Epílogo
Inverness, Escocia.
Seis meses después.
El aroma a hierba húmeda llena el aire. Me gustan las lluvias de verano, siempre traen algo nuevo, renovación y calma, un sol brillante que te ilumina la cara.
—¡Tío Lee!
El pequeño Wesley, uno de los hijos de Mayka y Bryce corre hacia mí.
Abro mis brazos y lo recibo, lo recibo como todo lo que esta familia me ha entregado, con todo el amor de esos ojitos grises que me dicen que soy maravilloso, que merezco ser elegido, que soy valioso.
Beso su frente, mientras observamos la disposición de las sillas en el enorme prado verde.
Hay un arco de flores blancas en el punto en donde Lisandro y Anael se reunirán para consagrarse su vida entera.
Sonrío ante la imagen. Hubo un tiempo, en el que me imaginé estar en el lugar de Lisandro, un tiempo en el que creí que, si Anael no me amaba de la forma en que yo lo amaba, mi vida carecería de sentido.
El viento se lleva algunas flores, los pétalos danzan en el aire y los niños gritan de alegría y juegan con ellos.
Me arreglo un mechón de cabello detrás de mi oreja derecha.
El verde parece infinito, la tierra renace con cada lluvia, con cada entrega de agua cristalina que la nutre.
Miro el cielo despejado, el calor del sol llena mi ser.
Estoy aquí, con esta ropa blanca de lino al igual que todos.
Es extraño ver a los Callums sin traje de tres piezas, es casi perturbador notar que están vestidos de blanco, pero, al mismo tiempo, me gusta y entiendo el motivo por el cual, Lisandro tuvo este pedido.
«Un punto en donde todos podamos empezar de nuevo».
Quizás, con esfuerzo, los Morgan y los Callums se encontrarían y amarían sus heridas, perdonarían el dolor y las tristezas, y se reconciliarían con una ofrenda de paz por los muertos, los muertos que ambos cargan.
Llevo al pequeño Wesley, es increíble la conexión que tengo con ese pequeño, camino con él y bordeamos la hilera de sillas.
Los invitados son escasos, solo las personas que aman, las personas fieles, las que siempre estuvieron allí.
Me parece justo, es lo que yo haría, mejor dicho, es lo que haré cuando me una en matrimonio a Barud Sinclair, porque lo haremos, lo siento en mi alma y en mi corazón, y sé, con toda certeza, que él anhela lo mismo que yo.
«Quiero una familia inmensa».
Se lo dije una noche, después de que hicimos el amor con toda la pasión que nuestros cuerpos albergaban por el otro. Su respuesta fue abrazarme fuerte, abrazarme hasta que el dolor se desvaneció y la esperanza renació.
Barud habla con Bryce y Eric Morgan, está cruzado de brazos, lo miro desde lejos, mientras el pequeño Wesley me cuenta su día con entusiasmo. Nuestras miradas se encuentran y en ese instante, entiendo que el camino que he transitado no fue elegido, pero, aun así, fue perfecto.
Se acerca a mí, yo me quedo estático, obnubilado porque hoy, luce más bello. Ha recuperado peso y masa muscular, y empiezo a entender el significado de la palabra impresionante. Esa misma que dijo Anael cuando recién conocí a Barud.
—¿Estás listo? —Me besa en los labios, y Wesley busca sus brazos porque bueno, a este pequeño le gusta que lo mimen todo el tiempo.
Barud lo toma en brazos y se queda a mi lado. Yo le rodeo la cintura y apoyo mi cabeza en su bíceps. Contemplamos a esta hermosa criatura llena de inocencia y un amor tan grande fluye en mí, un amor que a veces no entiendo, un amor que me hace llorar de alegría y enciende mi pecho.
Este pequeño no será como nosotros, este pequeño vivirá feliz rodeado de amor, se sentirá elegido todos los días y eso me reconforta.
Barud limpia una lágrima de mi mejilla, frunce el ceño.
—¿Estás bien?
—Sí—sonrío, pero mis ojos están húmedos—, solo pensaba.
Mi hombre sonríe y siento que el mundo deja de girar.
—Hoy estás más bonito, ¿cómo puede ser eso posible?
Estoy a punto de responder cuando la organizadora de bodas nos pide que nos ubiquemos en nuestros asientos. Mayka llama a Wesley, y este deja nuestros brazos para correr a los de su madre.
—¿Estás listo? —pregunto a mi hombre y este asiente.
—Supongo, nunca he sido padrino, pero siempre hay una primera vez.
—Las primeras veces pueden ser geniales. —Le digo con picardía. Barud besa mis labios.
—Claro que sí, sobre todo cuando son contigo.
Me deja en ebullición con ese beso. Mi corazón golpea en mi pecho mientras él se aleja y yo me dirijo a los asientos.
Anael y Lisandro entran juntos, todos sonreímos cuando el oficiante de la boda los llama a su lado.
Escucho palabras de esperanza y de unión, de amor y perdón, pero este hombre no conoce nuestra historia, no conoce todo lo que hemos vivido, todo lo que estos hombres sufrieron. Barud entrega los anillos.
Anael es quien comienza a recitar los votos.
—Te amo en la salud y en la enfermedad, te amo en la paz y en la guerra.
Te amo incluso cuando nadie espera que lo haga.
Te elegí desde el momento en que te conocí, y sin importar el camino, sin importar las espinas, lo sigo haciendo, siempre.
Y si la tontería de las almas gemelas existe, sé que tú lo eres.
Eres esa parte que jamás entendí que faltaba hasta que apareciste en mi vida.
Eres magia, y supongo que tus parientes tienen razón cuando dicen que hay algo de hechiceros en ustedes.
Lisandro se limpia los ojos y ríe. Todos lo hacemos.
— Todavía me resulta increíble despertar a tu lado, todavía creo que estoy viviendo un sueño y no quiero despertar de él.
—Su voz se le entrecorta y cada uno de los que aquí está, sentimos un poco de ese dolor—.
Eres mi sueño, Anael Morgan. Y te consagro mis días y mis noches, te consagro cada segundo, porque eres mi ángel, el hombre que me salvó y me levantó de las cenizas, el hombre más letal que he conocido, y a pesar del dolor y las heridas, agradezco cada día a Dios abrir los ojos y que sea tu rostro lo primero que veo.
Te amo, Lisandro Callum, te amo con todo lo que soy y lo que seré.
El oficiante les permite el beso, aplaudimos, lloramos y reímos.
Anael intenta levantar en brazos a Lisandro y ambos caen al suelo.
Es el momento más divertido de la velada.
Barud aplaude y se acerca a mí. Lo abrazo y lo beso, arreglo el cuello de su camisa holgada de lino.
Acaricio su torso, ese en el que anhelo dormir.
—Yo también quiero una boda así—digo en su oído y él ríe.
—Lo sé—me dice al cabo de unos segundos que parecen eternos. Cuando estoy con él, el tiempo se detiene—. Muy pronto.
—¿Lo prometes?
Besa mi frente y acaricia mi mejilla derecha.
—Lo juro, Kim Lee Nok. No hay nada que quiera más que compartir mi vida contigo.
—Amén por eso.
La brisa bambolea nuestras camisas, la gente ríe y se prepara para ir al banquete. Contemplo el castillo desde donde estamos y luce más imponente de como lo recordaba.
Este es el lugar que cambió mi mundo, este es el sitio donde comencé a vivir con amor.