Mi lugar en el mundo
Barud condujo a una hora del centro de Londres.
Fueron en silencio la mayor parte del tiempo en la camioneta.
A Lee Nok le gustaba observar el paisaje, las filas de vehículos que esperaban su turno para atravesar una calle, los peatones que iban y venían apurados y concentrados en sus preocupaciones, las personas que salían a correr o a hacer ejercicio, y también aquellos que salían junto a sus mascotas.
Estuvo tanto tiempo atado a una obligación tortuosa que ahora, cada momento de libertad sabía a magia.
Poco a poco, el entorno fue cambiando. El río fluía con lentitud, las casas de campo aparecieron en el horizonte. Lee bajó la ventanilla del vehículo y afirmó su mentón en la orilla de la puerta. El aire le golpeaba el rostro. Era fresco y húmedo, y traía el aroma a hierba fresca.
Barud lo miró de reojo y sonrió. Adoraba contemplarlo disfrutar del paisaje.
Se detuvieron en una de las tantas entradas.
La casa de ladrillo parecía sacada de un cuento.
Había un cartel de venta en el jardín delantero, junto a él, una hilera de peonías blancas y rosadas.
Más allá, hileras de margaritas multicolores y un camino de piedra que llevaba a la puerta principal que era de madera oscura.
Lee Nok descendió del vehículo y caminó en una especie de trance hacia las flores, se agachó y las acarició despacio, luego se percató de que, pegado a la pared norte caía en cascada un sinfín de flores silvestres que se adherían a la pared y a su humedad, creando un ecosistema multicolor de flores, abejas y mariposas.
El muchacho se giró hacia la camioneta y notó que Barud se había afirmado a la puerta y se cruzó de brazos.
—¿Y? ¿Mejor? —preguntó y Lee Nok le sonrió.
—Admítelo, dejaste lo mejor para el final.
Barud se apartó del auto y dio pasos hacia donde se encontraba su novio.
—¿Ingresamos? —preguntó con la llave en la mano. Lee Nok frunció el ceño.
—¿Cómo es que tienes una llave?
—Un mago no revela sus trucos, amigo.—Barud dijo con gracia—. Vamos, te va a encantar el interior.
***
Barud lo conocía demasiado bien para equivocarse.
Era una construcción antigua, de eso no había duda, una combinación perfecta entre madera y piedra.
Las paredes de piedra estaban ennegrecidas por la lluvia y los años, los tejados oscuros y chimeneas altas ideales para pasar los crudos inviernos.
Los ventanales amplios y altos reflejaban el cielo soleado y dejaban entrar la calidez.
Poseía un concepto de espacios abiertos. Una cocina cómoda con electrodomésticos modernos, una mesa de vidrio para seis personas y una isla donde Lee Nok imaginó beber su café en la mañana.
Una alfombra en medio de la sala junto a un sofá y dos sillones de cuero beige frente a la estufa. Lee Nok dio pasos hasta allí y acarició el cuero.
—Ven—Barud lo animó—, vamos al jardín trasero.
Era un espacio mucho más amplio que el de la entrada, estaba lleno de rosas, lavanda y flores silvestres. A unos metros se encontraba una piscina climatizada, que no era de gran tamaño, pero quedaba perfecta con la casa.
Lee Nok se agachó y se contempló en el agua que se mecía suavemente con el viento. Acarició el líquido con la punta de los dedos, Barud se acercó con sus manos en los bolsillos, convencido de que iban por buen camino.
—Muéstrame el resto—dijo Lee Nok y su novio asintió con una sonrisa.
Ingresaron de nuevo y se dirigieron hacia las escaleras de madera oscura para llegar al primer piso.
La madera crujió debajo de sus pies. Llegaron al dormitorio principal donde había una enorme cama King size, dos mesitas de noche, una pequeña mesa y una otomana. A unos tres metros una puerta de cristal se abría y los invitaba a la terraza, un espacio amplio con dos sillas y una pequeña mesa.
—Mi sitio para leer—susurró y se imaginó allí mismo, mientras Barud escuchaba las noticias del día.
Barud se afirmó en el ventanal y se cruzó de brazos.
—También hay un vestidor, por si te lo preguntaste.
Lee Nok le sonrió.
—No lo hice, pero me encanta que lo tenga también.