Treinta y ocho
La puerta de la habitación voló por los aires y se estrelló contra la pared opuesta. Taillant, Pércovich y Stoickov quedaron estampados junto a ella. La silla de Anael se estrelló para luego caer al suelo. El hombre forcejeó con las cuerdas de sus manos y las de sus pies.
Los tipos sacaron sus armas cuando la luz se apagó.
Las pulsaciones se dispararon en medio de la oscuridad.
Anael se quedó quieto en el piso mientras los chispazos de los disparos a ciegas salían sin sentido y con desesperación.
Dispararon sin cesar contra la nada. Ningún rival ingresó por la puerta.
El sonido de los cargadores vaciándose fue música para Anael. Sonrió en la oscuridad ante lo que vendría.
Se escucharon decenas de pasos cruzar la habitación. De pronto, las luces se encendieron de nuevo. Hombres encapuchados y con rifles de asalto los rodearon. Frente a ellos se encontraban Bryce, Maika, Jesse y Barud.
Barud caminó al frente, con porte regio, y Stoickov tragó saliva. Ese no era el hombre que había mancillado y torturado. Hizo una seña a los hombres, y estos fueron hacia los tres y los pusieron de rodillas, mientras Maika y Bryce desataban a Anael Morgan.
Barud fue primero hacia Pércovich. El tatuaje de una calavera en el cuello. Lo último que vio antes de saltar por la ventana y que su hermano pequeño muriera.
Había que dictar sentencia, como siempre decía su amigo Anael.
—Te declaro culpable del asesinato de Merim y Sura Sinclair —dijo con voz firme—. Te condeno a la pena máxima.
—No, espera…
Antes de que dijera una mísera palabra, Barud puso una bala en el medio de sus ojos. La sangre se esparció por los aires. La camisa blanca de Barud se cubrió de pequeñas gotas rojo rubí.
Luego fue hacia Jacob Taillant. El hombre miraba el piso.
—Jacob, el único sobreviviente de mi familia.—Barud sintió pesar en su corazón. Levantó el arma y esta tembló en su mano—¿Cómo te declaras?
—Culpable —dijo Jacob con un hilo de voz—. Soy culpable de permitir la manipulación y asesinar a mis hermanos. Soy culpable de reclutar jóvenes para delinquir. He profanado cada espacio de esta ciudad. Merezco la muerte.
Barud contempló el enorme parecido que tenía con él. Se preguntó si podría vivir luego de esa muerte. Puso en la balanza lo que era y, sobre todo, lo que podía llegar a ser.
—No.
Barud dejó de apuntarle con el arma.
—Mereces vivir con las consecuencias de tus acciones, como cada uno de los que estamos aquí. —Bryce tenía abrazado a su hermano menor. Ambos entendieron la idea—. Te perdono —dijo finalmente—. No voy a matar al único familiar vivo que me queda.
Las fosas nasales de Jacob aletearon. La desesperación corrió por su sangre como un vendaval devastador.
—No puedes hacer eso. Debes… debes matarme.
—No lo haré, y no me vas a obligar.
Barud se alejó de su lado. Jacob, al borde de la locura y el remordimiento, hizo lo único que le quedaba. Se levantó en un segundo, le dio un golpe al guardia más cercano, le arrebató el arma y la colocó en su sien.
Barud lo contempló sin miedo.
—Tú tampoco puedes obligarme a vivir.
Barud asintió, y Jacob apretó el gatillo sobre su sien.
Un sonido de espanto resonó ante el suicidio, ante la decisión cruel y salvaje de un hombre que había vivido al límite, atormentado y solo. Barud pensó que, si no fuera por sus hermanos y amigos, tal vez hoy yacería en el suelo, en un charco de sangre, igual que Jacob.
La carcajada de Stoickov los hizo prestar atención al último objetivo.
Barud sonrió.
—¿Qué te parece tan jocoso?
—¿Piensas que eres mejor que nosotros?
—No lo creo —esbozó con convicción—. Lo soy. Yo no mato por placer, no manipulo ni miento a mis aliados y, sobre todo, jamás traiciono a mi gente.
—¡Qué noble! —exclamó con su socarronería habitual—. Increíble cómo el ser humano pone en un pedestal a unos hombres y a los otros los cataloga de nefastos.
—Soy un hombre nefasto, no te equivoques —confesó Barud—. Disfruté del dinero de mi padre, hecho a fuerza de negocios y tráfico de drogas. Sé que hay un lugar en el infierno para mí, tanto como lo hay para ti, con la diferencia de que tú llegarás antes que yo.
Stoickov negó y volvió a reír.
—¿Es que no entiendes que siempre estoy un paso delante de ti? —desafió—. ¿Sabes lo que le ocurre al querido amante de esta escoria en este momento en el hospital?
El corazón de Anael se detuvo.
—¿Qué has dicho?
—Si me voy, me encargaré de dejar huella. —Contempló a Barud—. Puede que tu apariencia haya mejorado, pero nunca volverás a ser el hombre que eras. Y Lisandro Callum, a esta hora, debe de estar muerto junto a cientos de pacientes en el hospital.
Barud le apuntó con el arma.
—Hijo de puta ¡Maldito hijo de puta!—exclamó Barud.
—Un final bastante triste e inesperado para alguien que dice tener sangre Callum. Un error en el que a menudo caen, creerse dioses.
—Quizás no somos dioses, pero es innegable que tenemos suerte.
La voz de Lisandro resonó en la habitación llena de gente.
Apareció detrás de ellos, dar un paso se convirtió en una misión imposible.
Le dolía el cuerpo en partes que desconocía que podían doler de ese modo.
Sosteniéndolo del otro lado estaba el hombre que Barud Sinclair jamás esperó y que, al mismo tiempo, ansiaba con locura.
El rostro de Stoickov era un poema. Más bien, una tragedia griega.
—¡No es posible! —gritó desesperado—¡Tú deberías estar muerto!
Anael se levantó del piso y fue hacia Lisandro. Lo sostuvo. Los hombres se abrazaron con tanta fuerza que cada uno en ese lugar fue capaz de percibir su amor.
Lee Nok avanzó, entretanto los ojos de Barud se llenaron de lágrimas.
—Sus hombres intentaron violentar la seguridad del hospital. —Lee Nok miró a Jesse con una sonrisa—. Por fortuna, Jesse Callum dejó en mis manos a los mejores guardaespaldas del mundo.
Stoickov estaba de rodillas, con la misión completamente arruinada, doblegado hasta los cimientos. Ya no había nada con lo que negociar.
Barud le apuntó con el arma.
—Por el asesinato de las hijas de Lisandro Callum; por el asesinato a sangre fría de Merim y Sura Sinclair; por la muerte de la madre de Jacob Taillant y su aldea, por el suicidio de éste; por toda la gente que manipulaste y traicionaste.
Dima Stoickov, estás condenado a morir como lo que eres, una vil e inmunda bestia sarnosa.
—Nunca te librarás de mí. Te lo juro. Te maldigo, Barud Sinclair, a ti y a toda tu estirpe.
El hombre le entregó el arma a Lisandro Callum. En ese momento, este se sorprendió y sintió un nudo en la garganta por el gesto.
—¡Púdranse, bastardos!—vociferó Stoickov una vez más, y su voz se entrecortó—. No… No puedo morir. No así.
Lisandro levantó el arma y apuntó.
—Ya cierra la puta boca.
La bala salió y penetró su frente. La sangre estalló y lo mojó como en una bendición de guerra. Había matado al último enemigo que les quedaba. Había vengado a sus hijas.
Lee Nok fue hacia Barud y lo abrazó con todas sus fuerzas. El hombre lo envolvió en su cuerpo.
—¿Te han dicho que eres el más hermoso del mundo? —susurró.
Lee Nok ya estaba llorando.
—Si me lo dices tú, me basta y me sobra.