Príncipe (Bilogía Morgan 2) Treinta
56%

Treinta

Inverness, Escocia.

Tres días después.

—¿Se le ofrece algo más señor? —Margaret le dio una mirada a su compañera quien contenía la risa

Lee Nok estaba sentado en el regazo de Barud, por lo que las mujeres pudieron observar llevaba una bata de satén y solo eso, mientras que Barud vestía una bata verde esmeralda y un pantalón del mismo color.

Las manos iban y venían. Margaret se rascó la barbilla.

Había visto más pudor en perros durante su ciclo de apareamiento.

¿Este hombre era el mismo que rechazaba cada comida que preparaba? ¿Este mocoso era el mismo que se llenaba de harina y reía con ella de manera cándida e inocente?

La imagen de su mente y la realidad resultaban tan disímiles. Ahora, se asemejaban a dos bestias apenas capaces de controlar sus instintos en público.

«Fresas con crema».

Eso es lo que llevaban comiendo desde la mañana, más allá de un café fuerte que, con su alta dosis de cafeína los energizaba para una nueva ronda.

Barud puso una de las fresas repletas de crema en la boca de Lee Nok y la empujó.

El muchacho descarado chupó sus dedos, sin quitarle la mirada de encima. Barud se mordió el labio inferior.

Margaret puso los ojos en blanco. Lo último que necesitaba a su edad era presenciar una sesión maratónica de sexo gay.

—Voy a venirme en ti después de esto. —Fue un susurro, pero el oído chismoso de Margaret captó la insinuación y provocó que su rostro se tornara rojo.

—Con permiso—dijo Margaret y arrastró a su compañera que estaba más que entretenida presenciando la escena.

—¿Qué dijo? —Lee Nok frunció el ceño y su vista fue al sitio donde habían estado las mujeres. No escuchó una sola palabra.

Barud puso su dedo índice sobre su mentón e hizo que girara hacia él.

—Tus ojos en mí—ordenó antes de devorar sus labios y atraer el delgado cuerpo vestido solo con la bata de satén. Lo apretó contra su estructura. Lee Nok estuvo más que feliz y disponible para este hombre.

—La tormenta comienza a perder fuerza—acotó Lee Nok antes de gemir por un chupetón en su pecho.

Barud desajustó el lazo de la bata y lo abrió. Se deleitó con cada uno de los cardenales que decoraban el cuerpo de su amante.

—Mi obra de arte—dijo antes de ir a uno de sus pezones de un rojo intenso—. Solo mía. —Lee Nok enredó sus dedos en el esponjoso y abundante cabello ébano. Barud levantó la cabeza y sus ojos se encontraron—. No quiero que esto termine—confesó un poco avergonzado.

Lee Nok frunció el ceño.

—¿Qué cosa? ¿La tormenta? —musitó contra sus labios.

—Este encierro junto a ti—confesó—. Quiero quedarme aquí para siempre.

Lee Nok posó un dulce beso en su frente.

—Sabes que esto es irreal. No es la vida que merecemos.

—Yo quiero ser feliz, verdaderamente feliz por una vez en mi vida ¿Estoy pidiendo demasiado?

Lee Nok tragó saliva, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Podemos ser felices más allá de estos muros?

—explicó, aunque el nudo en la garganta se hacía cada vez más intrincado—.

Deseo conocer el mundo, ir a todos esos lugares que me prohibieron visitar.

Comer comida exótica, preparar platillos nuevos.

—Su rostro se iluminó—. Amar, sin miedo al qué dirán.

Encontrar a alguien que corresponda mis sentimientos, esta vez, quiero que me elijan.

Barud sintió un pinchazo en su corazón ¿Él no lo está dirigiendo acaso? ¿No era suficiente? ¿Por qué ansiaba seguir buscando?

«Porque tiene 23 años y toda una vida por delante».

El hombre fue dolorosamente consciente de la cruel verdad. Estos momentos para Barud se habían convertido en todo, para Lee Nok, solo representaban el comienzo del viaje.

Besó la frente de Lee Nok y su cuerpo se contrajo con tensión. La atmósfera cálida se evaporó en un segundo.

—Tienes razón. —Barud respondió con una sonrisa cargada de tristeza—.

Puedes tener una vida buena más allá de estos muros, estoy seguro de que la conseguirás.

—Lee Nok abrió y cerró la boca. Barud lo asió de la cintura para que se pusiera de pie—.

Será mejor que me vista—replicó—. Llevo demasiados días sin entrenar, al menos, no de la manera convencional.

La sonrisa no llegó a sus ojos. Lee Nok le correspondió, pero se percató de que había dicho algo fuera de lugar.

Barud lo dejó en el comedor. Lee Nok comió una fresa con crema, pero ahora sabía a cenizas ¿Qué es lo que le había molestado? Había sido sincero, quería a alguien que lo amara y Barud no era el tipo de hombre que se enamorara, entonces, ¿estuvo mal confesarle sus anhelos?

«¿Serías capaz de estar con otro hombre después de Barud Sinclair?».

Su estómago se revolvió de solo pensarlo. No quería otros brazos y, mucho menos, otros besos. Lo quería a él, lo deseaba por completo.

Lee Nok se cubrió la boca y cerró sus ojos. Se había comportado como un imbécil con el único hombre que le dio todo lo que pedía y más.