Treinta y cinco
Inverness, Escocia.
El cuerpo cálido pegado al suyo se removió. Barud, sin abrir sus ojos, sonrió y lo aprisionó más contra su piel. Le gustaba esa calidez, el contacto dulce luego de la pasión desenfrenada. Habían hecho el amor tres veces la noche anterior, sus miradas sobre el otro para no perderse detalle.
Barud encontraba, a cada segundo, un nuevo rasgo de su amante y eso le encantaba. Había follado decenas de veces desde su debut sexual hacía casi dos décadas atrás. Había probado a mujeres de todas las edades y razas, adoró sentir sus cuerpos estremecerse en cada orgasmo.
Fue Anael Morgan quien cambió sin querer su perspectiva acerca del sexo. Con él existió pasión y locura, fuego incontrolable, pero también cariño y complicidad. Eso lo llevó a querer más, a desearlo en su cama y no solo como un buen amigo.
Ahora estaba lo que sentía por Lee Nok lo cual ni siquiera podía expresarlo con palabras. Era inenarrable, infinitamente superior a su deseo y su amor por Anael Morgan, y eso le daba miedo. Sus ojos se abrieron y contempló al ser de belleza sublime que yacía en sus brazos.
Era bello en toda la extensión de la palabra. Su pureza, su entrega, la manera en que pedía más sin miedo, la manera en que iba por lo que quería, sin importar el rechazo. Kim Lee Nok era exquisito y único.
«Soy tuyo».
¿Lo era? ¿O solo fue una frase dicha en el calor de la pasión?
Besó sus labios despacio. Lee Nok hizo un sonido y rio.
—Buenos días para ti también—pronunció con su bello acento. Un sonido que Barud había empezado a adorar.
Se fue sobre él y Lee Nok abrió las piernas.
Era algo tan natural como respirar. Sentir su virilidad al comenzar el día era una especie de shock de cafeína concentrada.
Lo revitalizaba, le daba alegría y esperanza.
Barud embistió con intensidad. Lee Nok recibió todo lo que le dio hasta que sus orgasmos al unísono lo sacaron de su sueño y de su periodo de descanso.
No había experiencia más sublime que despertar en el cuerpo del otro.
El celular de Barud vibró en la mesita de noche. Lee Nok hizo un puchero.
—Sé que te gustan dos rondas, pero hoy no será posible, bebé. —Se disculpó Barud saliendo de su interior.
Asió el teléfono y el nombre que apareció en la pantalla lo paralizó. Se quedó allí con ese aparato que seguía sonando y se sentó en la cama.
—¿Todo bien? —preguntó Lee Nok.
—No lo sé—pulsó la tecla verde para responder—. Maika, ha pasado un tiempo.
Del otro lado escuchó pequeños sollozos.
—Barud —dijo la mujer, y su voz se entrecortó—. Hubo una explosión en un bar en Londres. —Todo el cuerpo del hombre se tensó—. Mi primo Jesse y Lisandro están heridos, pero Anael…
—¿Qué pasa con él? —Lee Nok se subió a su regazo prácticamente para escuchar. Barud estaba atónito—. Mayka, ¿qué hay con él? —su voz se cortó al repetir la pregunta.
—Ha desaparecido. —Esta vez, la mujer no pudo controlar el llanto—. Concertaron una reunión con Jacob —explicó.
Barud cerró los ojos.
—¿Por qué? ¿Por qué fueron sin mí?
—Ellos querían lograr una negociación, un acuerdo de paz con tu hermano.
—Ese bastardo no es mi hermano —negó Barud—. Es imposible que lo sea después de esto, después de atacar algo sagrado para mí.
—Los hombres de Stoickov de seguro se lo llevaron. Aún no tenemos contacto, y estiman que alguien de la NCA los traicionó.
Barud se puso de pie.
—Voy a Londres.
—No. Eso es lo que ellos quieren.
—Ya basta, Maika. No me voy a seguir escondiendo. No cuando Anael está en peligro por mi culpa.
—Barud, por favor. Déjanos…
—Voy para allá. Te llamaré cuando esté en la ciudad para ver qué plan trazamos, pero no voy a seguir postergando esto, Mayka.
—Anael no querría esto.
—Anael sigue protegiéndome como cuando era niño. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Pero ya no lo soy.
Antes de que la mujer respondiera, Barud cortó la comunicación. El hombre se encontró de frente con su amante, que entendía parte de lo sucedido.
—¿Qué ocurrió?
Barud negó.
—Lo tienen. Tienen a Anael —explicó. Lee Nok se cubrió la boca. Barud volvió a mirarlo—. Voy a recuperarlo.
—No.
—Lee Nok…
Lee Nok negó y comenzó a llorar cuando Barud empezó a vestirse.
—No vayas. Por favor, no vayas.
—¡Es Anael, maldita sea!—gritó él—. Él lo haría por nosotros. —Barud lo asió del rostro—. Quédate aquí. Ellos no saben…
—No, no puedo quedarme aquí. Voy a ir contigo.
—No lo permitiré —endureció Barud.
Lee Nok, en medio de la rabia y el dolor, le golpeó el pecho.
—¡Te amo, carajo! —Lo gritó con todas sus fuerzas, porque quizás sería la primera y última vez que lo diría—.No puedes irte sin mí.
Barud lo besó con hambre y furia. Los brazos de Lee Nok fueron a su cuello.
—Gracias por amarme —dijo cuando se separó—. Gracias por corresponder mis sentimientos, porque yo te amé desde que te conocí, aunque no me di cuenta.
Los hombres se abrazaron y lloraron. Barud se apartó, terminó de recoger su ropa y salió de la habitación. Lee Nok se derrumbó en lágrimas mientras caía de rodillas al piso. ¿Por qué la vida se ensañaba así con él?
***
Barud se colocó la camisa y el abrigo mientras atravesaba las habitaciones. Salió al frío y a la nieve, que todavía golpeaba y paralizaba. Marcó en su teléfono un nuevo número. Sonó varias veces.
—Lira —dijo la voz femenina del otro lado.
—Tanto tiempo, Adriana —la saludó Barud—. Necesito de tus servicios.
—Sinclair. —El acento francés resonó con una mezcla del británico—. Pensé que te habías olvidado de mí.
—Es que han pasado algunas cosas.
—Lo sé —dijo la mujer—. Dime qué necesitas. Ergan y tú siempre fueron mis mejores clientes.
—Necesito un helicóptero en la ubicación que voy a pasarte. Nos dirigimos a Londres.
—Perfecto ¿Para cuándo?
—Para ayer —señaló—. Confío en ti.
—El clima ha mejorado. Estaría allí en media hora. Prepárate.
—Hecho.
Barud terminó la comunicación. Brotó en él un temblor en las manos al percatarse de que siempre había existido alguien para él, cubriéndole la espalda. Un escalofrío lo invadió.
Ahora estaba solo.