Príncipe (Bilogía Morgan 2) Una noche #2
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Una noche #2

—¿Cómo sé que no te irás de nuevo apenas las cosas se pongan difíciles? ¿Cómo sé que puedo confiar en ti?

London salió de su interior y se deslizó a un costado, aun así, no dejaron de abrazarse.

—Soy incapaz de hacer promesas ahora—dijo con voz firme—, pero voy a luchar por ti, voy a demostrarte que soy digno de ti y de tu amor, Jesse Callum. Solo dame tiempo, por favor, dame tiempo. No permitas que esta noche sea lo último que tengamos.

Jesse le acarició el rostro con suavidad.

—Si te doy esta oportunidad, me estaré fallando a mí mismo.

London asintió.

—Lo sé, por eso no te pido una oportunidad, te pido tiempo para demostrar que todo lo que me des, será porque lo he ganado. Empezaremos de cero, estaré para ti siempre, del mismo modo a como tu estuviste para mí. No tengo permitido fallarte, soy consciente de eso.

Jesse se apartó del hombre y se deslizó fuera de la cama.

Se dirigió al baño y London sintió el aguijón del miedo y la duda ¿Debía ir tras él?

¿Debía darle espacio? El hombre regresó, buscó sus bóxers, sus medias, su pantalón y su camisa.

London se debatía entre vestirse y largarse o mantenerse en esa cama de sábanas de seda.

Jesse se sentó en la cama dándole la espalda.

—¿Recuerdas la pintura que comenzamos? —preguntó sin mirarlo.

London tragó saliva, era una obra conjunta, una que empezaron con amor, fue antes de su secuestro.

—Sí.

El líder de los Callums, esta vez, se giró hacia él.

—Quiero que la terminemos, quiero que dejemos todo lo que somos allí, y si después de ver esa obra finalizada, sentimos que podemos empezar de nuevo, pues lo haremos, de lo contrario, seguiremos adelante. Cada cual, por su camino, como hasta ahora.

London tenía un nudo en la garganta, un desafío inmenso lo cubría con su sombra.

No se percató de que las lágrimas corrían silenciosas e incesantes por su rostro.

Se levantó, y desnudo como estaba se sentó al lado de su amante.

Jesse tenía las manos en su regazo, estaban frías, London las asió y luego las besó.

—Hace dos años que no pinto—confesó—, no he tenido una sola idea, apenas recuerdo como agarrar un pincel—Jesse se mantuvo en silencio—, pero si esta es tu propuesta, la tomo. La tomo y que Dios me ayude, porque esta vez, no pienso perderte.

Sus miradas se encontraron una vez más. Jesse le dio una sonrisa tímida y luego, lo asió de la nuca y sus labios se unieron.

—En quince minutos debo estar brindando con mis invitados—dijo sobre sus labios—, baja tú primero.

No habían definido un nuevo encuentro, no había día ni horarios, pero London confió en que había esperanza para ambos. Se vistió rápido, se arregló el cabello y observó al hombre antes de salir de la enorme recámara.

—Te amo, Jesse. Sé que mi palabra no vale nada, pero es la verdad.

Las manos de Jesse se detuvieron en la corbata, levantó la mirada y le sonrió una vez más.

—Fuera de aquí, profesor. Hay una velada que gestionar.

London tragó saliva y asintió, la decepción se notó en su gesto. Cuando la puerta de la recámara se cerró, Jesse se miró al espejo.

—Yo también te amo, London Morgan—pronunció muy despacio—, pero estas palabras deberás ganártelas.

***

La nieve no dejaba de caer, el manto blanco se extendía en el horizonte. Olivier encendió un cigarrillo y miró al cielo, los copos blancos caían sobre su rostro, sobre su barba cuidada.

«Lo perdiste».

¿Uno puede perder lo que nunca tuvo? Esa preguntó no solo llenaba su cabeza sino también su corazón. Olivier observó el paisaje fuera de la mansión. Una figura sentado en uno de los bancos le llamó la atención, temblaba y también estaba fumando.

Caminó hacia él y su corazón estuvo a punto de detenerse cuando se percató de quien se trataba.

—¿Qué mierda haces aquí todavía? —Su voz dura sobresaltó al muchacho quien se puso de pie como un resorte.

Temblaba de frío e indignación, todo su rostro estaba enrojecido.

—No tengo dinero—dijo molesto—, así que debo esperar al imbécil de London para regresarme a casa, ¿puedes creerlo?

Olivier negó y miró el piso. El muchacho se secaba las lágrimas con rabia.

—Ya—Se acercó unos pasos más—, estás lastimando tu rostro.

—¿Y a ti qué te importa? —Su voz se quebró—¿Tienes una idea del dolor y la humillación que tengo en este momento?

Oliviero rio. Claro que lo sabía, nadie lo entendía mejor que él. Puso una mano en su hombro, Sander la observó sorprendido.

—Cálmate, no es el fin del mundo—dijo, aunque ni él mismo lo creía. Sander lo observó confuso y luego empezó a reír—¿Qué?

—Eres patético animando a la gente, ¿te lo han dicho?

Olivier se encogió de hombros.

—No me pagan por animar, me pagan por proteger.

Sander se humedeció los labios, escrutó al enorme hombre de abajo hacia arriba. Sus ojos se clavaron en el guardaespaldas con intensidad.

—¿Tienes auto?

—Lo tengo—replicó con seriedad.

Sander se acercó un poco más.

—Llévame a casa—dijo muy cerca de su boca, pese a que estaba de puntitas de pie—, salgamos de aquí.

—No puedo, Jesse…

—Jesse está follando con London—Sander escupió—, gimen sus nombres mientras nosotros estamos aquí congelándonos.

Olivier tragó saliva.

—Es mi deber.

—Por favor—rogó y acarició su abrigo—, ven conmigo.

Olivier se maldijo por su curiosidad, por haber salido de la mansión, por el deseo que sintió de romper las reglas. El hombre asió su celular y llamó. Sander dio un suspiro. Le estaban llamando un Uber.

—Kensington—ladró por teléfono—, quedas a cargo. Debo salir por una emergencia.

La boca de Sander se abrió y cerró ¿Había escuchado bien? El hombre dio algunas directrices más y luego guardó el celular en el bolsillo. Cuando la llamada terminó, ambos se quedaron frente a frente entre el hielo de la noche y la adrenalina de la incertidumbre.

—Sander, ¿verdad? —preguntó, aunque ya lo sabía—. Soy Olivier.

Sander le sonrió, el orificio en la mejilla era sexy.

—Lo sé, el estreñido de tu jefe lo dijo.

—Hagamos un trato, Sander—dijo Olivier—. Te llevo a tu casa y tú dejas de insultar a mi jefe.

—Tu jefe es una perra.

—No lo es—Olivier defendió—, es el hombre más noble que he conocido.

—¡Por favor! Es obvio que se acostaba con London antes de…

—Jesse jamás engañaría a nadie, pero bueno, si tú crees eso, no es mi problema.

Sander se quedó en silencio.

—London es un infeliz malnacido.

—Estamos de acuerdo en eso—replicó Olivier—, ahora, si no tienes a nadie más a quien insultar ven conmigo.

Olivier dio la media vuelta y caminó rumbo a los estacionamientos. Sander se mantuvo estático por unos segundos, observó la mansión una vez más y sonrió, luego se enfocó en el hombre que lo llevaría a su hogar, el hombre con el cual pasaría la noche, aunque este tonto, todavía no lo supiera.