Príncipe (Bilogía Morgan 2) Treinta y cuatro
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Treinta y cuatro

Tres hombres fueron sobre Anael y Lisandro. En ese momento, Anael se lanzó sobre uno de ellos.

—¡Refuerzos, ahora! —gritó Lisandro, entretanto se arrojaba al suelo y golpeaba las piernas de uno de los agresores.

Logró quitarle un arma y disparó mientras los hombres retrocedían. Las balas llegaban de todas las direcciones. Las dos meseras gritaban mientras el barman buscaba protegerse, al tiempo que las copas y las bebidas estallaban, dejando una estela de vidrio y cristal.

Entre puñetazos, uno de los hombres con los cuales Anael peleaba quedó inconsciente. Lisandro recibió un derechazo y luego un golpe en el abdomen. Gritó de dolor mientras se zafaba del agarre y levantaba el arma que estaba en el piso. La apoyó sobre el lateral del tipo y disparó.

Dos disparos. Luego, escudándose con el cuerpo sobre él y todavía en el piso, disparó sobre dos arañas antiguas en el centro del bar hasta que el cargador se vació. Las dos enormes estructuras cedieron y cayeron sobre algunos de los hombres de Jacob.

Taillant sacó el cuerpo muerto de encima de Lisandro, lo tomó del abrigo y le dio un cabezazo.

Anael luchaba con dos hombres a escasos metros.

Lisandro gritó cuando Jacob apretó la garganta y una coloración morada rojiza empezó a cubrir todo su rostro.

Los casquillos de bala caían incontables sobre el piso cuando más disparos llenaron el ambiente.

Anael le dio una patada a uno de los hombres y lo arrojó al suelo. Lisandro continuaba luchando con Jacob. Anael puso los ojos en blanco.

—Carajo, eres una vergüenza para el clan Callum, ¿lo sabías?

Taillant levantó la vista. Anael le dio una patada en la mandíbula con todo lo que tenía. El rival no tuvo tiempo de reaccionar: cayó como un muñeco de trapo, con la boca llena de sangre y la pérdida de dos dientes. El dolor sordo repercutió en cada célula de su cuerpo.

Los hombres de Jesse Callum ingresaron al bar, y los de Jacob entendieron que no había escapatoria. Uno a uno fueron cayendo ante los rifles de asalto. Jacob no podía moverse; cada músculo le dolía.

Anael fue hacia Lisandro y se sentó junto a él en el piso.

—¿Estás bien?

—Casi no la cuento.

—Me tienes a mí, papi. Tienes suerte —se burló Anael y le guiñó un ojo.

Jesse ingresó detrás de sus hombres. Llevaba un arma corta y, como era su costumbre, estaba vestido de negro, desde sus zapatos, pasando por el traje de tres piezas, la camisa y el abrigo, incluso los guantes de cuero.

Su cabello caía sobre sus hombros. La oscuridad de su atuendo contrastaba con su blancura.

Dos de sus guardias redujeron a Taillant. Anael y Lisandro se pusieron de pie.

—¿Por qué carajo te demoraste? —cuestionó Anael.

Jesse arqueó una ceja.

—Había que poner suspenso, ¿no te parece?

Anael abrió la boca.

—¿Eso fue una broma?

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Jesse. Jacob se removía mientras le colocaban las esposas. Observó a Jesse y comenzó a reír.

—El niño Callum —escupió—. El sucesor.

Jesse no respondió. Su atención fue hacia sus compañeros.

—¿Qué harán con él?

—No importa lo que hagan conmigo —interrumpió Jacob, y comenzó a reír—. Su destino termina hoy, aquí.

Jesse frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Las carcajadas resonaron en medio de los quejidos de los heridos.

—No me importa irme de este mundo, pero no me marcharé sin quitarle todo a Sinclair antes de que muera.

Lisandro observó el lugar. Todos lo hicieron.

—Es hora. Nos vemos en el infierno.

Jesse abrió la boca, pero las palabras murieron allí. Una explosión oscureció el bar. Los gritos, el sonido cruento de los huesos crujiendo y, de pronto, nada. El silencio que solo trae la muerte.

El mensaje era simple y claro. Taillant no quería gloria, se conformaba con matar a su único hermano por un crimen que jamás cometió.