PRISIONERA DE SU DESTINO
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Capítulo 1 La Deuda de Sangre
La lluvia golpeaba las ventanas del pequeño restaurante con una fuerza inusual aquella noche.
Sofía Romano observó la calle vacía desde detrás del mostrador mientras secaba un vaso con movimientos lentos. Las luces amarillas de los postes se reflejaban sobre el asfalto mojado, creando sombras que parecían moverse por sí solas.
Era tarde.
Demasiado tarde para que alguien entrara.
Su padre estaba en la oficina del fondo revisando cuentas, como hacía cada noche.
El restaurante llevaba más de treinta años perteneciendo a la familia Romano.
No era un negocio elegante.
No aparecía en revistas.
No atraía turistas.
Pero era suyo.
Y para Sofía, eso era suficiente.
A sus veinticuatro años había aprendido a valorar las cosas simples. Una familia unida.
Un trabajo honesto.
La tranquilidad de conocer cada rincón de su barrio.
Mientras muchos soñaban con lujos y fama, ella soñaba con estabilidad.
Con una vida normal.
Con un futuro que pudiera construir por sí misma.
Nada más.
La campana de la puerta sonó.
Sofía levantó la mirada.
Un hombre entró al restaurante.
Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado.
Su expresión era seria.
Fría.
Observó el lugar durante unos segundos antes de caminar hacia una mesa cercana.
Algo en él hizo que Sofía sintiera un escalofrío.
No parecía un cliente común.
—¿Puedo ayudarlo? —preguntó ella.
El hombre la observó.
—Busco al señor Romano.
Su tono era firme.
No era una pregunta.
Era una orden disfrazada de cortesía.
Sofía sintió una extraña tensión en el ambiente.
—Mi padre está ocupado.
El hombre asintió lentamente.
—Dígale que Carlo Moretti ha venido a cobrar una deuda. El nombre provocó un silencio inmediato.
Incluso antes de entender por qué.
Algo cambió.
Algo oscuro.
Algo peligroso.
Sofía caminó hacia la oficina.
Cuando abrió la puerta, encontró a su padre revisando documentos. —Papá.
—¿Sí?
—Hay un hombre preguntando por ti.
—¿Quién?
—Carlo Moretti.
El color desapareció del rostro de su padre.
Por primera vez en muchos años, Sofía vio miedo en sus ojos. Miedo verdadero.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—¿Qué ocurre?
Su padre tardó varios segundos en responder.
—Nada.
Mentía.
Ella podía verlo.
—Papá.
—Quédate aquí.
—No.
—Sofía.
—¿Quién es ese hombre?
Su padre cerró los ojos.
Como si estuviera reuniendo fuerzas.
—Alguien del pasado.
La respuesta no aclaró nada.
Pero confirmó algo.
Aquella visita no era normal.
Cuando ambos salieron de la oficina, Carlo Moretti permanecía sentado exactamente donde estaba antes.
Inmóvil.
Paciente.
Como un depredador esperando el momento adecuado.
El hombre se puso de pie.
—Antonio Romano.
—Carlo.
Ninguno de los dos sonrió.
Ninguno ofreció un saludo amistoso.
La tensión entre ellos era evidente.
—Han pasado muchos años.
—No suficientes.
Carlo observó a Sofía.
La mirada duró apenas unos segundos.
Pero ella sintió una incomodidad inmediata.
—Tu hija ha crecido.
Antonio dio un paso adelante.
Protector.
Instintivo.
—No la involucres.
Carlo soltó una pequeña risa.
Sin humor.
—Eso ya no depende de mí.
Sofía sintió que algo iba mal.
Muy mal.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
—Papá.
—Ve arriba.
—No pienso irme.
Carlo la observó nuevamente.
—Tiene carácter.
—Déjala fuera de esto.
—Ojalá pudiera.
El silencio volvió a llenar el restaurante.
Finalmente Carlo sacó un sobre de su chaqueta.
Lo colocó sobre la mesa.
—Tres días.
Antonio no tocó el sobre.
—No puedo.
—Tres días.
—Necesito más tiempo.
—Ya has tenido diez años.
El corazón de Sofía se detuvo por un instante.
Diez años.
¿De qué estaban hablando?
Carlo caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió una última vez.
—Si no pagas la deuda, Matteo tomará una decisión.
Y desapareció bajo la lluvia.
El sonido de la puerta cerrándose pareció más fuerte de lo normal. Durante varios segundos nadie habló.
Luego Sofía tomó el sobre.
Su padre intentó detenerla.
Demasiado tarde.
Dentro había documentos.
Cantidades.
Firmas.
Fechas.
Y una cifra imposible.
Doscientos cincuenta mil euros.
Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué es esto?
Antonio permaneció en silencio.
—Papá.
—No quería que lo supieras.
—¿Debes doscientos cincuenta mil euros?
—Sí.
—¿A quién?
El hombre bajó la mirada.
—A la familia De Luca.
El nombre no significaba nada para ella.
Pero la expresión de su padre sí.
Y eso era suficiente.
—¿Quiénes son?
Antonio tardó varios segundos en responder.
—La familia más poderosa de Sicilia.
Sofía tragó saliva.
—¿Empresarios?
Su padre soltó una amarga sonrisa.
—Ojalá.
El significado llegó de inmediato.
La sangre abandonó su rostro.
—¿Mafia?
Antonio no respondió.
No hacía falta.
Aquello era una respuesta.
Durante toda su vida creyó conocer a su padre.
Creyó conocer su historia.
Su pasado.
Ahora descubría que existía una parte completamente oculta. Una parte oscura.
Peligrosa.
Y aparentemente imposible de evitar.
Esa noche Sofía apenas durmió.
Las preguntas llenaban su mente.
¿Cómo había ocurrido aquello?
¿Por qué nunca le había contado nada?
¿Qué significaba exactamente esa deuda?
Y sobre todo...
¿Quién era Matteo?
Cada vez que cerraba los ojos recordaba las palabras de Carlo. "Matteo tomará una decisión."
No sonaba como una amenaza común.
Sonaba peor.
Mucho peor.
A la mañana siguiente encontró a su padre sentado en la cocina. Parecía diez años más viejo.
Las arrugas en su rostro parecían más profundas.
La preocupación más visible.
—Tenemos que hablar.
Antonio asintió.
Sabía que aquel momento llegaría.
—Hace muchos años cometí errores.
—¿Qué clase de errores?
—Trabajaba para ellos.
Sofía sintió un nudo en el estómago.
—¿Para la mafia?
—Sí.
El silencio se instaló entre ambos.
—¿Y después?
—Intenté salir.
—¿Lo lograste?
—Pensé que sí.
La respuesta lo decía todo.
No había logrado escapar realmente.
Nadie escapaba tan fácilmente.
—¿Por qué les debes dinero?
Antonio cerró los ojos.
—Porque hace diez años pedí ayuda.
—¿Ayuda?
—Tu madre estaba enferma.
Las palabras golpearon a Sofía como una ola.
Su madre.
La enfermedad.
Los hospitales.
Las operaciones.
Recordaba aquellos años.
Recordaba el miedo.
La incertidumbre.
—No teníamos dinero suficiente.
—Entonces pediste un préstamo.
Antonio asintió lentamente.
—Pensé que podría devolverlo.
—Pero no pudiste.
—No.
Sofía comprendió por primera vez el peso que había cargado su padre durante una década.
Había intentado salvar a su esposa.
Había hecho lo que cualquier hombre desesperado habría hecho. Y ahora el pasado regresaba para cobrar el precio.
Dos días después llegó la llamada.
Antonio escuchó durante varios minutos sin decir una sola palabra. Cuando colgó, estaba pálido.
—Tenemos que ir.
—¿Adónde?
—A ver a Matteo De Luca.
El nombre volvió a provocar el mismo escalofrío.
Sofía intentó ignorarlo.
Sin éxito.
Dos horas más tarde un automóvil negro apareció frente al restaurante. Elegante.
Impecable.
Amenazante.
Un conductor abrió la puerta.
Nadie habló durante el trayecto.
La ciudad desapareció poco a poco.
Los edificios fueron reemplazados por caminos privados.
Muros altos.
Portones de hierro.
Seguridad.
Poder.
Finalmente llegaron.
La mansión parecía un castillo moderno.
Imponente.
Fría.
Inalcanzable.
Sofía sintió que estaba entrando en otro mundo.
Un mundo al que no pertenecía.
El conductor los guió hacia el interior.
Pasillos enormes.
Mármol.
Arte.
Silencio.
Todo parecía diseñado para recordar a los visitantes quién tenía el control.
Finalmente llegaron a un despacho.
Las puertas se abrieron.
Y Sofía lo vio.
Matteo De Luca.
Estaba de pie junto a una ventana.
Observando el jardín.
Al escuchar los pasos, se volvió lentamente.
Alto.
Cabello oscuro.
Traje negro perfectamente ajustado.
Una presencia imposible de ignorar.
Pero no fue su apariencia lo que llamó la atención de Sofía. Fueron sus ojos.
Fríos.
Calculadores.
Peligrosamente tranquilos.
Eran los ojos de un hombre acostumbrado a obtener siempre lo que quería.
Durante unos segundos nadie habló.
Matteo observó a Antonio.
Luego a Sofía.
Su mirada permaneció sobre ella apenas un instante más. Lo suficiente para incomodarla.
No parecía sorprendido por su presencia.
Como si ya supiera exactamente quién era.
—Antonio Romano.
Su voz era profunda.
Controlada.
—Señor De Luca.
—Han pasado muchos años.
Antonio bajó la mirada.
Matteo caminó lentamente hacia el escritorio.
—Supongo que sabes por qué estás aquí.
—Necesito más tiempo.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Definitiva.
Antonio tragó saliva.
—Puedo pagar.
—Ya no me interesa el dinero.
Aquellas palabras hicieron que la habitación pareciera más fría. Sofía sintió un mal presentimiento.
Uno terrible.
Matteo abrió una carpeta.
Revisó algunos documentos.
Después levantó la vista.
—Durante diez años ignoré tu deuda por respeto a viejos acuerdos. Antonio permaneció inmóvil.
—Pero las cosas han cambiado.
—Lo sé.
—Entonces entiendes que necesito una solución.
El silencio volvió.
Finalmente Matteo cerró la carpeta.
Y pronunció una frase que cambiaría la vida de Sofía para siempre. —Tengo una propuesta.
Antonio palideció.
Como si ya conociera la respuesta antes de escucharla.
Sofía observó a ambos hombres.
Confundida.
Nerviosa.
Incapaz de entender qué estaba ocurriendo.
Matteo dirigió su mirada hacia ella.
Y por primera vez, una emoción imposible de identificar apareció en sus ojos.
—Una propuesta que involucra a tu hija.
Sofía sintió que el corazón dejaba de latir.
Y comprendió que aquel día era solo el comienzo de algo mucho más peligroso de lo que jamás había imaginado.