Solo para valientes
—Es un buen amigo, profesor —Jesse se secó la cara—, pero no voy a arriesgarlo. Mi fa-familia está podrida. Es incapaz de ver más allá de negocios, muerte y…
—La mía lo está también —replicó desesperado—. Aun así, ¿me ves rendirme?
Jesse sonrió y se irguió en el sofá. Luego puso sus brazos sobre sus rodillas y tiró su cuerpo hacia delante, sobre ellas.
—M-Me habría gustado ser valiente como usted —susurró decepcionado—, pero algunos de nosotros no sabemos c-cómo. M-Me iré en un rato más.
—Jesse…
—Necesitaba despedirme y agradecerle. No muchos me han tratado bien en la vida. No muchos me han dicho que merezco ser feliz, y aprecio eso. Es invaluable.
Lo había dicho sin cortar una palabra, igual a cómo lo practicó mientras venía de camino para encontrarse con ese hombre que lo hacía sentir tantas cosas en su interior. Un ser imposible. Uno que jamás se fijaría en otros hombres y menos en uno que tartamudeaba.
Jesse se puso de pie, y London supo que el tiempo de las formalidades y las cursilerías había pasado.
London se levantó del sofá y lo sostuvo del brazo.
—No vas a irte, no lo permitiré.
Jesse sintió la fuerza del agarre. Sus mejillas de repente se tornaron cálidas, una llama difícil de apagar.
—London, yo…
—¿No te das cuenta de que me tienes loco? —indagó enojado. Entretanto, la mano que sostenía su brazo lo dejaba e iba a la cadera del muchacho—. Te deseo desde que te conocí, y tú solo dices: «Me voy, profesor. Buena suerte».
La mandíbula de Jesse temblaba. Sus ojos negros, grandes y hermosos, iban de arriba abajo, hacia el impresionante hombre que ahora enredó ambos brazos en su cintura.
—Profesor…
—Dios, debo ser un pervertido si me caliento cada vez que me llamas así.
Y Jesse intentó hablar, de verdad lo intentó, pero los labios de London ya estaban sobre los suyos, y el mundo, tan triste y solitario, pasó a ser una gota de agua que se evaporaba después de la lluvia. Ya no existía, había mutado a algo mejor, algo maravilloso, algo que no iba a perder.
—¿De verdad estás bien?
Jesse sacudió la cabeza y volvió al presente, a lo que lo rodeaba, a quien era. Entornó los ojos. Era la décima vez que Oliver preguntaba lo mismo.
—Sí hombre solo fue un poco de champán, ya está.
El guardia negó.
—¿Quién mierda se cree para venir aquí y…?
—Ya—Jesse lo interrumpió—, el pobre se puso celoso, aunque todavía no entiendo por qué. No he observado con segundas intenciones al profesor Morgan en ningún momento.
Olivier negó.
—London se lo debe haber dicho.
Jesse comenzó a reír.
—¿Y cuál sería el objetivo de eso?
Olivier rio con sarcasmo.
—¿Es que acaso no te das cuenta? El profesor sigue perdidamente enamorado de ti.
—¿De dónde carajo sacas esas conclusiones? Él siguió adelante. Han pasado dos años Oliver ¿Cómo piensas que…?
—¿Por qué no? Tú sigues enamorado de él.
El silencio cayó espeso en la habitación.
Jesse se estaba cambiando su camisa. Oliver se acercó a él, como siempre lo hacía, le ayudó con los botones, aunque sus manos temblaban de rabia.
Lo que daría por desabotonar esa prenda, por desnudarlo y hacerlo suyo.
En el tiempo en que llevaban Jesse jamás le dio la posibilidad, porque si lo hubiera hecho Olivier nunca la habría desaprovechado.
Olivier le acarició el cuello, la piel blanquecina estaba caliente a su tacto, acarició la cadena la cual llevaba el anillo de compromiso, ese que London le devolvió cuando se separaron.
—¿Por qué llevas esto? Si lo hubieras superado de verdad, esto significaría nada.
Jesse se apartó y presionó el anillo contra su pecho.
—Hay cosas que uno debe seguir llevando.
—¿Para qué? ¿Para anclarse al pasado?
—No, para siempre recordar que ocurrieron, que no fueron un sueño.
—Jesse dio un suspiro profundo, cargado de connotaciones que Olivier fue incapaz de distinguir—.
Estuve enamorado de ese hombre, lo amé como nada en este mundo.
Iba a casarme con él, ese momento existió y fui muy feliz.
No voy a borrar ese hecho, no voy a negar parte de mi historia solo porque duele.
Olivier lo contempló como quien se deleita con una obra de arte.
—¿Cómo puedes gustarme tanto?
Jesse se humedeció los labios.
—Créeme que me gustaría corresponder tus sentimientos.
Decirte que con el tiempo el amor crecerá y nos volveremos una pareja sólida, que tendremos nuestra propia familia, pero la realidad es que yo no estoy listo para ello y quizás nunca lo esté, Olivier.
No voy a atarte a esto, no voy a atarte a mi sufrimiento, a mis dudas porque si lo hiciera, estaría cometiendo la peor de las infidelidades, estaría traicionando con el corazón y yo no estoy hecho para eso.
—Jesse, escucha, si yo…
Un tumulto en la puerta de la habitación los sacó de la conversación.
Se escuchaban hombres discutiendo. Olivier asió su arma y caminó hacia la puerta.
Jesse lo siguió, aún con la camisa entreabierta y el cabello empapado ya que recién se había dado una ducha rápida.
La escena que encontraron fue surrealista.
El profesor Morgan, el hombre que siempre quiso mantenerse ajeno a todos los conflictos, de pronto, se había convertido en el actor de riesgo y protagonista de la noche. Discutía con uno de los guardias a viva voz. Olivier intervino y lo asió de su chaqueta. Jesse habló.
—Esperen. Cálmense todos—ordenó a sus guardias. Los hombres de inmediato se replegaron. London respiraba de manera agitada.
—Necesitaba hablar contigo.
Jesse se arregló el cabello, nada mostró la tormenta en su interior.
—Profesor Morgan. No creo que sea el momento no después de lo ocurrido.
—Por favor—rogó y Jesse se ablandó—. Solo unos minutos.
Jesse dio un suspiro. Tocó el brazo de Olivier.
—Hablaré con él, permítanle el ingreso.
Jesse ingresó de nuevo a su recámara y Olivier, con toda la furia contenida, escoltó a London hacia ella también.
El líder de los Callum se sentó en un amplio sofá de terciopelo negro cerca de la ventana. La nieve caía constante y pletórica. Le hizo señas a London para que tomara el sillón qué estaba del otro lado de la pequeña mesa.
—Puede sentarse, profesor—ordenó. London se arregló una vez más su chaqueta y se ubicó en el asiento—.
Déjanos solos, Olivier. —El hombre se mordió el labio inferior con rabia y resignación.
Asintió y dio pasos hacia afuera. Cuando la puerta de la recámara se cerró.
London pudo respirar—¿Me puedes explicar cuál es tu problema?
—preguntó Jesse cansado de todas las excentricidades de la noche—. Primero, tu novio y ahora tú…
—Sander no es mi novio.
Jesse rio y negó.
—¿No? Es extraño, la manera en que dijo amor me demostró otra cosa. De todos modos, no explica el motivo de todo este escándalo en un día que debería ser de reconciliación y tranquilidad.
Jesse no sonaba dolido, solo reflexivo. Eso descolocó a London. Sabía lidiar con el Jesse lloroso y necesitado, pero este hombre en completa calma lo trastornaba.
—Intenté que fuera mi novio. —London fue lo más honesto posible—. He salido con él durante bastante tiempo, pero hay partes de mi historia que no se las conté.
—Estimo que eso me incluye a mí.
London abrió y cerró la boca.
—Lo lamento de verdad, Jesse, por todo. No solo por hoy.
El muchacho se cruzó de brazos. No iba a conmoverlo.
—Está bien London, no puedo decirte qué parte de tu historia borrar y cuáles no. Cada uno sigue adelante como puede. Si esta fue tu forma, la respeto.
—Nunca debí hacerlo. Por Dios, he cometido tantos errores.
Jesse observó su reloj.
—Lamento decir que no tengo tiempo como para escucharlos a todos. Hay una reunión allí abajo, una velada la cual organicé y en la que tengo grandes expectativas y no me la pienso perder para hablar de algo que no podemos cambiar.
—¿No podemos? —London replicó—¿O no quieres?
Jesse rio. Una risa muy pequeña, casi de hartazgo.
—London, tú me dejaste, tú me apartaste de tu vida, ¿qué quieres que diga o haga?
—Di que todavía me amas. —London se lanzó con toda la carne al asador—. Di que sientes cosas por mí, que todavía te estremeces con mi voz.
—No lo hago. —La frase no solo cayó, detonó los cimientos y toda la seguridad de London. Llegó a esa habitación esperando una segunda oportunidad y lo que encontró fue una puerta absolutamente cerrada.
—¿No me amas? —Su voz sonó pequeña frágil.
De pronto, London se sintió como Jesse y se dio cuenta que los roles se habían invertido de una manera cruel e insólita.
El destino podía ser un hijo de puta, pero también albergaba gran sabiduría.
Jesse se acarició su labio inferior con su dedo índice, su mirada hacia el ventanal, perdida en la nieve.
De pronto, los anillos en su pecho hicieron al corazón de London saltar un latido—.
No. —London se puso de pie—. Me amas, eso que llevas ahí, me lo demuestra.
Los ojos de Jesse volvieron a él.
—Está bien—dijo finalmente—. Te amo, London. Te sigo amando, a pesar de todo, te sigo amando, pese a que esta noche trataste de humillarme.
London negó con su cabeza.
—No Jesse, eso no es…
—Déjame terminar. —Jesse levantó la mano—.
Te amo incluso cuando tengo un hombre allá afuera que daría la vida por mí, que incendiaría el mundo si es preciso, pero también aprendí a amarme yo y sé que la manera en qué me abandonaste no solo rompió mi corazón, sino mi dignidad y no voy a volver a entregarte eso nunca.
¿Cómo carajo salía de esta situación? ¿Cómo lo demostraba que merecía una segunda oportunidad?
—He cambiado.
—No lo has hecho—replicó Jesse—. Tu actitud infantil de hoy me demuestra que tu ego sigue hablando más fuerte que cualquier cosa. Quieres controlarme, que vuelva a ti, que te ame que dependa de ti, pero ese Jesse ya no existe.
—¿Cómo te demuestro que quiero una segunda oportunidad?
—No me corresponde a mí decirte eso—dijo Jesse quien se puso de pie y comenzó a abotonarse por completo su camisa.
—¿Eres feliz?
La pregunta descolocó a Jesse por un par de segundos, pero se recompuso.
—Me siento en mi lugar en el mundo, en plenitud. No sé si la felicidad sea un requisito para eso. Fui muy feliz contigo y sufrí mucho también.
Los dos estaban de pie ahora en la enorme recámara. London caminó hacia ese hombre que ya no lucía tan delgado, sus músculos estaban firmes. Sus manos se enredaron en su cabello negro húmedo. Jesse cerró los ojos, extasiándose con el contacto.
—Será mejor que te vayas, London.
—Solo una noche. Por lo que fuimos. —London rogó, como jamás lo había hecho.
Sus miradas se cruzaron y las murallas alrededor de Jesse se resquebrajaron.
—Las cosas no van a cambiar solo porque tengamos sexo.
—Lo sé, y sé que acostarte conmigo no significa que me estés dando una segunda oportunidad, aun así, lo deseas tanto como yo—concluyó London—. Ignoro muchas cosas de este Jesse Callum, pero todavía se estremece en mis manos.
—London.
—Déjame hacerte el amor una última vez, Jesse, después de esta noche, prometo no volver a aparecer en tu vida.
La respuesta sobrevoló el ambiente. Las manos de London rozaron el cuello, el rostro, el pulgar se detuvo sobre el pulposo labio inferior de su examante. Ingresó en su boca cálida. Jesse lo chupó, como siempre lo hizo y creyó esa mentira que el profesor Morgan le profesaba.
«Acostarte conmigo no significa que me estés dando una segunda oportunidad».
¡Qué tontería! ¡Qué vil mentira cuando su cuerpo reaccionaba sin temores al único hombre que le dio placer inconmensurable!
—Una última vez—susurró sobre la boca del profesor Morgan, antes de que sus labios se unieran, y su lengua pérfida lo profanara de mil formas.