Príncipe (Bilogía Morgan 2) Cuarenta y uno
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Cuarenta y uno

Londres, Inglaterra.

Dos meses después.

Estaba enfadado con mi amigo: Le conté a mi ira, y mi ira terminó. Estaba enojado con mi enemigo: No lo dije, y mi ira creció.

Y lo regué con miedos. Noche y mañana con mis lágrimas, Y lo tomé al sol con una sonrisa. Y con sutiles y engañosas artimañas.

Y creció tanto de día como de noche, Hasta que dio una manzana brillante, Y mi enemigo la vio brillar, Y él sabía que era mía,

Y se coló en mi jardín. Cuando la noche hubo velado el poste; Por la mañana, me alegro y veo. Mi enemigo estaba tendido bajo el árbol.

—William Blake.

Tom Francis miró su reloj. Eran pasadas las nueve de la noche. Las calles londinenses nunca dormían por completo, pero había menos personas circulando.

Miró hacia atrás y negó. Llevaba un mes sintiendo que alguien lo vigilaba, pero, hasta ahora, no había salido de las suposiciones.

La muerte de Dima Stoickov y sus aliados lo dejó en la mira de una investigación. La NCA era implacable cuando se trataba de sus miembros. La cuerda se ceñía a su cuello un poco más cada día, pero Tom se negó a renunciar.

Buscó las llaves de su auto en el bolsillo de su pantalón, frunció el ceño cuando no las encontró. Sus manos fueron hacia los bolsillos internos y externos de su abrigo, pero tampoco encontró nada.

—¿Disculpe? —Una voz femenina vino desde unos metros de donde estaba—¿Esto es suyo?

Tom se dio la vuelta y se encontró de frente con la mujer más infartante que había visto en su vida. Palideció al instante.

—Señora Callum—balbuceó y miró las llaves en las manos de Mayka, las uñas pintadas de rojo resaltaban.

La mujer le sonrió y dio pasos hacia él. Llevaba un vestido negro ceñido a su esbelta figura, junto a un abrigo de paño del mismo tono. Sus tacones resonaron sobre el suelo. Se acercó despacio, la sonrisa impecable y serena.

—¿Cómo está, inspector Francis? —preguntó y ladeó la cabeza—¿Esto es suyo?

—Sí—sonrió nervioso—¡Qué cabeza la mía! ¿Cómo es posible que las hayas perdido?

—Son cosas que pasan—Mayka señaló—, hay que tener cuidado, a veces, uno se distrae con los problemas y no sabe dónde está parado.

Tom tragó saliva.

—Tiene razón. —Asió las llaves de la mano de la mujer—. Es una casualidad verla aquí.

—La verdad es que quería consultarle algunas cosas sobre el caso de Barud Sinclair.

El corazón de Tom martillaba en su pecho.

—Señora Callum.

—Morgan—replicó.

—¿Cómo?

—Soy la señora Morgan—corrigió—. Supongo que a la gente se le olvida, a veces.

—Lo lamento.—Tom le dio una risilla nerviosa—. Buenas noches.

No iba a responder preguntas, no iba a permitir que esta mujer lo acorralara.

—Roma no paga traidores, ¿conoces esa frase, Tom? —preguntó Mayka quitándose la máscara de formalidad. Tom se paralizó.

—Escuche, yo…

—Tú deber es capturar a los hijos de puta, no unirte a ellos.—La mujer dijo entredientes—. Alguien como tú no puede mantenerse al frente de la NCA, no si este país quiere una nueva oportunidad.

Tom la observó de arriba a abajo con desprecio.

—¿Una Callum hablando de moral? ¿No es irónico?

La mujer le sonrió.

—¿Sabes cuál es la diferencia? Yo no finjo, y en este momento, tú también dejarás de hacerlo.

El hombre frunció el ceño.

—¿De qué…?

Fue todo lo que pudo decir antes de que la bala perforara su corazón. Se sujetó del auto, sus ojos desorbitados y perdidos.

—Maldita p…

Mayka levantó la mano.

—Nos vemos en el infierno, Tom Francis. Dale mis saludos a mi padre y a mis hermanos.

El tipo se desplomó en el suelo. Mayka dio un suspiro y tocó el auricular escondido detrás de su oreja camuflado como un pendiente.

—Buen trabajo, amor—replicó—. Hoy te luciste.

—No tanto como tú.—Bryce habló—. Te ves candente con ese vestido.

Mayka se alejó de la escena del crimen despacio.

—¿Sabes una cosa, amor? —preguntó con voz seductora—. Me veo mucho mejor sin él.

—Carajo, si me dices esas cosas…

—Nos vemos en casa, mi querido esposo. Voy a visitar a Lisandro ahora. Más vale que estés preparado.

—¿Para ti? Siempre lo estoy.

Mayka asió las llaves de su deportivo y abrió la puerta.

—Lo sé, demonio. Es por eso que te amo tanto.