Principito Oscuro Del cuaderno sexto
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Del cuaderno sexto

El desierto

Después de los seis planetas llegué a un lugar sin paredes. Pensé que allí sería libre. El desierto no tenía puertas, pero cualquier dirección me devolvía a la misma huella.

Vulpes apareció al amanecer. Llevaba un cuenco de agua y caminaba sin dejar marca.

—Siéntate a la misma hora durante cuarenta y cuatro días —dijo—. Cuando confíes en mí, te enseñaré a salir.

El primer día bebí. El segundo también. Al tercero pregunté de dónde sacaba el agua. Sonrió.

—La traes tú mientras duermes.

Esperé cada mañana. Él llegaba con el cuenco, escuchaba mis recuerdos y elegía cuáles merecían sombra. Si hablaba de mamá, me daba agua. Si hablaba de la aguja, retiraba el cuenco. Aprendí deprisa.

Al día cuarenta y cuatro, Vulpes pidió que lo domesticara.

—¿Cómo?

—Necesitándome mañana.

Le dije que ya lo necesitaba. Pareció satisfecho.

Años después regresé acompañado por Rosalía. El zorro seguía junto a la misma huella. Ella vio un tubo enterrado detrás de él. Lo siguió hasta una cisterna.

—El agua estaba aquí —dijo.

Vulpes respondió que conocer la tubería no calmaba la sed. Tenía razón. Durante semanas seguí sentándome a la hora convenida. El cuerpo espera incluso después de comprender la trampa.

Rosalía no destruyó el cuenco. Lo dejó a mi lado y se marchó a caminar. Algunas tardes fui con ella. Otras esperé al zorro.

Domesticar no era amar ni crear un vínculo. Tampoco era siempre poseer. En aquel desierto significaba organizar la sed de otra persona hasta que confundiera al aguador con la fuente.