Treinta y uno
Mansión Callum, Londres. Inglaterra.
Una semana después.
Anael se tiró en el cómodo sofá de terciopelo mientras una de las empleadas le servía té a él y a Lisandro. Arqueó una ceja al notar la infusión de Jesse.
—¿Y tú no eres el típico inglés snob?
Jesse le sonrió, esa sonrisa completa y genuina que podía frenar el corazón de cualquier ser humano. Era como una rosa, una que a lo largo de los años había florecido con gracia y belleza, tornándose irresistible.
—Va a volverme loco.
—No lo entiendo. ¿Por qué lo haría? Ah, déjame pensar… ¿Acaso no fuiste tú el que lo abandonó?
—Tú no entiendes.
—No, querido primo, no te entiendo y nunca lo haré. Ahora te jodes y esperas a que el mocoso te dé una oportunidad.
—¿Y si nunca me permite entrar en su corazón de nuevo?
—Hay arrepentimientos que duran una vida. Quizás ese sea tu caso.
Anael sonrió para sus adentros. Sin importar que fuera su primo, le encantaba ver a London Morgan, al serio y medido profesor Morgan, completamente trastornado por su exalumno, un muchacho que se había convertido en el jefe de una de las familias más poderosas de Europa.
—Soy un snob —Jesse se burló de sí mismo—, pero el buen café es algo que nadie debería dejar de probar al menos una vez al día.
Jesse le dio un sorbo y lo dejó en la mesa ratona.
—Además, tengo grandes noticias.
—¿Buenas o malas? —indagó Lisandro.
Jesse se encogió de hombros.
—Depende de cómo quieras verlas.
—Entonces son malas. —Anael dio un suspiro—. Habla, entonces.
—Encontramos a Jacob Taillant. —Dibujó una sonrisa—. Visita este bar dos veces a la semana, siempre acompañado de cuatro hombres. Estará allí el domingo.
—¿Cómo lo sabes?
—Es fan del Manchester City y le gusta verlo con sus amigos.
Lisandro acarició la dirección.
—Este bastardo ha contribuido a la destrucción de Londres y se siente con derecho a sentarse muy tranquilo y ver un puto partido de fútbol.
—Está más allá del bien y del mal —replicó Jesse—. Cuando te crees un dios, sucede esto. —Dio un suspiro—. Mi abuelo podía organizar y presidir una cena luego de asesinar sin piedad. Nada en él mostraba remordimientos. Mis hermanos eran como él; los hermanos de Maika también.
Lisandro sintió un tirón en el estómago. Formaba parte de ese núcleo de psicópatas. Acarició la fotografía de Jacob en el bar.
—Apenas nos identifiquemos, nos matará.
—No lo creo —contradijo Jesse—. Busca algo que ustedes tienen. Intentará obtener información. Y es ahí donde deben proponer una reunión entre Barud y él, sin intermediarios.
—¿Crees que aceptará?
—Está resentido con su hermano; quizás lo odie, pero guarda cierta curiosidad. Ansía saber qué piensa el príncipe heredero.
—¿Y si luego intenta matarlo?
—Pues ahí entramos nosotros y la NCA. Lo capturamos y nos aseguramos de que nos brinde la información acerca de Stoickov y su aliado Pércovich.
—O puede que nos dé un balazo a cada uno y ahí termine toda la historia —replicó Anael.
Los labios de Jesse se adelgazaron en una fina línea.
—No hay garantías cuando quien tenemos del otro lado es un trastornado resentido, con una herida de abandono tan profunda que pretende quemar Londres para contentarse. Es a todo o nada, caballeros. Ustedes deciden.
Lisandro miró a Anael.
—Hay que hablar con la NCA. Necesitamos todo el apoyo posible.
—Bien. Veamos qué pueden ofrecernos ellos. Nuestra vida y la de Barud están en riesgo. Sé que eso no les importará, pero, si este trato fracasa, la guerra entre bandas continuará.
Lisandro se enfocó en su reloj.
—Es casi mediodía. Tom Francis está en la oficina, seguramente.
***
—Son hombres muertos. —Tom comió de su sándwich mientras Anael y Lisandro estaban frente a él, en una de las cafeterías cerca de la agencia—. Taillant no desaprovechará la oportunidad de aniquilar a Barud Sinclair y quedarse con todo.
—No se trata solo de él.
—Ya lo sé, pero Stoickov y Pércovich le van a cortar las bolas si deja pasar una oportunidad así.
Le dio otro mordisco al sándwich. Lisandro y Anael se mantuvieron en silencio.
—¿Qué? —preguntó impaciente.
—¿Contamos con tu apoyo o no?
Tom agarró una de las servilletas de papel y se limpió la boca.
—La NCA no está para sus delirios de héroes, Callum. Ya deberías saberlo.
Lisandro entrecerró los ojos. Lo había llamado Callum, no Bello. Eso de por sí, ya era interesante.
—Por supuesto. Se nota que están tomando medidas muy serias para combatir la ola de crímenes. ¿Cuántos fueron este fin de semana? ¿Ochenta, cien?
—Doscientas veintitrés —atacó Anael.
—Exacto, doscientas veintitrés muertes en solo dos días.
—La sonrisa irónica de Tom se desvaneció—.
Pero el jefe de la NCA tiene mejores cosas que hacer que cubrir las espaldas del tipo que puede frenar a Stoickov y a sus dos dementes.
El tipo que es medio hermano de Jacob Taillant, por si no te acuerdas.
Tom hizo un bollo con la servilleta de papel.
—Estoy harto de que me des clases de moral tú, que ni siquiera pudiste proteger a tus hijas.
Fueron milésimas de segundo. Lisandro se abalanzó sobre Tom y le apuntó con un arma en la frente. El tipo tenía los ojos desorbitados. Anael se puso de pie despacio y le tocó el hombro.
—Amor —pronunció, pero Lisandro estaba más allá.
—Repite lo que dijiste, bastardo. Repítelo y te vuelo la cabeza.
—Vas a pudrirte en prisión.
—Y tú en el infierno. Con eso me basta.
Tom tragó saliva.
—Por favor —dijo, y cerró los ojos—. Lo lamento. Lo lamento mucho. No debí decir eso.
—Vamos. —Anael apoyó con más fuerza su mano en el hombro de su pareja—. No vale la pena.
Lisandro gatilló. Tom dio un grito y su cuerpo tembló como si recibiera una descarga eléctrica.
—Eres un puto cobarde —dijo con desprecio—¿Sabes qué? Tú y la NCA pueden irse a la mierda. Nos encargaremos nosotros.
De los ojos de Tom salía fuego. La ira se apoderó de sus sentidos. Lisandro y Anael caminaron lejos de la cafetería ante la mirada atónita de varios comensales. Tom tensó la mandíbula.
—Inverness.
Anael y Lisandro se detuvieron. Tom comenzó a reír.
—Allí se esconde la rata, ¿verdad?
Ninguno de los hombres respondió, ni siquiera se giraron hacia su dirección. Tom se limpió la nariz con el puño de la camisa. Algunas personas lo observaban, sobre todo colegas.
—¿Y ustedes? ¿Qué me ven, idiotas? —gritó con la furia en cada sílaba.
Malditos hijos de puta, esta vez, se acordarían de él.