Una noche
Jesse cerró los ojos cuando las manos de London lo recorrieron.
El toque perfecto, siempre lo fue, incluso cuando su mente buscaba formas de escapar de ese tortuoso recuerdo.
London Morgan fue su liberación, pero también sus cadenas.
Cadenas de hierro forjado, indestructibles e invisibles, cadenas que lo perseguían a donde iba, porque lo que tuvo con él, aunque fue corto, e incluso lleno del terror de los Callums tuvo magia.
London fue magia en muchos aspectos. Le dio cobijo cuando su familia lo expulsó, le demostró que merecía ser amado, incluso siendo gay y vulnerable, lo hizo mirarse en el espejo, aunque después ese reflejo se hubiera quebrado.
London era el causante de su dolor, pero también fue su milagro.
Una avalancha de besos y caricias recorrieron su cuerpo, su ropa fue cayendo al suelo entre manos torpes y presurosas como las de él y de London, sus manos trémulas arrancaron la corbata y la camisa de su amante, y en cuestión de minutos, ambos estaban desnudos, como aquella vez cuando se animaron a lo desconocido, cuando la boca de London le develó el paraíso.
—Tenemos una hora—susurró sobre los labios de London—. Los invitados me esperan.
—Lo sé—El hombre respondió con un nudo en la garganta, como si de pronto regresara a la adolescencia, a la torpeza de la primera vez, y en parte lo era, recorrer el cuerpo de Jesse se sentía diferente.
London volvió a besarlo, porque nunca se cansaría de esa boca, porque como el más grande imbécil que era, intentó reemplazarla luego de la ruptura, en vez de mirarse al espejo y aceptar que Jesse Callum es único.
Los labios entreabiertos recorrieron el cuello, el aroma de su piel lo extasió, esa mezcla perfecta entre lo floral y lo amaderado, la simbiosis de lo masculino y lo femenino, simpleza y sofisticación.
Este aroma era su esencia. Su boca se cerró en el cuello y succionó, Jesse gimió y sus uñas rasguñaron la espalda musculosa que estaba a su disposición.
La piel era suave y cálida, tal y como lo recordaba.
Dieron pasos tambaleantes sin dejar de tocarse y besarse hasta que cayeron en la cama.
—Jesse—musitó London y dejó un chupetón sobre su pecho, luego otro y otro, sus dientes se engarzaron al pezón derecho, el cual estiró.
Los ojos negros grandes y brillantes de Jesse estaban sobre él, sin perder detalle, grabando cada gesto, cada beso, cada mueca en su memoria, como lo único que iba a quedarse de ese 31 de diciembre.
La habitación estaba impregnada de un calor líquido, el sudor recorría sus cuerpos con deseo febril, estaban ajenos a la tormenta de nieve, ajenos a los que sucedía en el jardín de invierno en donde seguramente las personas preguntaban qué había sucedido con el anfitrión.
Las manos firmes de Jesse recorrieron la espalda de London y descendieron hasta presionar las nalgas turgentes.
Se estaban redescubriendo en cada beso, en cada caricia.
London besó su vientre, el hueso de su cadera y su boca se perdió en su pene húmedo y erecto.
Jesse se contrajo de placer, sollozó cuando su amante succionó con ímpetu, cuando las expertas manos lo masturbaron.
Jesse extendió sus brazos en la enorme cama, sus manos apuñaron las sábanas y contuvo un grito de éxtasis cada vez que la lengua recorrió su extensión.
London le sonrió, sabía cuánto adoraba sus orales, cuánto amaba la sensación de su lengua en su virilidad.
Las caderas de Jesse se levantaron, follaron la boca que se abría al máximo y lo recibió con humedad y calor. Quería más, quería todo. Las manos de London rozaron sus caderas, reconociendo cada curva, cada recuerdo escondido bajo la piel.
—London.—Jesse gimió su nombre.
Había tantas palabras no dichas, tantas conversaciones pendientes, tantos hechos irreversibles, pero no iba a dejar que su cabeza, y mucho menos su corazón tomara el control.
Esto era sexo, puro y duro, era su cuerpo liberándose, su cuerpo encontrando el interruptor para descargar todas sus tensiones.
Cerró los ojos, y su piel hormigueó, los dedos de sus pies se contrajeron y su esencia golpeó la garganta de su amante quien la recibió sin quejarse, como siempre lo hizo.
Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Jesse, esas mejillas pintadas de un bello rosa.
Cada caricia avivó las cenizas que pronto se tornaron llamas incontrolables.
«Aun lo quieres».
Sacudió la cabeza, porque se negaba a sucumbir ante el miedo y la verdad, ante la vergüenza, ante el hecho de que se moría por el profesor Morgan, incluso cuando fue un imbécil incluso cuando lo dejó cuando más lo necesitaba.
El calor entre ellos era palpable, envolviéndolos como una manta protectora contra los recuerdos dolorosos.
Jesse cerró los ojos y dejó que los susurros de London le recorrieran la piel, palabras que eran promesas y disculpas a la vez.
Cada movimiento era una pregunta y una respuesta, una búsqueda desesperada de redención, de un instante en el que todo lo perdido pudiera recuperarse.
«Imposible».
Ambos lo sabían, el dolor del abandono no se olvida, uno puede perdonar, pero no volver al lugar donde te dañaron, pero ¿y si no todo fue dolor? ¿Si los recuerdos buenos sopesaban los malos en el corazón de Jesse?
Un nuevo gemido cuando un par de falanges ingresaron en su interior, de manera insistente e impetuosa, sin pedir permiso, porque siempre fue así.
London siempre tuvo acceso ilimitado a su cuerpo, y viceversa.
Confiaban en el otro, creían que el otro nunca les haría daño.
El estómago de London se retorció ante ese pensamiento, aun así, sus dedos embistieron en el cálido interior, su boca fue hacia su cuello y ascendió sobre la mandíbula, y luego a sus tiernos labios que ahora estaban hinchados.
Sus miradas se encontraron, Jesse acarició su rostro, esa fue la respuesta al modo en que London profanaba su cuerpo.
Los dedos lubricados no se detuvieron, golpearon una y otra vez hasta embestir sobre la próstata.
Jesse abrió la boca en un grito silencioso, London entendió que había llegado a ese punto mágico, y volvió a golpear.
El canal se abría, los músculos se relajaban y London se acomodó entre sus piernas, quitó sus dedos, y acarició su pene hacia arriba y abajo.
Se apartó para buscar un condón en su pantalón, Jesse sintió el frío apenas el cuerpo tibio y desnudo abandonó el suyo.
Un segundo después, London estaba sobre su piel una vez más.
Su pene enfundado en el condón y lubricado.
Jesse extendió las piernas para él, London ingresó de una sola estocada, fue tan intensa que su amante gritó por primera vez desde que todo empezó.
—¿Estás bien? —preguntó London sobre sus labios. Jesse asintió con lágrimas en sus ojos. Pudo encontrar en esa mirada vestigios del antiguo amante, del muchacho tímido y encantador—. Dios, ¿por qué eres tan hermoso?
Jesse no respondió, aprisionó el cuerpo sobre el suyo, y sus piernas se enredaron a su cintura.
Se volvieron uno, London embistió con intensidad y pasión, Jesse ahogó sus gemidos en la boca de su amante.
London besó su boca, su cuello, chupó sus pezones, enloqueciendo de placer al hombre debajo de él.
Fue vergonzoso, pero imposible detenerlo. Jesse se vino un par de minutos después por segunda vez en la noche. London, perdido en la lujuria continuó el vaivén rápido y duro. Jesse frunció el ceño en una mezcla onírica de dolor y placer.
London mordió su hombro, invadió su piel blanca y la pintó de cardenales rojizos y violáceos.
Era su obra de arte, una que anhelaba perpetuar, aun sabiendo que solo tenía una hora.
En un movimiento rápido e inesperado, Jesse intercambió posiciones, se sentó sobre su amante y colocó sus manos suaves y delicadas en su pecho.
London, todavía más excitado, acarició sus pezones, y luego su cintura, Jesse hizo círculos lentos al principio, y un minuto después, lo cabalgó con destreza y determinación.
London se deleitó con sus gestos, acarició su rostro, sus labios pulposos, su pulgar fue sobre su boca y Jesse lo succionó.
El cabello largo y negro caía sobre su rostro y pecho, contrastaba con su piel blanquecina y el tono rojizo violáceo de los chupetones.
Las caderas de ambos se sincronizaron a la perfección, era increíble cuánto recordaban sus cuerpos.
Gimieron al unísono, London pensó quien era este hombre ahora.
Se estaba follando al líder del clan Callum, a uno de los hombres más poderosos de Gran Bretaña, y eso le dio placer y vértigo en la misma medida.
El semen de Jesse pintó sus abdominales una vez más, su cuerpo se estremeció y London lo arrojó sobre el colchón una vez más, y sin detenerse, aceleró el vaivén.
Las uñas se arrastraron por sus brazos musculosos, Jesse también dejaría sus marcas esa noche.
London lo folló una y otra vez hasta que rebalsó el condón.
Hasta que un gemido ronco envolvió la habitación y se desmoronó sobre el cuerpo deshuesado debajo de él, quien acarició su cabello húmedo por el sudor, del mismo modo que su piel.
Era más que solo sexo; era la reconexión de dos almas que nunca dejaron de buscarse.
Entre gemidos y caricias, la sensualidad se mezcló con la dulzura de un amor que, a pesar de todo, se negaba a extinguirse.
El silencio que siguió al orgasmo y a sus caricias se convirtió en un refugio, una tregua momentánea donde solo existían ellos, libres de pasado y de futuro, anclados en ese ahora eléctrico y frágil.
Estuvieron así por minutos que parecieron horas, entre caricias, besos y más besos.
—London.
—Ya lo sé—London lo interrumpió porque lo notó en su voz—, sé que no puedes perdonarme, sé que no lo merezco.
Jesse lo envolvió en sus brazos, sus piernas se negaban a soltarlo.