Treinta y tres
Londres, Inglaterra.
Dos días después.
—¿Estás seguro de esto? —rio mientras detenían la camioneta a pocas calles de donde estaba el bar.
—¿Recuerdas la primera vez que me hiciste una pregunta parecida?
Lisandro le dio una sonrisa cargada de tristeza.
—En ese instante no se me pasó por la mente todo lo que viviríamos, todo lo que sufrirías.
Anael dejó el volante y puso una de sus manos sobre la de Lisandro.
—Ambos la hemos pasado mal.
—Lo sé, pero tú no me arruinaste la vida. Me diste razones para seguir. En cambio, yo…
La nieve había mermado. La brisa invernal traía algunos copos, pero el salvajismo y la crudeza del invierno se estaban disipando de una manera muy lenta. Aun así, la violencia seguía cobrando vidas y las facciones continuaban adhiriendo jóvenes a sus causas.
Los hombres se quedaron en silencio. Lisandro observó la mano de Anael, sus dedos largos y delicados: las manos de un asesino, de un hombre que pasó por un infierno y renació del mismo modo que él; las manos de un hombre que lo amaba a pesar de todo.
—Te amo —fue lo único que pudo esbozar—. Quizás a veces te parezca una locura, pero nunca dejé de amarte —confesó Lisandro, y sus ojos brillaron—. Eres lo más bello que tengo. Eres mi todo, Anael.
Anael dio una risilla, apartó su mano y dio un suspiro.
—Pase lo que pase hoy, quiero que sepas que doy gracias por haberte conocido. Incluso en los malos días, incluso cuando el dolor… —se entrecortó—, incluso en los días que te odio por no creer en mí.
—Anael.
—Te amo —dijo con un nudo en la garganta—. Eso nunca va a cambiar. Te amo incluso cuando el mundo me dice que estoy loco.
Lisandro se quitó el cinturón, se acercó a su hombre, lo tomó del rostro con ambas manos y lo besó.
Lo besó con alma y vida, lo besó para que nunca lo olvidara, para que entendiera que siempre estaría allí.
Anael correspondió. El beso fue desordenado, caótico y perfecto, como ambos eran en esencia.
Anael abrió los ojos y acarició la mejilla de Lisandro; luego limpió sus lágrimas.
—Vamos por ese bastardo. —Dejó un nuevo beso, como un sello en sus labios.
—¿Todo bien ahí?
Anael rio y tocó el micrófono que llevaba entre la solapa de su abrigo.
—Lo estamos, Jesse.
—Estamos preparados para cuando nos des la señal, Morgan.
—Espero que no los necesitemos.
Descendieron del vehículo y caminaron hacia el bar donde Jacob Taillant se reunía con sus hombres a ver los partidos del City.
El lugar se escondía en una de las calles más antiguas del centro de Londres, detrás de una fachada estrecha de ladrillo oscuro, ennegrecida por décadas de lluvia, humo y contaminación. Un pequeño cartel de hierro forjado anunciaba su nombre con letras gastadas.
Al entrar, el ambiente cambiaba por completo.
El aire olía a madera, whisky, cerveza y leña. Las paredes estaban revestidas con paneles de roble oscuro y cubiertas de fotografías en blanco y negro, retratos de músicos y clientes que habían pasado por allí durante generaciones.
El lugar le pareció hermoso a Anael. Pensó en las veces que habían pasado cerca de allí y nunca se detuvieron. Había cerca de treinta personas en el interior, dos meseras que iban y venían con jarras llenas de cerveza, abasteciendo a todos los hombres que gritaban y reían.
Lisandro y Anael se pararon en la puerta y, cuando quisieron dar un paso adelante, dos tipos grandotes los interceptaron.
—El lugar está cerrado —dijo uno, poniendo la mano en el pecho de Lisandro.
Este frunció el ceño.
—Disculpa —sonrió fingiendo inocencia—, veo mesas vacías por allá.
El simio pelirrojo no se movió del lugar.
—¿En serio? ¿Así vamos a jugar? Bien, buscamos a Taillant. ¿Lo conoces?
El enorme hombre clavó su mirada oscura en él.
—¿Quién lo busca?
—Anael Morgan —se presentó—. Venimos de parte de Barud Sinclair.
Los hombres se miraron entre sí. El grandulón pelirrojo le hizo una seña al otro para que les permitiera ingresar al bar. El corazón de Anael golpeaba sus costillas; los minutos parecían horas largas y tortuosas.
Al cabo de un rato, el hombre regresó.
—Pueden pasar.
Anael y Lisandro avanzaron. Las miradas de todos fueron hacia ellos.
Era obvio que Jesse se había equivocado en el cálculo o con la información que le habían entregado.
Puede que fueran cuatro hombres los que lo custodiaban de manera directa, pero ese sitio estaba repleto de aliados de Jacob Taillant.
Caminaron por el costado del antiguo salón y, cuando estaban a punto de llegar a unas mesas del final, cuatro hombres fueron sobre ellos y los detuvieron.
—Sus armas —ordenaron.
Anael y Lisandro cruzaron miradas, sacaron sus pistolas y las entregaron. A un par de metros, un hombre les hizo seña para que se acercaran. Anael lo identificó de inmediato, aunque las fotos no le hacían justicia. Ese hombre era una copia de Barud.
Mismo porte, mismos ojos negros, los rasgos árabes mezclándose con los europeos. Ese hombre era el único familiar vivo que le quedaba a Barud Sinclair.
—Acérquense.
Se puso de pie, su rostro sin develar ningún tipo de emoción. Tenía una cicatriz que atravesaba el lateral derecho de su boca y le llegaba al mentón.
—Jacob —habló Lisandro—. Soy…
—Sé quiénes son —interrumpió la presentación—. El exlíder de la NCA y Anael Morgan.
—Bien, entonces vamos al grano. Estamos aquí porque deseamos pactar un reunión entre tú y Barud Sinclair.
Jacob dio una risita socarrona y les hizo una ademán para que se sentaran delante de él. Los hombres obedecieron.
—¿Una reunión? —se burló—. ¿Qué puede tener Sinclair que le interese a un soldado como yo?
—¿Soldado? —Anael arqueó una ceja y señaló alrededor—. Estos hombres responden a ti, ¿me equivoco? Este nivel de influencia no es típico de un simple soldado.
Jacob bebió de su jarra de cerveza.
—La cerveza aquí es buena. No se parece al orín que bebíamos en mi pueblo—respondió evadiendo la pregunta.
Anael se cruzó de brazos.
—El lugar donde hayas vivido o lo que hayas padecido no es responsabilidad de Barud.
Una risa extraña apareció en los labios de Jacob, no llegaba a sus ojos. Era una especie de mueca agridulce que incomodó a Anael
—El príncipe tenía todo mientras mi madre y yo estábamos en la miseria—su voz endureció—, ellos disfrutaban en sus deportivos y bebían whisky escocés. Nosotros recorríamos kilómetros para conseguir agua
—¿Crees que porque Barud y sus hermanos tenían dinero fueron ajenos a los padecimientos? —Anael argumentó con rabia—¿Tienes una puta idea de lo que es vivir con Ergan Sinclair? ¿Ser abusado física y psicológicamente por una basura que solo quería consolidar su reinado?
Jacob golpeó la mesa y el bar enmudeció. El único sonido fue el del relator que transmitía el partido que acababa de comenzar.
—Yo sé muy bien quién es Barud Sinclair—apuntó con el dedo—. Es el hijo de puta que asesinó a mi madre. Es el predilecto del hombre que abusó de mi madre de todas las maneras posibles.
Anael frunció el ceño.
—¿De qué carajo estás hablando?
—Mi madre fue abusada por Ergan Sinclair, mi nacimiento nada tuvo que ver con la felicidad, sino con la valentía de una mujer que me dio la oportunidad de existir. —Su voz pétrea, inquebrantable—. Sin embargo, eso no les bastó.
—Dios, estás mal, hombre. —Anael esgrimió—. Lamento el dolor de tu madre, pero…
—Hace tres años—interrumpió sin escuchar y sin quitarle la mirada de encima—.Barud Sinclair ordenó mi muerte y la de mi madre. Cuando Ergan falleció, hombres armados llegaron a mi aldea. —Su mirada fue hacia un punto fijo en la nada—. Nos masacraron. Todos eran británicos.
—¿No se te ocurrió pensar que algún enemigo trató de incriminarlo?
Jacob rio con sorna.
—Típico de inglés que se cree más listo que los demás—replicó con la ira haciendo temblar su voz—. Fue Dima Stoickov quien me mostró la verdad cuando me reclutó. Todos los hombres que participaron eran sicarios de Sinclair.
Lisandro negó.
—Stoickov te ha mentido. Ese hombre por poco envía al infierno a tu…
—No te atrevas. —Los ojos ardieron de furia—. No te atrevas a decir esa palabra, porque te juro que te mato aquí mismo.
—Pues más vale que nos escuches.—Anael replicó—. Todos los aliados de Stoickov han muerto y, si sigues esperando, tú serás el próximo.
—Pues que así sea, si eso implica llevarme a Barud Sinclair conmigo.
—Dios mío.—Anael tragó saliva—. Estás más loco de lo que pensé.
Jacob se hizo hacia atrás en la silla.
—No, Morgan. Jamás conociste a alguien tan lúcido y cuerdo como yo. —Jacob levantó la mano y todos los hombres del bar les apuntaron. Lisandro y Anael se pusieron de pie, las sillas cayeron cuando se levantaron con brusquedad.
—¿Qué carajo? —Anael frunció el ceño. Jacob sonrió.
—Stoickov necesita a Barud Sinclair para consolidar su poder. Ustedes me ayudarán a conseguirlo.