Es una locura
De seguro lo era. Nadie en su sano juicio reuniría a dos familias destrozadas, a dos familias que se aborrecían como una ofrenda de paz en año nuevo.
Nadie, excepto Jesse Callum, el hombre que dirigía a los negocios del clan, el hombre por el cual nadie hubiera dado un céntimo.
El niño frágil e inservible, el niño que era indigno de portar el apellido Callum, según su abuelo Teodoro, ese era el hombre que se animó a lo imposible, a romper el ciclo de violencia, a dar un cierre al dolor ocasionado.
Desconocía cuántos aceptarían su invitación, después de todo, había corrido demasiada sangre debajo del puente de los Morgan y los Callums.
«Podemos cambiar el destino de esta familia, de todos los niños que merecen ser algo más que máquinas asesinas o considerarse inútiles».
La sorpresa fue grande e inesperada. Las confirmaciones llegaron en un cien por ciento. Hombres y mujeres de ambas familias estarían allí, incluso con sus hijos.
Olivier Gasly, su asistente y mano derecha, el hombre que se había tornado su sombra, le dio una sonrisa de oreja a oreja a Jesse.
—Estás haciendo historia.
—No, solo hago lo correcto y, afortunadamente pese a lo sucedido, no es demasiado tarde.
La nieve caía imparable. Esa noche estaban a las puertas de un año nuevo diferente.
Una tormenta de nieve sin precedentes se había instalado en Londres.
El hielo calaba en los huesos, sin embargo, en aquella mansión, el interior vibraba con calor, a pesar del manto blanco que cubría los enormes jardines.
Jesse estaba en su recámara, la misma que había sido reconstruida desde los cimientos, porque, antes de él, perteneció a su abuelo. El hombre que lo aborreció, el hombre quien lideró a los Callums por décadas. El hombre quien gobernó con puño de hierro y una arma lista para usar todo el tiempo.
Jesse rio al pensar que, de seguro, el viejo desearía regresar de la muerte para atormentarlo y reclamar su lugar, un sitio que había consolidado a base de sangre y cenizas.
Con Theodor, los Callums se tornaron dioses temidos e inquebrantables, el precio de ello fue su propia alma.
Jesse no era su abuelo ni siquiera se parecía un poco a Dominic, su primo.
El hombre al cual Theodor le dejó casi el total de su fortuna, aunque éste renunciara a ella.
Jesse odiaba la guerra, pero había aprendido a defenderse, aborrecía la humillación, pero aprendió a dar lecciones inolvidables a quienes amenazaban su paz.
Llevaba casi dos años al mando de todos los negocios.
Dos años en el que su vida cambió de mil formas.
En las que tuvo que enterrar al niño dulce y amable y hacer emerger el guerrero dormido en él, ese dios de la guerra que todos los Callums llevaban dentro, pero que pocos podían controlar.
Una divinidad bélica que se tornaba insaciable de sangre, que olvidaba todo el límite si se lo dejaba gobernar.
Jesse tardó en darse cuenta de que él no era diferente al resto de su familia, que podía lucir frágil y cándido, pero, a la hora de luchar por quienes amaba, era capaz de llevar la guerra hasta la puerta del infierno.
Jesse se observó en el espejo de cuerpo entero en su recámara de estilo minimalista.
Había elegancia en ella, pero también discreción.
Las paredes de un blanco níveo se combinaban con muebles oscuros y accesorios de color rojo, tales como, lámparas en las mesas de noche o floreros en su amplio escritorio, ese desde el cual amaba trabajar cuando estaba en su casa.
Su cama estaba cubierta por un edredón de piel oscura y, sobre la pared detrás, una imponente cuadro de rosas rojas y negras que se mezclaban y deshojaban.
Jesse lo encontró en una tienda de antigüedades mientras paseaba una soleada mañana en Londres. Fue amor a primera vista. Los pétalos cayendo, volando hacia la nada, mientras otras rosas apenas florecían. La sabia e inexorable transmutación de la vida y la muerte, el renacimiento.
Jesse arregló su cabello lacio azabache que llegaba varios centímetros por debajo de sus hombros.
Caía en capas, del mismo modo su flequillo, el cual, recortaba de una manera cuidadosa para mantenerlo sin entorpecer su visión.
Sus ojos negros delineados, difuminados en los bordes, dándole una intensidad y misterio a su mirada.
Su piel blanca creaba un contraste único con sus labios carnosos de un rojo cereza.
«Te pareces tanto a tu madre».
Sariel, su progenitor, se lo decía como una crítica, como si fuera indigno de todas las formas posibles, pero Jesse, a lo largo de este tiempo, se dio cuenta que cada vez que se miraba al espejo, encontraba más rasgos Callums en él. Su color de cabello, sus ojos, su sonrisa.
Hacerse cargo del legado familiar lo llevó a entender que todo lo vivido fue una mentira, incluso los insultos.
Jesse era un líder, siempre lo fue. Estuvo escondido detrás de ropa holgada, oscura y una pose de sumisión permanente frente a sus hermanos, frente a casi todos los miembros de esa familia. Aun así, seguía siendo un líder, y tenía más fuerza en su sangre que cualquiera de esos bastardos.
Se arregló la corbata que combinaba con toda su ropa.
«Oye no tienes que estar de luto permanente lo sabes, ¿verdad?».
Jared, uno de sus primos, se lo dijo días atrás, pero la verdad es que Jesse no lo hacía solo por luto o por una relación con la muerte, sino porque era un color ,el cual ,siempre lo hizo sentir seguro.
El color negro era un rasgo característico del atuendo de toda su familia, pero simbolizaba una de las pocas cosas con las que siempre se sintió cómodo.
El negro no era solo muerte, sino también caos y creación era posibilidad de cambio.
Ajustó su corbata y escuchó un par de golpes en la puerta.
—Pasa, Olivier—dijo sin quitar su mirada del espejo.
Olivier era un hombre de dos metros con el cual todo el mundo lo relacionaba, no solo a nivel laboral.
Su cabello tan rubio que parecía platinado, facciones duras y toscas como un guerrero galo, incapaz de esconder su esencia.
Era inteligente, amable, leal. A través de los meses se convirtió en su soporte en momentos difíciles.
Creyó en Jesse cuando nadie más lo hizo.
—¿Novedades? —preguntó Jesse.
Olivier observó el chaleco y el saco sobre la cama. Se acercó a las prendas. Asió el chaleco y ayudó a Jesse a colocárselo.
—Todos están aquí.
Jesse le sonrió mientras lo observaba. El hombre estaba atento a su trabajo, concentrado, luego, asió el saco e hizo el mismo procedimiento.
—Eso es maravilloso—agregó Jesse. Oliver tragó saliva fue casi imperceptible, pero a Jesse no se le escapaba nada de este hombre—¿Qué sucede?
—London Morgan.
Jesse controló los latidos de su corazón como había aprendido en todo este tiempo.
—¿Qué hay con él?
—Está aquí—replicó y sus miradas se encontraron.
—Estaba invitado. Es lógico si confirmó su invitación.
—Es que…
—¿Qué pasa?
—No ha venido con su hermana.
Jesse asintió. La verdad es que le hubiera gustado ver a la mujer después de tanto tiempo.
—Vaya, eso es una pena, pero no podemos obligarla a vincularse con una familia que le hizo tanto daño.
Olivier dio un suspiro y terminó de abotonar el saco, antes de posar su mano en una arruga en uno de los pliegues, apenas perceptible.
—Él no está solo. —Jesse frunció el ceño—. Ha venido con su novio.
Olivier se apartó unos centímetros. Jesse se giró una vez más al espejo. Se miró a los ojos, como la primera vez que estuvo en esa habitación en soledad.
—Está bien—dijo con voz firme—. Después de dos años todos hemos seguido adelante.
Olivier sintió un nudo en la garganta.
—¿Incluso tú?
Jesse dio pasos lejos del espejo. Fue hacia ese hombre incondicional y colocó sus manos en sus hombros musculosos.
—Deja de preocuparte por mí o por mi dolor, Olivier. Estoy bien.
La mano derecha del hombre se hizo un puño. La apretó tan fuerte que sus nudillos se pusieron blancos.
—Él nunca te mereció—dijo sin ánimos de seguir callando—. Eres mejor que él, Jesse.
El hombre negó y le acarició la mejilla.
—No lo soy, pero si de algo me han servido estos años es para darme cuenta de una cosa.
—¿Qué?
Jesse le dio una suave sonrisa.
—El amor no es posesión, el amor es entender que el otro merece ser feliz, incluso si eso significa estar lejos de ti.
—¿Es así como piensas? ¿Eso es lo que sientes por él?
Jesse se humedeció los labios.
—No importan mis sentimientos ahora, sino los de él, y London ha decidido un futuro lejos de mí.