Principito Oscuro Del séptimo cuaderno
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Del séptimo cuaderno

Las estrellas

De niño creía que las estrellas eran agujeros. Alguien había cubierto el cielo con una tela negra y la luz de otra habitación entraba por los pinchazos. Si encontraba el punto correcto, podría mirar al otro lado.

Yo esperaba que alguna pronunciara mi nombre.

Rosalía grabó una noche completa en el acantilado. Al escucharla solo había viento, insectos y el motor lejano de un barco. Subió el volumen hasta que el ruido llenó la habitación.

—No dicen nada —protesté.

—Eso es lo que grabé.

Me enfadé. Quería una señal que justificara la espera, una risa, una voz o el sonido de mamá caminando al otro lado. Rosalía guardó la cinta.

—El silencio no te está ocultando un mensaje —dijo. También puedes dejar de obedecerlo.

Años después, Valentín mirará el cielo y buscará mi voz. Ojalá no la encuentre. Las voces de los muertos pesan demasiado cuando se utilizan para decidir por los vivos.

Las estrellas seguirán allí, frías y mudas. Esa noche no será una respuesta. Será una noche.