Treinta y seis
Inverness, Escocia.
Lee Nok observó desde la ventana del castillo cómo el helicóptero levantaba vuelo en medio de la nieve.
Se abrazó a sí mismo por el miedo y la incertidumbre.
Anael, su Anael, estaba en peligro, y ahora Barud Sinclair, el hombre que lo hizo renacer, iba a enfrentar una guerra de la que nunca quiso ser parte.
Un golpe sonó en la puerta. Lee Nok se limpió las lágrimas. Margaret entró con una taza de chocolate y se detuvo en el umbral cuando notó los ojos hinchados del muchacho. Había pasado de tocar el cielo en los brazos de su amante a morir de agonía mientras presenciaba su partida.
—Lo lamento tanto, cariño.
Lee Nok contuvo las lágrimas.
—Quiero ayudarlo, pero no sé cómo —dijo con impotencia—. Puede morir, Margaret, y él… —su voz se entrecortó—. No se merece esto.
La mujer se acercó y dejó el chocolate junto a una porción de tarta de arándanos.
—Los Callums vivían en guerra —dijo Margaret—, pero siempre sobrevivían. ¿Por qué piensas que él no lo hará?
Lee Nok rio.
—Porque él no es…
—Lo lleva en la sangre —interrumpió Margaret—. Una vez Jesse Callum me dijo: no importa si nunca has estado en una guerra o nunca has empuñado un arma, tu ADN no miente.
Lee Nok tragó saliva.
—Entonces siempre supiste que lo buscaban.
—Todo visitante que llega aquí ha pasado por un análisis exhaustivo hecho por los dueños. Luego, ellos nos proporcionan toda la información a cada uno de nosotros. Bueno, por eso nos llaman los fantasmas. Nos mantenemos en la sombra.
Lee Nok volvió la vista a la ventana.
—Debo ir con él. Eso es lo que siento.
—Pues hazlo .—Lo instó Margaret—. Ve y que no te importe nada excepto lo que amas.
Lee Nok buscó su abrigo. En ese momento, el celular sonó.
Se detuvo un segundo y pensó. Pasó por el lado de Margaret y la abrazó antes de salir.
La mujer se persignó en ese instante y le pidió a Dios protección para ese muchacho, porque sabía que las probabilidades de que nunca lo volviera a ver eran grandes.
Lee Nok salió del castillo. Dos guardias estaban cerca custodiando el perímetro. El muchacho fue hacia ellos.
—Señor Kim —dijo uno de los hombres—, ¿qué desea?
Lee Nok se envolvió en su abrigo.
—Necesito llegar a Londres lo antes posible.
Los dos hombres se miraron.
—Señor, tenemos órdenes de…
—Protegerme —interrumpió la justificación—. Ya lo sé. Pues necesito que lo sigan haciendo, pero no aquí.
***
Barud atravesó la puerta del hospital.
—¿Dónde encuentro a Jesse y Lisandro Callum? —preguntó en la recepción.
Desde allí se movió hacia las habitaciones. Jesse tenía la cabeza vendada; un suero colgaba de su brazo, pero se movilizaba sin problemas. Lisandro, en cambio, tenía parte del tórax con quemaduras. Llevaba vendas en la mitad del cuerpo. Tórax, brazos y manos estaban comprometidos.
Barud ingresó a la habitación. Maika y Bryce, el hermano de Anael, estaban allí.
—Barud .—La mujer saltó de la silla—. ¿Qué haces aquí?
—Te dije que vendría.
La abrazó a ella y a Bryce. Con Bryce, el abrazo fue más intenso.
—Perdóname.
—No es tu culpa —aclaró, aunque en su voz se notaba el profundo dolor—. Fue decisión de mi hermano.
Barud se apartó despacio y se enfocó en Lisandro, que parecía un monstruo debido a la cantidad de heridas y vendas.
—Dios mío —dijo, y se acercó.
Se sentó en la cama. Lisandro estaba en silencio. Miró a un costado y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Se lo llevaron. No pude detenerlos.
—Ellos… ¿por qué lo hicieron?
—Nos traicionaron. Stoickov… —se interrumpió un momento—. Era un buen plan, pero alguien habló.
Barud levantó la mano para tocarlo, pero donde fuera a posar su mano, Lisandro estaba herido.
—Voy a traerlo de vuelta —expresó—. Me quieren a mí, pues me tienen.
Lisandro rio con amargura.
—No solo se trata de Jacob Taillant, y lo sabes. Stoickov está detrás, y sabe que, si dejan a Anael vivo, no le perdonaremos la vida una segunda vez.
Barud miró sus manos mientras se mantenía sentado a su lado en la cama. Su celular sonó una vez más. Se detuvo un segundo en el número, aunque ya sabía quién era. Presionó contestar y se preparó.
—Sinclair.—Silencio del otro lado; únicamente una respiración. Barud apretó el puño y el celular en la otra mano—¿Qué quieren?
—A ti.
Nunca había escuchado su voz, pero supo que se trataba de él.
—Libera a Morgan, Jacob. Dime dónde y allí estaré. Solo yo.
El hombre del otro lado comenzó a reír.
—Solo soy un soldado. Ya se lo expliqué a tus amigos.
—Pues dame con tu jefe. Un rey negocia con un rey.
—¿Un rey? —Jacob se burló—. No tienes nada, Sinclair. Eres solo un huérfano hambriento que ha tenido suerte con los amigos que obtuvo.
—Lamento que tú no hayas tenido mi suerte. De verdad lo digo —expresó—. Pero incluso sin nada, sigo teniendo la corona. Ahora deja en paz a Anael y me entregaré a ti para que puedas torturarme como te plazca.
—Lo haré de todos modos —dijo socarrón—, aunque en algo tienes razón. Mi jefe te quiere muerto incluso más que yo, así que se lo voy a conceder.
—Hazlo y luego te matará a ti.
—No. Me necesita.
—Haz la prueba y verás lo que pasa —Barud lo desafió—. Dame la dirección y estaré allí.
Tres segundos fue el tiempo que esperó. El tiempo se detuvo.
—Medianoche. Voy a enviarte la dirección. Si no quieres ser el responsable de más muertes, espero que cumplas tu palabra.
—Allí estaré.
Barud cortó y la comunicación se detuvo. Respiró. Ni siquiera se percató de que había estado conteniendo el aire. La notificación de mensajes con la ubicación llegó en ese momento. Bryce fue hacia él y lo miró por encima.
—Es una fábrica abandonada. Conozco el lugar.
—Hay que prepararnos —dijo Maika.
—No. —Barud levantó la mano—. Debo ir solo.
—Ni de coña —soltó Bryce—. Si quieres jugar al mártir, hazlo en otro momento. Este bastardo tiene a Anael y los va a matar a los dos.
—Ya no quiero más víctimas —argumentó—. He venido porque considero que es la única forma de parar esto.
—No —Lisandro fue quien habló—. La única forma de detener esto es matando a esos hijos de puta.
—El equipo de Jesse sufrió pérdidas considerables. Él tampoco está en condiciones de…
—Estoy perfectamente.
Jesse se paró en la puerta.
—Jesse…
—Voy a ir, porque esos bastardos hirieron y mataron a más de la mitad de mi equipo. Olivier está en cuidados intensivos por su culpa.
Barud negó. Olivier era el hombre de mayor confianza de Jesse.
—Nosotros estamos adentro —habló el Bryce.
—Yo también.
—Olvídalo. —Maika replicó a Lisandro—. Ni siquiera vas a sostener un arma en ese estado. No eres de utilidad.
Lisandro frunció el ceño.
—Eres fría.
—Lo soy, pero eso no me quita razón.
—Lisandro, todavía no sé cómo, pero traeré de vuelta a Anael. Te lo prometo.
—Sé que lo amas tanto como yo. Por eso te creo.
Barud asintió.
—Lo amo porque ha sido mi hermano. Lo amo porque es mi mejor amigo y daría la vida por mí.
Lisandro frunció el ceño.
—Entonces tú…
—Tú tienes a Anael y él te tiene a ti. Es lo justo —expresó—. Y también es justo que yo me haya enamorado de alguien más.
Lisandro dio una sonrisa de comprensión.
—Lee Nok.
—Sí, es él.
Hubo complicidad en ese silencio. Incluso en el dolor, hubo un acuerdo tácito. Ambos amaban a Anael Morgan, pero no de la misma forma.
—No somos suficientes —argumentó Maika—. Deberíamos…
—Lo somos. —Barud tomó el celular de nuevo—. Soy el hijo de Ergan Sinclair —buscó entre sus contactos—, y eso, de vez en cuando, me sirve de algo.