Príncipe (Bilogía Morgan 2) Treinta y siete
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Treinta y siete

Cuando cansada de verme te alejes, sin quejarme, te dejaré ir.

Del monte Yacsan, un ramo de azaleas arrancaré,

para arrojarlas en tu camino. Paso a paso,

las flores esparcidas, irás pisando suavemente.

Cuando cansada de mí te vayas, apretando mis labios,

contendré las lágrimas.

—Kim Sowol.

—¿Alguna vez te preguntaste todo lo que tus hermanos pequeños sufrieron antes de ser masacrados por los Callums?

—Anael intentó mover sus muñecas, que estaban aprisionadas con cuerdas que lastimaban su piel—.

Digo, ¿sintieron miedo? ¿Percibieron que les quedaba mucho por vivir? No lo sé, preguntas existenciales.

Anael, que había tenido la cabeza gacha y los ojos en el regazo mientras lo mantenían atado, por fin levantó el rostro ante la provocación.

—Allí está —Stoickov movió el vodka en su vaso—. El desafío permanente, incluso en la muerte.

La mirada azulada estaba sobre él. Anael le sonrió.

—Mejor pregúntate qué vas a sentir tú cuando te degüelle como a un cerdo.

La puerta del lugar se abrió. Dos hombres entraron. Jacob Taillant y Novan Pércovich.

—Sabes, podría dejar que los muchachos se diviertan contigo… De seguro necesitan descargar tensiones.

Anael se mantuvo en silencio, observando el lugar.

Estaba en penumbras, la típica escena cliché para romper la psiquis de un prisionero.

Olía a moho. Se escuchaba el sonido de una cañería rota que goteaba.

Ese fue el sonido que despertó a Anael después de la explosión del bar.

El oído derecho le sangraba; probablemente uno de sus tímpanos se había reventado.

Un sonido nítido, penetrante y constante llenaba su silencio hasta que Stoickov entró a la habitación pavoneándose, queriendo demostrar que él tenía el poder, que su sola presencia bastaba para amedrentar.

Anael era mejor en esos juegos. Stoickov nunca tuvo que enfrentar a los Callums, nunca sufrió en carne propia las torturas y la muerte. Ese bastardo no tenía ni para empezar.

—¿Estamos callados? —preguntó Stoickov, y notó la sangre escurriendo del oído—. Vaya, esa herida es una lástima. El riesgo de infección en un lugar como este…

Provocó y dio pasos más cerca de él.

—Y tu querido Lisandro Bello. Dios mío, esas quemaduras. —Se cruzó de brazos y fingió preocupación—. Quizás nunca se recupere del todo.

Anael tiró despacio, una vez más, de las cuerdas que torturaban sus muñecas. El nudo intrincado era imposible.

—Hay algo que nunca alcancé a entender. —Colocó su mano en el mentón—. ¿Por qué te quedarías con alguien que buscó por todos los medios destruirte? Morbo, masoquismo… Sí, debe ser masoquismo. Alguna patología, porque nadie en su sano juicio se quedaría con su verdugo.

Anael se enfocó en él.

—¿Tan seguro estás de eso? —Giró la cabeza hacia Jacob—. Este tipo aquí, a tu lado, permanece fiel incluso cuando le arrebataste todo.

Stoickov rio. Jacob parecía un muro de concreto, con su rictus duro e ilegible. Pércovich, por otro lado, arqueó una ceja.

—No tengo idea de qué artimaña esperas valerte, pero no funcionará.

Anael desconocía si era verdad, pero siempre podía jugar un poco con la mentira. Siempre se podía abrir un espacio para la duda.

—El imbécil aquí dice que Barud Sinclair asesinó a su madre y masacró a su aldea. Sin embargo… —su voz bajó— Ergan y Barud jamás tuvieron contactos en África, y mucho menos manejaban a sus hombres fuera del país. En cambio, tú, eres una especie de genio de la lámpara. Haces posible lo imposible.

Stoickov tragó saliva.

—Tu capacidad de imaginación puede ser algo que los demás consideren valioso; a mí me exaspera.

Anael no se detuvo. Sus ojos seguían fijos en Taillant.

—Dijiste que los hombres que entraron a tu aldea eran británicos.

Sin embargo, ¿te has preguntado alguna vez por qué esos tipos, con sus capacidades tácticas, te permitieron huir?

—Jacob no respondió—. Creo que sabes la respuesta, pero te la daré.

Esta basura te necesitaba vivo. Necesitaba tu sed de venganza contra el máximo capo de la droga en Londres, y tú te serviste en bandeja —prosiguió—.

Asesinaste a tus propios hermanos y quieres matar al único que queda vivo, cuando el asesino que has buscado por años te engaña y manipula.

—¡Ya basta!—Stoickov perdió la compostura—¡Suficiente delirio!

El hombre fue a sacar el arma cuando Taillant sacó primero la suya y les apuntó a ambos. Stoickov levantó las manos.

—Jacob, por favor…

—¿Es verdad? —acomodó el gatillo y la bala en posición. Pércovich se mantenía a unos metros, pero toda la tensión estaba en Stoickov—¡Responde! —gritó.

El hombre dio un suspiro.

—Tendrás tanto poder como jamás imaginaste —prometió—. Estarás en una organización que mueve millones de dólares. Londres se arrodillará ante ti.

Jacob negó.

—Nunca quise eso. Lo único que deseaba era tener a mi madre conmigo. Me he convertido en un asesino brutal solo para abastecer tu ansia de poder.

—Por Dios, chico, piensa de una vez —respondió Stoickov—. Te gustó que la gente te tuviera miedo y que, cuando llegaras a un sitio, todos te rindieran pleitesía. Eres como nosotros, bastardo. No finjas que estás aquí solo porque tus sentimientos están heridos. Eras una bomba de tiempo.

Anael movió una vez más sus muñecas con desesperación. Jacob, en su locura, los mataría a todos. Debía escapar de ahí.

Taillant apuntó al pecho de Stoickov sin miramientos.

—Dime tu precio y lo pagaré. —Era la última carta que le quedaba—. No arruines tu vida, Jacob.

El muchacho rio con amargura.

—Hace años que morí, Stoickov. Hoy solo tomo la vida del asesino que me quitó todo.

Dos explosiones seguidas. Todos se observaron. Anael se carcajeó.

—Maldita sea, creí que nunca llegarían.