lo sé.
—Entonces ahórrate los comentarios.
Para sorpresa de Sofía, Matteo sonrió ligeramente.
Aquello la irritó aún más.
Tomó asiento frente a él.
—¿Qué quieres?
Matteo dejó los documentos a un lado.
—Hablar.
—Habla.
—Tu padre está preocupado.
—¿Y te sorprende?
—No.
—Entonces ve al punto.
Matteo la observó durante varios segundos.
Como si estuviera estudiándola.
Analizándola.
Aquello la incomodó.
—Te pareces a tu madre.
La frase la tomó desprevenida.
—¿La conocías?
—Sí.
—¿Cómo?
—Hace muchos años.
Sofía no esperaba esa respuesta.
—Nunca me habló de ti.
—No me sorprende.
El silencio regresó.
—¿Por qué haces esto?
Matteo apoyó los brazos sobre la mesa.
—Porque tu padre tomó decisiones.
Y toda decisión tiene consecuencias.
—Eso no responde mi pregunta.
—Sí lo hace.
—No.
—Entonces haz una mejor pregunta.
Sofía sintió deseos de arrojarle algo.
Aquel hombre era exasperante.
—¿Por qué no simplemente tomas el dinero?
—Porque ya no me interesa.
—Todo el mundo quiere dinero.
—No todo el mundo.
—¿Y qué quieres tú?
Por primera vez Matteo permaneció callado.
Una sombra cruzó sus ojos.
Tan rápida que casi pasó desapercibida.
—Eso no te concierne.
—Entonces deja de decir que esto es una conversación. Porque parece más un interrogatorio.
Matteo volvió a sonreír.
Y por alguna razón aquello la puso aún más nerviosa. Porque comenzaba a sospechar algo.
Algo que no quería admitir.
Aquel hombre la observaba de una manera extraña. No como un enemigo.
No como una simple garantía.
Como si hubiera algo más.
Algo que ella todavía no comprendía.
Y quizá eso era lo más peligroso de todo.
Porque Sofía empezaba a descubrir que Matteo De Luca no era exactamente el hombre que había imaginado.
Y esa posibilidad resultaba mucho más aterradora que cualquier amenaza.