Treinta y dos
Inverness, Escocia.
Dos días después.
Las armas lo calmaban. Barud gatilló una y otra vez con el rifle de asalto hasta que los blancos, a varios metros, volaron en mil pedazos. Volvió a cargar el arma y disparó de nuevo.
—Tenemos un plan, amigo. Prepárate. Pronto esta pesadilla va a terminar.
—No. Esta pesadilla nunca terminará. Solo dejaré de estar encerrado viendo la nieve caer.
Anael y Lisandro estaban arriesgando sus vidas en esto. Si algo les pasaba…
«No sucederá».
Barud controló su cabeza y los pensamientos que arremetían con cizaña.
Ellos estarían bien; después de todo, Stoickov y sus aliados lo deseaban a él.
Barud pensó que, por primera vez, tendría frente a sí a su hermano, el único que le quedaba.
Un hermano que de seguro participó en el asalto a la mansión, uno que se deleitó cuando su propia sangre teñía el suelo nevado de rojo rubí.
Barud había visto la fotografía. Tendría la edad de Merim y Sura, pero el parecido con él era innegable. Era muy joven, con un nivel de resentimiento que rozaba la locura.
«También tiene la edad de Lee Nok».
Fijó una vez más su vista en el visor y disparó una, dos, tres veces.
—Nunca fui bueno con las armas.
Su corazón se saltó un latido cuando escuchó su voz. Llevaban días sin hablar más allá de cuestiones superficiales, como la comida o el clima.
—Siempre puedes aprender —dijo mientras se quitaba los lentes protectores—. ¿Quieres probar?
Lee Nok se acercó a donde estaba. Observó las armas; conocía cada una de ellas, pero era incapaz de manejarlas.
Tomó uno de los rifles entre sus manos, se colocó los auriculares y los anteojos.
Barud se cruzó de brazos a su lado. Luego, movió desde la computadora uno de los blancos y lo acercó un par de metros.
—Concéntrate y dispara —ordenó. Lee Nok dio un suspiro y levantó el arma—.
Separa tus pies o caerás de culo. —Barud metió su pierna entre las de Lee Nok y las separó.
El muchacho lo observó. Barud le señaló adelante—.
Ya estás listo. —El hombre se mantuvo fijo en el lugar, con los ojos sobre la enorme figura a su lado. Barud frunció el ceño—¿Qué esperas?
Lee Nok bajó el arma y se quitó los lentes protectores.
—No vine a dispararle a blancos móviles. Vine por ti.
Barud se aclaró la garganta.
—¿Qué quieres, entonces?
—A ti. Ya te lo dije —dijo en voz baja, con terror a no encontrar nada del otro lado—. Solo a ti. No me interesa nada más ni nadie. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Sé que el otro día dije algo que pudo malinterpretarse. Perdóname por eso.
—No tienes que disculparte —señaló Barud con seriedad—. No hay nada de malo en desear un futuro con un amor.
—Quiero que ese amor seas tú. —En este punto, las lágrimas corrían por su rostro—. Si me aceptas, yo…
Barud tomó su rostro con las dos manos y tragó saliva.
—No soy una persona sencilla, Lee. Tengo mil defectos y un millón de fantasmas.
—Lo sé, yo también. Pero ahora tengo claro por qué el destino me trajo hacia ti. El amor no necesita doler para ser verdadero, y tú me haces sentir maravilloso, único, como si de verdad importara.
—Importas —Barud interrumpió—. Jamás te atrevas a pensar lo contrario. Eres bueno y noble, más de lo que cualquiera merecería.
—No me interesa cualquiera. —Lo abrazó—. Me interesas tú. Dime, por favor, que todavía hay una oportunidad, que no maté esto antes de que empezara.
Barud lo envolvió en sus brazos y lo besó con hambre, con besos demandantes y posesivos, como cada cosa que ese hombre hacía.
—Las cosas que siento por ti son diferentes a todo lo que he sentido antes.
Lee Nok se mordió el labio inferior.
—¿Ni siquiera por Anael?
Barud le acarició los mechones de cabello que caían desordenados.
—Lo tuyo es único, como tú. Por eso me dolió pensar que querías a alguien más.
—No lo hago.—Lee Nok lo interrumpió y lo trepó como un koala—. Soy tuyo, solo tuyo.
Barud lo acercó a su cuerpo y sonrió.
—Sí, únicamente mío.
***
El sexo distó mucho de ser romántico. Las manos iban y venían sin parar, mientras sus bocas se negaban a despegarse.
—Tómame, tómame ahora. —Lee Nok rogó mientras desnudaba a ese hombre por el que había perdido la poca cordura que le quedaba. Barud lo arrojó sobre la cama y lo giró para que quedara al filo del colchón—. Esta posición…
—Te gustará—interrumpió—. Confía en mí.
Lee Nok apoyó sus codos y antebrazos sobre las mantas cálidas y empinó su trasero. La vaselina escurrió sobre su entrada. Barud ingresó dos dedos, Lee Nok gimió y se contrajo.
—Duele un poco.
—Relájate. —Lee asintió y apoyó su cabeza entre las cobijas. La punta del pene acarició su entrada y el muchacho gimió de anticipación—¿Lo quieres?
—Sí, lo deseo—confesó—. Te deseo todo el tiempo.
Barud lo penetró despacio. Su pene lubricado se deslizó en el cálido interior que lo envolvía.
Lee Nok apretó las cobijas, las apuñó en sus manos y sus caderas se impulsaron hacia atrás.
La virilidad ingresó por completo y las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Los embistes fueron cortos y precisos, luego profundos y lentos.
Barud estaba hipnotizado por la forma en que su pene entraba y era envuelto por el cálido interior.
Lo asió de las caderas con ambas manos y arremetió con ahínco.
Un vaivén intenso y salvaje. Uno al que Lee Nok se entregó por completo, olvidándose que allá afuera se gestaba un mundo teñido de sangre.
Barud lo folló con hambre, con su pene, pero también con cada parte de su cuerpo y su alma.
Su corazón palpitó de felicidad al tenerlo de nuevo en sus brazos.
Su mano se enredó en su cabello y tiró de él, logrando que Lee Nok se arqueara y su voz se escuchara en cada parte de ese castillo perdido en la distancia y el misterio.
Barud lo masturbó mientras sus estocadas golpeaban la próstata.
Lee Nok observó el techo y las lágrimas se deslizaron por las mejillas con el orgasmo más brutal que había experimentado.
El pene en su interior palpitó, Barud lo rebalsó en medio de un gemido ronco de plena satisfacción.
Barud no se había equivocado. Este era el sitio en el que quería vivir para siempre.
Los minutos se tornaron horas, horas que se volvieron nada ante la pasión que sentían, ante el deseo y la necesidad del cuerpo del otro.
Lee Nok cabalgó a su hombre como si se tratara de un semental al cual domar a medida que se adueñaban del tiempo.
«Insaciable».
Es así como se sentía con cada fibra de su ser. Barud lo contemplaba como si se tratara de una obra de arte, de aquellas imágenes que dejan huellas imborrables.
Barud tenía tantas de ellas tatuadas en su alma, pero ahora, entre el calor del fuego que ardía en su piel y los gemidos de su amante entusiasta, se permitió creer y grabar en su memoria un nuevo recuerdo. Uno que lo cobijara en el corazón cada vez que se sintiera solo.