Príncipe (Bilogía Morgan 2) Decisión
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Decisión

—¿Cómo conseguiste este sitio?

Barud se encogió de hombros. Lee Nok acariciaba la madera de los estantes del vestidor.

—¿Te gusta o no?

Lee Nok negó con una sonrisa.

—¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Este lugar es mi sueño!

Salieron del vestidor y se sentaron en la enorme cama. El colchón era mullido. Barud se arregló el cabello.

—Esta casa pertenece a un colega del bufete de abogados de Mayka Callum—agregó—. El tipo quiere deshacerse de la propiedad cuánto antes porque quiere mudarse al centro.

Lee Nok entrecruzó los dedos de su mano con los de Barud. Su mano lucía tan pálida al lado del color dorado de su amor.

—¿Podemos pagarlo?

Barud apretó la manos contra la suya.

—Es más económica que el departamento que vimos al final.

Lee Nok se cubrió la boca y luego dio un grito.

—Entonces, ¿podemos?

—Sí—Barud apoyó su frente contra la de Lee Nok—, podemos.

El grito llenó el silencio de la cama. Lee Nok se arrojó sobre su novio y rodaron en la cama.

—¡Estoy feliz! —gritó de nuevo con todas sus fuerzas. Barud se carcajeó.

—Yo también—besó sus labios—, encontramos nuestro sitio.

Lee frunció el ceño.

—¿Estás de acuerdo? ¿De verdad? ¿O solo quieres complacerme?

—Este lugar es bello—confesó—, sí es verdad que es un poco alejado del centro, pero ¿qué más da? Lo importante es que seamos felices, ¿no te parece?

Lee Nok lo abrazó y apoyó su cabeza en su pecho, adoraba escuchar los latidos de su corazón.

—A veces siento que no te merezco.

Barud peinó su cabello. Ambos miraban el techo de lo que sería su recámara. Estos hombres habían tenido un imperio a sus pies, habían rechazado millones por ser libres, y mientras lo tenía en sus brazos, Barud supo que tomó la decisión correcta.

—Mereces esto y más.—Se movió, y lo asió del mentón—. Eres bueno y hermoso, un alma noble, y te amo por eso.

Lee Nok lo besó, una y otra vez. Se colocó a horcajadas sobre su novio y este lo sostuvo de la cadera.

—No todavía—Barud lo llevó hacia él—, no vamos a ensuciar las mantas.

El muchacho hizo un puchero.

—Está bien, supongo que debemos comportarnos.

Barud le dio una nalgada fuerte y Lee se quejó.

—Vamos, todavía nos queda por explorar.

Se pusieron de pie y caminaron hacia una habitación contigua. Apenas abrieron la puerta, Lee Nok se quedó obnubilado. Tenía paisajes otoñales retratados en sus paredes, hojas que caían de un enorme roble y abajo un pequeño niño apoyado debajo de las cuantiosas ramas estaba leyendo.

El muchacho observó la ventana que daba a los jardines traseros.

Imaginó que, durante las noches, el frescor y el aroma inundaría esa habitación.

Había una cama pequeña, un mesita de noche y un armario amplio de roble antiguo.

Sobre la mesita de noche una lámpara cuyo vidrio tenía dibujos de mariposas.

—Es el cuarto de un niño—dijo y acarició los muebles.

Barud se sentó en la cama y acarició las mantas.

—Sí, el propietario tiene un hijo.

Lee Nok se cruzó de brazos cerca de la ventana, observando los jardines.

—Quiero hijos, Barud.

—Lo has dicho varias veces.

—Hablo en serio—replicó—, pequeños que se parezcan a ti.

Barud hizo una mueca similar a una sonrisa.

—Serían bellos si se parecieran más a ti.

Lee se agachó, sus mejillas se pusieron púrpura.

—Este lugar será mi lugar en el mundo, quiero que sea el tuyo y también el de nuestros hijos. —Se sentó en la silla que estaba cerca de la ventana, contempló el paisaje.

—¿Qué te preocupa?

Lee se arregló un mechón de cabello.

—Quizás le pido demasiado a la vida, tal vez soy un codicioso.

—Nunca es suficiente si se trata de ser feliz. —Barud se levantó y caminó hacia Lee Nok. Se puso de cuclillas y asió sus manos.

—Ya no tengas miedo.

—Es difícil—Lee dio un suspiro—, todo el tiempo creo que algo malo nos va a suceder.

—No lo hará. —Barud se abrazó al cuerpo que continuaba en la silla, lo atrajo hacia él y Lee se dejó llevar—. Es nuestro tiempo. Nuestro, de nadie más.

Lee cerró los ojos y ocultó su rostro en el cuello de su amor. El aroma a cedro y flores le trajo calma. El perfume de Barud tenía ese efecto en él.

—¿Te quedarás conmigo? —preguntó con un hilo de voz—¿Incluso en mis días oscuros?

—Siempre—Barud le acarició el cabello y dejó un beso sobre ellos—, somos perfectos el uno para el otro.

—No sé si alguna vez sanemos del todo el dolor.

—Pues viviremos rotos—Barud declaró sin dudar—, porque juntos, somos un todo fuerte y maravilloso.

Lee se apartó y lo observó.

—Este será nuestro hogar. Aquí construiremos la familia que nunca pudimos tener.

—Que así sea, amor mío.