Príncipe (Bilogía Morgan 2) Cuarenta
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Cuarenta

Lee Nok intentó calmarse mientras esperaba a su amante en la enorme cama King size. Gimió ante el roce de las sábanas en su pene. Estaba tan erecto que dolía, el líquido preseminal era un fluir constante.

«Apresúrate».

Quería levantarse y gritar a su amante su desesperación, pero no correspondía. Barud siempre fue paciente con él, permisivo, empático incluso cuando fue su primera vez. No tenía derecho a ir y exigir velocidad.

Dio un gemidito en protesta. Estaba cabreado y cachondo, bueno más cachondo que cabreado a esa altura.

Cuando Barud salió del baño desnudo y con un tubo de gel en su mano. Lee Nok estuvo a punto de venirse en ese mismo instante. Lo habría hecho, pero jamás hubiera sido capaz de mirar a la cara de nuevo a su amante.

Barud arqueó una ceja.

—¿Qué pasa? —preguntó conteniendo la risa—. Te noto algo impaciente.

Lee se sentó en la cama y dio un golpe sobre el colchón.

—Más vale que vengas aquí, ahora.

El hombre rio.

—Si me lo pides con tanta amabilidad, entonces lo haré.

Barud caminó hacia la cama, Lee Nok gateó hacia la orilla y se sentó sobre sus talones. Lo sostuvo allí mismo, y en esa posición se agachó y tomó el pene con su boca. El hombre se mordió el labio inferior, contempló a su amante que lo engullía como si se tratara de un manjar.

—Sí, sabes cómo me gusta—musitó y le peinó el cabello, acarició su rostro y Lee gimió ante el contacto.

Los dedos de Barud se enredaron en su largo cabello, tiró de él hacia adelante y toda su extensión fue al cálido interior. Lee Nok lo recibió sin quejarse. Sus ojos estaban vidriosos, entretanto su amante usaba su boca tierna y pulposa para su placer.

—Así, hermoso. Eres el mejor.

A Lee Nok le encantaba ese tipo de conversación. Lo encendía, activaba su creatividad, entonces Barud, que lo leía como a un libro abierto, le dio lo que este necesitaba para llevarlo al límite.

Soltó el pene con un sonido erótico, Lee se chupó sus labios, y se limpió la barbilla.

Retrocedió en la cama y Barud fue sobre él.

Se montó sobre su amante que estaba maravillado.

El enorme hombre ahora se movió sobre su pelvis, el pene largo y delgado rozaba entre sus nalgas. Lee lo asió de la cintura.

—Quiero estar encima de ti.

Barud asintió y se dejó caer a un lado. Lee se incorporó de inmediato y se coló entre sus piernas.

—Lo has hecho antes, ¿verdad? —La pregunta que Barud no deseaba que llegara, pero que igual respondería con honestidad.

—Sí.

—¿Con Anael?

Barud se mordió el labio inferior.

—Sabes la respuesta.

Lee asintió, asió su pene y rozó la entrada brillante y lubricada.

—Voy a ser el último—susurró y se deslizó despacio—. Soy el último hombre con el que vas a gemir. —Barud se contrajo. Dio un grito de placer cuando la extensión lo llenó. Lee chupó su cuello, su mentón—. Te sientes tan…—Lee gimió cuando dio la primera embestida—. Dios, me has vuelto adicto a ti.

Lee Nok lo penetró con delirio y desesperación. No había mentido cuando dijo que era adicto. Barud Sinclair había derrumbado todas las ideas que tenía acerca del amor y del sexo. Disfrutaba cada segundo, los besos, las miradas, los gemidos que fluían sin pudor y al unísono.

Las piernas de Barud se atenazaron a su cintura y se impulsó hacia arriba, el movimiento se tornó brutal. Las estocadas eran duras y profundas, Barud lo alentaba a ir más intenso. Lee quiso tocar su pene, pero su amante lo apartó.

—No—su voz agitada—, hazme venir sin tocarme.

Lee asintió y continuó moviéndose sin parar.

Barud lo envolvió contra su cuerpo, su pelvis ardía, de la misma manera que su entrada dilatada.

Cerró los ojos y su mente explotó, como todo su interior.

Tiras de esencia cayeron sobre su abdomen y el de su amante.

Lee lo observó fascinado. Sus caderas empujaron con más fuerza.

Barud llevó sus manos a los costados, se hicieron puño sobre las sábanas. Lo estaba volviendo loco.

Las estocadas no vacilaron, Lee Nok comprendía y aprendía del cuerpo de su amante con cada segundo que pasaba. Un nuevo golpe en la próstata y Barud gimió de nuevo, incluso cuando cada célula estaba sensible por el orgasmo reciente.

—Uno más—pidió Lee Nok—, dame uno más.

El vaivén de sus caderas era salvaje, la cama se movía al ritmo de las embestidas violentas y apasionadas. No tardó demasiado, Barud se sostuvo de sus hombros, cuando Lee Nok se tragó uno de los pezones. El semen brotó una vez más. Sus orbes oscuros se llenaron de lágrimas por la intensidad.

Lee Nok lo besó con hambre. Barud percibió el líquido que comenzaba a llenar su interior. Sus piernas apretaron con más intensidad. Lo quería tan profundo como fuera posible. Lee besó su cuello y mordió. Su amante gimió en una mezcla de dolor y placer.

Barud lo observó, su amante formidable estaba llorando.

Las lágrimas surcaban su rostro. El hombre le dio una mirada cargada de ternura.

Acunó su rostro entre sus manos, salpicó besos por el rostro húmedo de lágrimas y sudor.

Luego, lo envolvió en sus brazos cuando el llanto de Lee Nok se tornó profundo.

—Soy un idiota—dijo con su voz entrecortada—. Lloro siempre.

—No eres idiota.—Barud besó su frente—. Eres intenso, y eso es maravilloso.

Continuaba en el cálido interior, ellos se mantenían abrazados, contemplando lo magnífico que era el otro. Lee dejó besos sobre los labios de su amante, Barud empezó a reír cuando percibió que su amante se estaba endureciendo de nuevo en su interior.

—Eres terrible, mocoso ¿Te lo han dicho?

Lee Nok negó divertido.

—Anda, si a ti te gusta como soy.

El hombre dio un profundo suspiro. En ese momento pensó en todo lo que había perdido, pero también en el maravilloso tesoro que ahora albergaba en sus brazos.

—Sí, Kim Lee Nok. Amo cada cosa que haces y todo lo que eres.—Limpió las lágrimas del rostro de porcelana—.Te amo, te amo como nunca amé antes.