Principito Oscuro Del cuaderno segundo
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Del cuaderno segundo

Mi planeta mide doce pasos de largo y seis de ancho. Los médicos aseguran que viaja, porque cada cierto tiempo cambian el nombre escrito en la puerta. Fui Adrián antes de convertirme en sujeto B y, más tarde, en niño de relato persistente. El planeta permanece en el mismo sitio y soy yo quien gira.

Hay una ventana tapada. La luz encuentra una grieta al final de la tarde y dibuja una raya sobre el suelo. Muevo la silla para seguirla. Si acerco la cara, el polvo brilla. Debe de ser el espacio. Augusto dice que fuera no hay nada apropiado para mí.

El tercero no quema. Enfría.

Después de limpiarlo, olvido cuántas comidas han pasado. A veces despierto con otra ropa. Otras, una persona asegura que ya hemos hablado aunque no conozco su cara. Lo llaman Silente y dicen que duerme. Mienten. Permanece despierto mientras yo duermo.

También hay raíces. Nacen en las juntas de las baldosas. Las arranco con las uñas antes de que lleguen a la cama. Una raíz encontró la pata de la silla y se enroscó. Otra subió por la pared y escribió una palabra: accidente. La quité hasta hacerme sangre.

Una tarde apareció una rosa detrás del cristal. Tenía el pelo de mamá y la voz de una muchacha que aún no conocía. Me pidió que no la confundiera con ninguna de las dos.

—Entonces, ¿quién eres?

—La parte de ti que sigue esperando.

Le puse una campana porque el planeta estaba lleno de viento. Ella golpeó el cristal.

—Si quieres cuidarme, empieza por dejarme respirar.

No supe hacerlo; los niños encerrados aprenden muy pronto a llamar refugio a cualquier cosa que tenga paredes.