Viejos tiempos
—¿Has invitado a tu querido profesor Morgan?
—Todo el mundo ha sido invitado, Dom.
—Vaya.
—¿Qué?
—¿No te da miedo verlo? ¿No temes que remueva cosas en ti?
—No tengo miedo, quizás me pone nervioso saber que estará cerca mío después de tanto tiempo, pero nada más.
—Vamos a molestarlo un poco.
—Jared, te prohíbo que hagas de tus comentarios.
—¿Qué hay de malo en mis comentarios? Me ofendes, primito.
—No finjas inocencia conmigo. Te conozco.
Jesse caminó por el pasillo que lo llevaría a la planta baja y sonrió al recordar el rostro de sus dos primos. Eran un par de tontos. Estaban transformando una ofrenda de paz en una excusa de enamoramiento.
Olivier, su mano derecha, lo seguía de cerca como una sombra, su sombra. El hombre inquebrantable que había arriesgado su vida por él tantas veces en ese último tiempo. Jesse se sintió afortunado de tenerlo, se sintió afortunado de todas las personas que lo acompañarían esa noche.
Se humedeció los labios con la punta de la lengua y bajó las escaleras, las cuales, contaban con estatuas griegas que funcionaban como sostén.
Sus pasos firmes a través de la alfombra roja con ribetes dorados, llegó a la sala y desde allí dio pasos hacia el ala oeste, más precisamente, al jardín de invierno.
El sitio que sería testigo de un antes y un después en el destino de las familias Callum y Morgan, el sitio donde demostraría que cada sacrificio que realizó a lo largo de esos dos últimos años valió el esfuerzo.
Las puertas pesadas de madera y bronce estaban abiertas de par en par, a través de los cristales podían atestiguar la magnitud de la tormenta de nieve que azotaba a Londres.
El frío se adueñaba de la ciudad, pero no de su mansión, de su santuario, no de sus esperanzas que ahora se tornaban realidad.
Jesse ingresó al jardín de invierno y las cabezas se giraron hacia él. Mayka y Bryce, quienes estaban con sus hijos y también con Eric, el hermano de Bryce, y Anael se pusieron de pie y lo recibieron con aplausos.
Jesse se detuvo y les sonrió con calidez, esa que siempre estaba en cada gesto suyo, incluso cuando debía actuar con dureza.
La acción se tornó masiva, los invitados lo ovacionaron, Jesse asintió, ya no se sonrojaba, sin embargo, la timidez, esa cualidad, ese vestigio de lo que era, todavía le tocaba el hombro, a veces, incluso le susurraba al oído.
«No eres suficiente».
¿Cuántas veces lo escuchó de sus hermanos y de su padre? ¿cuántas veces esperó de su madre algo más que reprimendas por no ser lo suficientemente fuerte? ¿Cuántas veces se burlaron de su sensibilidad?
Jesse pasó los últimos dos años no solo ordenando los negocios de uno de los clanes de asesinos más poderosos de Europa, si no reconstruyéndose a sí mismo y encontrando lo único que no debió faltarle desde el primer segundo de su existencia.
Eso que su familia intentó enterrar bajo pilas de insultos y humillación.
El amor de Jesse por él mismo, ese amor incondicional e inquebrantable que debes sentir cada vez que te miras al espejo, cada vez que tus ojos se abren en la mañana.
Jesse se quería a sí mismo un poco más cada día, se construyó con amor, pero también con integridad y lealtad.
Era consciente de que el camino era largo y que estaba lleno de espinas.
Él, siendo un Callum, conocía de lleno la belleza de las rosas y la profundidad de las heridas que ellas podían causar.
El jardín estaba lleno, las mesas preparadas, el champán que iba y venía y la tensión que disminuía con el transcurrir de los minutos. Había logrado lo imposible y eso valía más que cualquier activo bajo su propiedad.
—¡Jesse! —. August y Peony, los hijos del fallecido Rafael Callum que tenían cinco y ocho años corrieron hacia él. Diana, su madre, le sonrió ante la alegría de los niños que enternecieron a todos.
—¡Princesa! —Jesse asió en brazos a Peony quien lo abrazó con fuerza—¿Cómo has estado?
—Más o menos—dijo la niña moviendo su manito regordeta.
—¿Por qué? —Jesse frunció el ceño.
—Mayka no quiere prestarme a Wesley y a Leah para jugar.
Las risas estallaron en el jardín. Maika negó.
—No son muñecos Peony. Son bebés reales.
Peony bajó de los brazos de Jesse y fue hacia la mesa donde se encontraba Mayka y Bryce y sus mellizos. Peony le arregló los rizos rubios a Wesley que era tan parecido a Anael que daba escalofríos.
—Es solo un minutito, porfis. —La niña juntó sus manitos a modo de ruego.
Jesse negó con una sonrisa y dejó a Mayka resolver la petición de Peony y también de August quien, aunque tímido, también seguía a su hermana que era la carismática.
Jesse como anfitrión se fue acercando a cada mesa y comenzó a saludar y agradecer por participar esa noche.
—Estás lindo primo. Ya no pareces tanto un emo.
—Vete al carajo, Jared.
Jared se sostuvo el pecho como si le dolieran esas palabras. Azali, su esposo, entornó los ojos con fastidio.
—¿Qué fue eso? ¿Un insulto de esa boquita? ¿A tu primo preferido?
—Jared. —Azali lo reprendió, pero Jared se encogió de hombros.
—Bueno, yo solo digo…
—Mejor no digas nada. —Ian, su hermano, lo cortó. Abrazó a Jesse y éste le devolvió el saludo—. Es un gusto verte.
—Tanto tiempo, extraño. —Jesse replicó y su mirada se dirigió a Orel Romanov, el novio de Ian, quien lo saludó—. Cuéntame, ¿cómo te ha tratado Rusia en este tiempo?
—Mejor de lo esperado. —Ian observó a la otra pareja que también estaba en su mesa—. Además, tenemos conocidos con los cuales la pasamos bastante bien.
Eric Morgan le sonrió con picardía. Jesse, una vez más, contuvo el sonrojo. No necesitaba más aclaraciones porque, al parecer, Ian, Orel, Eric y su esposo Felipe la pasaban demasiado bien.
—Esto está muerto, Callum, aunque tratándose de ustedes, puedo entenderlo.
Jesse cerró los ojos y contuvo la risa. Solo él podía y tenía permitido hacer esa clase de bromas.
—¿Cómo lograron que aceptara? —Jesse preguntó a Eric quien se encogió de hombros.
—¿Qué puedo decir? El amor te cambia—agregó. Anael Morgan le golpeó la cabeza a su hermano—. Oye, me despeinas.
—Inspector. —Jesse saludó a quién era la pareja de Anael Morgan, un inspector del NCA llamado Lisandro Bello con quién tenía una especie de relación bastante particular, según lo que le habían contado y que él sabía de primera mano.
Jesse desconocía si era amor como lo había definido Eric, pero estaba claro que a Anael le gustaba a Lisandro.
La manera en que lo miraba lo corroboraba Lisandro había sido reconocido como un Callum meses atrás, luego de salir a la luz un affaire de Silas Callum, ya fallecido, con la madre de Lisandro.
Jesse saludaba, conversaba, escuchaba y recibía agradecimiento.
Las mesas se llenaron con los platillos de entrada, la música suave acompañaba.
La cantante comenzó a entonar «I surrender de Céline Dion» de una manera magnífica.
Jesse se quedó en el escenario y en la joven que cantaba cada verso con el alma. El líder de los Callums se estremeció.
«Hay mucha vida que he dejado de vivir, y este fuego aún está ardiendo. Cuando te veo mirarme, creo poder encontrar las ganas, de pararme en cada sueño, y abandonar este suelo firme, y entregar este miedo adentro, de lo que sucedería si ellos supieran, que estoy enamorada de ti».
—Hola. —La voz vino de un hombre un poco más bajo que él, un tono melodioso y risueño. Jesse se enfocó en él y pestañeó—. Mi nombre es Sander Collins y quería decirte que este lugar es un sueño ¡Qué digo un sueño! ¡Es un mega sueño!
Su voz era estruendosa, no le temía a nada y mucho menos a la atención que estaba generando. Jesse le sonrió y asintió. Estaba a punto de preguntar con quién había venido cuando la figura imponente a su lado lo dejó sin aliento.
«Dos años».
Dos malditos años y su corazón seguía saltando en su pecho como la primera vez que ese hombre entró a su clase de arte.
—Profesor Morgan. —Su voz firme segura, esa que había ensayado una y otra vez, esa que cultivó a lo largo de los meses resonó sin una grieta.
«I surrender».
Y quizás la música les daba todo el contexto que ambos necesitaban.
London, algo avergonzado por la intempestiva presentación de su novio, extendió su mano trémula. Jesse la recibió en ese instante. Estaba cálida, tal y como la recordaba.
—¿De verdad fuiste su profesor, amor?
Como si se tratara de un cristal, la voz de Sander lo trizó en mil partes con esa declaración. Jesse se humedeció los labios rojos. Su garganta estaba seca.
«Amor».
La manera en que lo pronunció le mostró que no era solo una simple palabra. London Morgan era el amor de ese hombre simpático, cálido y tan diferente a él. La historia compartida de Jesse y London se congeló como si estuviera al intemperie con esa declaración.
London nunca le había hablado de él a Sander.
Estaba claro que lo borró de su vida como si no hubiera existido y eso, quizás, fue lo que más dolió.
Sander jamás sabría todo lo que vivieron, lo que a amaron y lo que perdieron.
Jesse Callum era solo un pie de página en la historia de un hombre que siguió adelante, sin remordimientos.
—Sí.—Entonces Jesse le sonrió, con su inocencia y su dentadura perfecta, con la sofisticación y la madurez que había cultivado luego del dolor—. London Morgan fue mi mejor maestro.
Un frío glacial se instaló cerca de ellos. Eric, Anael, Bryce, Mayka, Dominic, Ian, Jared, todos se observaron entre sí y frenaron su lengua.
Jesse le sonrió a Sander y al profesor.
—Es un gusto conocerte y es un placer verlos a ambos. Con permiso, espero disfruten de la noche.
Jesse pasó al lado de London quien lo siguió con la mirada hasta que Olivier se detuvo a su lado. No dijo una palabra, no lo necesitaba. London tragó saliva mientras Sander se prendió nuevamente de su brazo y Jesse Callum, junto a su guardaespaldas, siguió su camino hacia los demás comensales.
Lo contrario al amor no es el odio, es la indiferencia London lo entendió en el momento en que Jesse no volvió a dirigirle una mirada durante toda la velada.