Treinta y nueve
—Espera un minuto. ¿Me estás diciendo que mis dos partidazos, que me adoraban y morían por mí, se enamoraron entre sí?
Barud y Lee Nok se abrazaron. Barud besó su frente.
—¿Qué puedo decirte, hombre? Es adorable. Mucho más que ese Callum —señaló hacia la cama donde Lisandro estaba. Se encontraban en la mansión, allí recibiría todos los tratamientos necesarios para su recuperación.
Anael se limpió los ojos por enésima vez.
—Los amo tanto, ¿saben? —dijo con un hilo de voz—. Y estoy tan feliz de que hayan encontrado felicidad en el otro.
Lee Nok abrazó a Barud con más fuerza y respiró su aroma.
—¿Cómo te sientes ahora? —preguntó.
Barud sonrió.
—Libre —respondió con el más puro alivio—. Alejarme fue la decisión más maravillosa que tomé en mi vida, y jamás voy a arrepentirme.
Barud Sinclair ahora era solo un plebeyo ansioso de comenzar una vida con la persona que amaba.
—Eres un hombre excepcional —dijo Lee Nok—. Nunca te rendiste.
—No podía —respondió—. Rendirme implicaba perderlos a ustedes, y eso no me lo permitiría jamás.
Lee Nok lo abrazó y Anael también lo hizo. El demonio y Maika tenían a sus hijitos con ellos. Jesse estaba al lado de Lisandro.
Lisandro y Barud se miraron.
—¿Puedo tener un minuto a solas contigo?
—Seguro —dijo Barud, y besó a Lee Nok—. Solo un momento.
El muchacho asintió. La imponente habitación quedó ocupada por los dos hombres. Barud se sentó a su lado.
—Gracias —dijo Lisandro.
—¿Por qué?
—Por permitirme cerrar el ciclo. Por darles descanso a mis hijas al saber que su asesino ya no dañará a nadie más.
—Te lo dije —respondió—. Eres importante para Anael, y mientras él sea feliz, yo también lo seré.
—¿Incluso conmigo?
—Incluso con un imbécil como tú.
Los hombres rieron. Lisandro era una sinfonía de marcas, heridas, cicatrices y quemaduras.
—¿Qué harás a partir de ahora?
Barud miró la pared celeste frente a él. Había un cuadro de una campiña que se extendía más allá del horizonte. Un prado verde con flores silvestres, similar al que vio durante su encierro en Inverness. El corazón se le llenó de amor y afecto.
—Aprender a vivir —expresó—. Amar sin miedo al qué dirán, sonreír y cuidar a una criatura tan bella y frágil que siento que, cuando me aparto de él, muero un poco.
—Ese es un buen plan. El mejor que he oído en mucho tiempo —aseguró Lisandro.
Ambos se quedaron en silencio.
—Tenías razón —confesó Lisandro—. Siempre tuve celos de ti. Celos maníacos y posesivos.
Barud le sonrió y tocó su mano vendada con delicadeza.
—No lo hagas. Ya no. Sé feliz, Callum, y más vale que hagas feliz a mi amigo. Deja esos celos enfermizos.
—Nunca más —juró Lisandro con un nudo en la garganta.
—¿Ves? No es tan difícil, ¿verdad?
***
Barud se miró las manos mientras se encontraba sentado en la cama de la habitación de hotel que habían rentado junto a Lee Nok.
Ya no había lugar donde regresar. Había perdido su departamento y su casa de campo a las afueras de Londres y, de ningún modo, iba a convertirse en una carga para Jesse quien le dijo que podían quedarse en la mansión Callum todo el tiempo necesario.
Tenía dinero, no el que manejaba antes, no la suma cuantiosa e inagotable, pero viviría tranquilo. Poseía más de lo que numerosas personas tendrían a lo largo de dos generaciones.
El Big Ben , el enigmático y famoso reloj, se contemplaba desde la habitación del piso treinta.
Londres comenzaba a descansar, la nieve, poco a poco, abandonaba las calles del mismo modo que la violencia.
Todavía había facciones, no era un problema que se resolvería de inmediato, pero sin la constante agitación de los grupos de Dima Stoickov, las fuerzas de seguridad controlarían el problema.
Londres iría recuperando su paz, pero nunca volvería a ser la ciudad que fue.
Lee Nok salió del baño llevando una bata gris de seda que se amoldaba a su figura. Se secaba el cabello con una toalla. Estaba descalzo, pero la calefacción era intensa. Parecía una escena hogareña. Un muchacho secando su cuerpo después de un cálido baño.
Barud lo contempló obnubilado. Su esbelta y delgada figura resplandeció en las luces tenues y románticas de la habitación. A Barud se le hinchó el pecho de afecto y ternura.
¿Quién habría imaginado que ese hombre joven y gentil se convertiría en su todo en tan solo semanas?
—Eres tan bonito—dijo por enésima vez, siendo consciente de que a su amante le encantaba escucharlo.
—Tú lo eres. —Lee Nok replicó—¿Sabes algo más? Me excitas de solo mirarme.
Barud se humedeció los labios, y se estiró en la cama.
—Deberíamos pedir una botella de champán.
Lee frunció el ceño.
—Ni lo sueñes—Lee Nok replicó—. No hasta que termines tus medicinas y regreses al médico para un nuevo control.
—Soy trece años mayor que tú.—Barud argumentó—¿Por qué debería hacerte caso?
—Pues porque lo hago por tu bien. —Lee Nok respondió y movió su mano derecha como si estuviera diciendo una obviedad. Fue hacia él y, sin pensarlo demasiado, dejó la toalla, se trepó a la cama y se sentó en su regazo—. Además, no quiero alcohol. Quiero estar lúcido para todo lo que viene.
El hombre asió el nudo de la bata gris y tiró de él para que se abriera. El cuerpo cubierto de marcas y mordeduras de amor apareció ante sus ojos. Deslizó la suave tela sobre la piel de porcelana. Se deleitó con las marcas que él mismo había tatuado.
—Eres un animal posesivo, Sinclair.—Lee mencionó cuando los dedos de Barud hicieron círculos sobre las marcas de chupetones que rodeaban sus sensibles pezones.
—Lo soy—confesó—, y soy mil veces más territorial si se trata de ti.
Lee Nok se sonrojó, siempre lograba eso, sin importar cuántas frases lujuriosas le dijera.
Sus labios se unieron en un beso febril, sus caderas iniciaron un baile sensual, aun cuando el bóxer de Barud todavía seguía allí.
Lo arrojó a la cama y empezó a salpicar besos por toda la estructura delicada de su amante.
Acercó los pezones a su boca para que éste los chupara.
Una vez que la boca succionó, Lee echó su cabeza hacia atrás y gimió de gusto.
—¿Duele?
—Un poco—confesó—, están irritados.
—Lo siento, prometo ser cuidadoso con ellos.
—No prometas lo que no vas a cumplir.
Barud le sonrió. Las manos de Lee Nok fueron debajo del bóxer mientras su hombre se posicionaba entre sus piernas.
Sus dedos delicados rozaron la separación de las perfectas nalgas de Barud y luego, el dedo medio, se perdió entre las dos pompas. Sus bocas no se soltaban, sus lenguas jugueteaban y luchaban por alcanzar el control sobre la otra.
El dedo medio presionó con fuerza sobre la entrada y Barud gimió. Sus bocas se separaron. Lee Nok confesó el ferviente deseo que comenzaba a gestarse en su cuerpo.
—Quiero follarte—musitó antes de lamer los labios hinchados del hombre sobre él—, por favor, déjame hacerte mío de todas las formas posibles.
—Barud peinó los mechones de cabello húmedos que caían sobre su frente.
Lee se arrepintió desde el momento en que ese deseo oculto salió de sus labios—¿Sabes qué? Olvida lo que…
—¿Te estoy cuestionando acaso? —Barud lo interrumpió. Lee esperaba reticencia y negación, esperaba que el hombre viril y masculino que gobernaba su cuerpo lo rechazara. No obstante, Barud sonrió y su mirada se oscureció—¿Quién diría que eres un pervertido?
Lee abrió la boquita ofendido, para protestar. Barud rio.
—Deseo el cuerpo de mi hombre. —Lee Nok se defendió y asió el pene húmedo que descansaba entre sus piernas. Su mano derecha se deslizó sobre él—. No me culpes si todo lo tuyo me parece apetecible. En todo caso, deberías responsabilizarte de estar tan bueno.
Barud besó su nariz, sus mejillas aterciopeladas. Se contrajo de placer, cuando el dedo pulgar hizo círculos sobre el glande.
—De acuerdo—gimió—, me declaro culpable y tomo mi responsabilidad. —Barud le mordió el mentón y se apartó.
Lee Nok frunció el ceño.
—¿A dónde vas? —Había miedo en su voz.
Barud se quitó el bóxer y se humedeció los labios.
—Debo prepararme—respondió—. Si deseas esto, haremos que tu primera vez como activo sea memorable.