Principito Oscuro EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Las estrellas mudas

Un año después, Rosalía me envió una caja. Dentro había una grabación, la bufanda amarilla y una rosa seca envuelta en papel.

La nota decía que se mudaba con Clara. Había recuperado recuerdos suficientes para reconocer partes de su vida y aceptado que otras seguirían en manos de versiones ajenas.

Rechazaba conservar la bufanda o dejarla en manos de la policía; me pedía que decidiera qué hacer con ella sin convertir la decisión en un símbolo.

La llevé al cementerio.

La tumba de Adrián estaba junto a la de Elena, mirando hacia la costa. Tobías había instalado una pequeña lámpara solar que se encendía al anochecer. La retiré después de visitarlo; pensé que él habría preferido una noche sin tareas.

Dejé la bufanda bajo la piedra y regresé al puerto con la grabación. Tardé varios días en escucharla.

Rosalía había reunido sonidos de Adrián: una risa en la pensión, el golpe de una cuchara contra una taza, sus pasos sobre el rompeolas, una discusión acerca de una ventana. Sin música, la grabación terminaba con el viento y la voz de mi hermano preguntando cuántos atardeceres cabían en una cinta.

Ella respondía que uno, si no se rebobinaba.

Después quedaban nueve minutos de silencio.

Aquella noche subí al acantilado. Ciudad Umbra brillaba abajo, húmeda y pequeña. El edificio de San Julián era una masa negra sobre la colina. Habían quitado el letrero, pero las letras dejaron una sombra más clara en la piedra.

Miré el cielo.

Las estrellas no rieron. Tampoco pronunciaron nombres ni prometieron que los muertos seguían en alguna parte. Permanecieron frías, distantes y mudas.

Escuché hasta el final los nueve minutos.

Cuando terminó la cinta, bajé hacia la ciudad.