Mentiras disfrazadas de verdades
—Buenas noches, bienvenidos.
London sonrió con amabilidad y asintió al saludo de uno de los mayordomos que estaba en la recepción.
La calidez del ambiente los envolvió, había un aroma dulce y tenue que se mezclaba con algunas conversaciones, el tintineo de las copas y también algunos rostros marcados por la tensión.
Había personas de su familia que todavía esperaban las segundas intenciones de los Callums.
La masacre ocurrida en el Caribe era un recuerdo vivo, el latir de un corazón en llamas que se tornó hielo, y que jamás se iría de allí.
La familia de Río Morgan fue masacrada en una operación conjunta autorizada por Theodor Callum, muchos de los Morgan murieron, incluso niños.
Eso era una herida en la familia que no solo sangraba, sino que se pudría un poco más a cada segundo.
El hedor le impedía a London y a los demás ver a los Callums como hombres que buscaban reconciliación, sin embargo, los sobrevivientes, aquellos que no cayeron aquel día, aquellos que no fueron víctimas de ese puñal por la espalda, anhelaban lo mismo que Jesse.
Ansiaban la paz, anhelaban dejar de mirar por encima de su hombro y, por algún motivo, el nuevo líder de los Callums proyectaba esa confianza.
«Queda mucho camino por recorrer».
Había sonrisas fingidas, el dolor estaba tatuado en el alma de muchos y eso no se iría con simples promesas de paz. El camino de la reconstrucción sería sinuoso y lento, pero esto era un primer paso, uno que London también estaba dispuesto a dar.
London sabía que la guerra era un sinónimo de los Callums. La guerra susurraba muy bajito, era tan intensa y seductora que aprendió a esconderse detrás de trajes de tres piezas, encanto, belleza, intelectualidad, picardía y carisma.
La guerra, a veces, no venía teñida de sangre, sino de hombres y mujeres tan guapos y sensuales que nadie en su sano juicio creería que tenían un pacto con la muerte y que la representaban con fidelidad.
—¡Mira la cascada que luego cae en esa fuente! ¡Por Dios! ¡Es perfecta!—Sander dijo con entusiasmo.
La verdad es que tenía razón. El jardín de invierno de la mansión era idílico, lo más parecido a un cuento de hadas.
La variedad de plantas que los rodeaban, la fuente que caía y sus aguas que fluían sobre las piedras naturales que cubrían parte del suelo.
Una mujer y su banda cantaban en un escenario improvisado adornado de flores blancas y bordó.
El mármol del piso brillaba con la luz de las imponentes arañas antiguas.
La mezcla perfecta entre naturaleza y sofisticación, entre lo salvaje y lo onírico.
Quizás tenía mucho de los Callums, demasiado.
Aquí no había retratos rancios, ni ostentación del linaje. Había verde y luminosidad, un blanco tan puro que encandilaba. La voz suave de la cantante trasladaba a recuerdos de tiempos mejores, a tiempos alejados de esta tormenta oscura.
«Buena jugada Jesse».
London se detuvo en medio del jardín junto a su novio y se percató de que la gente, poco a poco, comenzaba a relajarse. Las risas suaves se tornaban más intensas, los susurros transmutaron en conversaciones abiertas, incluso con risas.
Sander iba de su brazo, en un momento se soltó de su agarre para asir dos copas de champán de uno de los camareros que se acercó.
—Salud—dijo con una sonrisa—, por nosotros. —London asintió con una sonrisa suave.
Un cosquilleo en el corazón, solo eso, a veces Sander le provocaba esa emoción.
Sin embargo, cuando has vivido tempestades, cuando has estado en medio de un huracán de pasión desenfrenada, una simple brisa no hace mella en ti.
Sander solo era una brisa. Todos los hombres con los que había tratado de reemplazar a Jesse Callum lo fueron.
Una simple brisa buscando apaciguar un huracán.
—Por nosotros. —London replicó porque estaba decidido a seguir ese juego, porque no había llegado allí esa noche para rendirse. Sander lo besó. Fue un beso dulce, pero se sintió incorrecto, a London se le retorció el estómago.
¿Qué carajo estaba haciendo allí? ¿Por qué simplemente no dejaba el pasado atrás? Estaba claro que no estaba ahí por la paz, ni por la reconciliación. Quería más, ansiaba más, pero todavía no sabía qué.
«¿No sabes o finges no hacerlo?».
Esa maldita voz de sonido perenne. Esa voz que lo acompañaba día y noche, y le susurraba cosas que no estaba dispuesto a enfrentar.
Observó a su novio, a su acompañante y deseó contagiarse de su entusiasmo, de su alegría de vivir. Las ganas de vivir, su vitalidad fueron las razones por las cuales, London se animó a salir con este muchacho desde el primer segundo.
Sander era tan diferente a Jesse. Sander iluminaba, Jesse se ahogaba en oscuridad y esperaba ser rescatado.
El agua y el aceite. Sander era divertido, sacaba los temas de conversación más desopilantes, lo hacía reír mucho.
Jesse era la calma, la paz y la búsqueda de una necesidad imperiosa de seguridad.
Sander buscaba la guerra, mientras Jesse huía de ella.
«Hasta ahora».
Jesse había dejado sus brazos para arropar a una causa imposible. London ya no era su refugio.
«No era tu pareja, lo tratabas como a un hijo».
No fue solo la diferencia de edad, era el modo en el cual se comportaba. Siempre dependiente de su amor, siempre atento a lo que le pasaba, a complacerlo, a estar ahí para él.
—Tengo la posibilidad de iniciar un mundo mejor ¿Es que no te das cuenta?
—Pues hazlo, pero no esperes que me quede a tu lado viendo cómo te destruyes en el proceso.
—London, yo te amo. Te necesito conmigo.
—Exactamente Jesse, me necesitas ¿Amarme? La verdad es que lo dudo mucho.
Algo se rompió en esos ojos negros, en su semblante inocente, el cual conservaba a pesar de todas las aberraciones sufridas.
London se arrepintió de sus palabras en el momento en que salieron de sus labios.
Lo lastimó profundamente, le causó dolor a un muchacho roto que siempre le dio lo mejor de él.
Jesse no armó un escándalo, no estalló en ira, ni en una tormenta verborrágica.
Respetó sus palabras y se alejó en silencio. Se fue y nunca miró atrás.
London, con el devenir de los días y los meses, esperó que Jesse regresara, incluso, un pensamiento egoísta nubló su juicio.
Deseaba que Jesse fracasara, que reconociera su error y eso lo trajera de regreso a sus brazos, que le pidiera perdón y, London, en un acto de misericordia, lo tomaría de vuelta en sus brazos y nunca más lo dejaría ir.
Pensó en cómo lo consolaría, en cómo le diría que no necesitaba nada más.
Era un maldito enfermo con un pensamiento vil, pero Jesse nunca dio marcha atrás. Nunca se acercó de nuevo a él, ni lo llamó, y London, preso del orgullo y el despecho prefirió buscar calor en otros, en lugar de reconocer que su ausencia lo destruía.
Habían pasado dos años desde aquella conversación, dos años en los cuales no lo había tenido cerca, ni había atestiguado sus tímidas sonrisas.
Jesse Callum fue un sueño y una pesadilla, fue lo mejor y lo peor que le pasó en la vida.
«Nunca lo amaste, pero era más fácil culparlo a él».
Más de una vez ese pensamiento llegó a su mente y caló hondo. London protegió y le dio el refugio al muchacho, pero ¿lo que sentía no fue más que deseo por alguien más joven? ¿Acaso no fue el ego por despertar sentimientos en alguien quince años menor?
A esta altura, London ya no buscaba respuestas. Había decidido seguir adelante y vivir la vida. Sander era su presente y su futuro. Se sentía incapaz de retroceder.
—¡Miren a quién tenemos aquí!
London se giró y se encontró de frente con el infame Jared Callum y su primo Dominic. Jared tenía esa pose relajada que todos esos bastardos replicaban. Esa pose de quien se cree el dueño del mundo. Dominic también la tenía, pero de una manera diferente, más elegante, más calma.
—Profesor Morgan. Ha pasado un tiempo—dijo Dominic con una sonrisa—¿Ves? Me debes quinientos dólares, imbécil.
London frunció el ceño ante el comentario hacia Jared.
—¿Disculpa?
Dominic se humedeció los labios.
—Verás, mi querido primo aquí, no podía creer que fueras tú y menos que vinieras acompañado.
—Dom escrutó a Sander quien los observaba embelesado—.
Es un gusto, soy Dominic. — Sander estrechó la mano del hombre y luego la de Jared.
London se mantuvo en silencio. Su mandíbula tensa a un punto que pensó que se rompería.
—¿Qué tal la universidad profesor? ¿Muchos alumnos nuevos? —bromeó Jared. London tragó saliva y acarició el cabello de Sander.
—Amor, ¿puedes traerme una copa más? —preguntó con dulzura. Sander le sonrió.
—¡Pensé que nunca lo dirías! Con permiso. —Los hombres asintieron. Jared chasqueó la lengua y lo vio alejarse.
—Sí que te gustan jóvenes—agregó Jared.
—Sander tiene 28 años. No es un niño. —Se defendió London. Dominic le dio una risita.
—Oye, nadie te está juzgando. Relájate.
London negó, a la defensiva.
—Sé que no les debo explicación, pero solo estoy aquí por un gesto de buena voluntad, además, mi primo Bryce y Mayka me insistieron, de lo contrario…
—¡Ay por favor! —Jared lo cortó—. No necesitas fingir. Ambos sabemos la razón por la cual estás aquí.
London observó alrededor. Todo el mundo seguía perdido en sus propias conversaciones.
—No entiendo qué…
—Quieres ver a Jesse—replicó Jared—. Estás aquí porque te mueres por saber si logro superarte y si está mejor sin ti.
London tragó saliva. Su vista fue hacia Sander quien conversaba con un par de hombres jóvenes cerca de la barra. Le tocó la corbata a uno. Dominic arqueó una ceja.
—Tu novio es bastante amigable.
—Basta. —London los cortó—. Considero esta cena una bandera blanca después de tanto tiempo y no deseo que mi familia piense que yo no abogo por lo mismo.
Sander es mi compañero de vida, mi amor.
Créanlo o no, soy muy feliz con él, por eso lo traje.
No quiero que piense que lo excluyo, ni mucho menos.
Dominic chasqueó la lengua y se cruzó de brazos. Su traje se adhería a su figura como un guante.
—¿Sabes? Lo mejor que pudo pasarle a Jesse fue que lo abandonaras.
Los ojos de London se abrieron con sorpresa.
—Yo no…
—Claro que lo hiciste—Dominic interrumpió—, pero mira alrededor. Todas estas personas aquí están reunidas gracias a él, a su carisma, a su bondad.
—Es diferente a todos nosotros. —Jared completó la frase y puso su mano derecha sobre el hombro de Dominic—. Ha demostrado grandeza y una fortaleza increíble. Y eso, solo lo ha logrado porque dejó de estar a tu lado. Estaba destinado a lidera, no a ser tu esposo.
Fue una bofetada tan intensa que London se estremeció. Todos sus miedos se cristalizaron. Jesse estaba mejor sin él, estos dos hombres acababan de confirmarlo.
—¿Qué carajo les pasó a ustedes? —preguntó con la ira fluyendo a la superficie—. Fingen saludar solo para mofarse de mí ¿Acaso creen que me importa si Jesse me superó no? — London fue tajante—. Yo solo me preocupo de mi propia felicidad y eso lo tengo con Sander.
Su voz temblaba de rabia contenida. Los hombres habían tocado un nervio. Dominic se mordió el lateral de su labio inferior y sonrió.
—Es una pena por ti profesor, porque esta noche, te prometo que vas a arrepentirte de haberte alejado de Jesse Callum.