Príncipe (Bilogía Morgan 2) Veintinueve
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Veintinueve

—¡Oye! Un trago más—gritó Gerald Bello en ese bar a las afueras de Seúl donde se había refugiado por unas horas antes de partir a Japón e instalarse allí.

El barista negó y le señaló que ya no tenía permitido proporcionarle más alcohol—¿Eres idiota?

Si yo te digo que sirvas, pues lo haces ¡Quién mierda te crees para cuestionar mis órdenes!

El pobre muchacho negaba sin saber cómo controlar al maleducado que ahora lo agarraba de la camisa y le hablaba encima con su aliento que apestaba a whisky,

La gente alrededor lo miraba y susurraba. Gerald se levantó del banco en el que estaba sentado y comenzó a señalar a todos con su vaso en mano.

—¿Qué miran, imbéciles? ¡Se creen mejores que yo!

—Son mejores que tú, hasta una rata sería mejor que tú.

Gerald tragó saliva, bebió un trago y se giró tambaleante hacia las figuras paradas en la puerta. Lisandro cubría la entrada, Anael estaba apoyado en una columna de concreto un poco más cerca de la barra.

Estrechó los ojos, porque no alcanzaba a asociar las imágenes con la realidad.

—No puede ser—señaló a Anael y rio—. Tú estás encerrado, te estás pudriendo en prisión, en cuanto a ti—dijo mirando a Lisandro y dio una risilla—, sigues trabajando como un burro.

—Bebió un nuevo trago, apenas se sostenía en pie—.

Manga de perdedores todos ¡Fuera de aquí! ¡Vuelvan al agujero de dónde salieron!

Las personas estaban horrorizadas, al parecer, percibieron la tensión en el aire, porque empezaron a retirarse.

Anael y Lisandro se mantuvieron estoicos en su sitio.

Una vez que el bar se vació, Lisandro se acercó al barman y le entregó una tarjeta.

Sus ojos casi se desorbitaron al ver las iniciales de Kim Do Jin en ella.

El muchacho, sin decir una palabra más, se fue del lugar junto con los meseros.

Solo quedaban ellos tres. Gerald contuvo una arcada a causa del exceso de alcohol o el nerviosismo. Ya no lo sabía.

—Ha pasado un tiempo, hermanito—dijo sin quitarles la mirada de encima, bebiendo un nuevo trago.

—Has estado muy activo—esgrimió Lisandro en una calma sospechosa—. Yendo de aquí para allá, difícil con tus ahorros de tu antiguo trabajo. Debes de ser muy bueno con las finanzas.

Gerald se irguió. Acarició el arma que llevaba en su bolsillo.

—¿Cómo me encontraste?

—¿Importa? Además, tarde o temprano iba a pasar. La Interpol te busca.

Gerald desvió la mirada hacia un costado.

—Estás perdiendo el tiempo—advirtió Anael todavía cruzado de brazos y afirmado en la columna—, hay solo una salida. No vas a escapar de aquí.

El bastardo tensó la mandíbula.

—¿Cómo carajo sobreviviste? Se suponía que ibas a morir pronto.

Anael se rio y se humedeció los labios.

—Sé que hicieron hasta lo imposible por eso, lamento decepcionarlos.

Lisandro tragó saliva, él también fue un partícipe activo del sufrimiento de Anael.

—¿Entonces?—Gerald desafió—¿Qué vas a hacer ahora? ¿Matarme? ¡Estoy aquí! ¡Dispara!

—¿Piensas que te mereces una muerte rápida?—Lisandro cuestionó—. Mataste a dos niñas, hijo de puta. Mataste a su madre, a tu amante.

—Nunca lo entenderás, hay decisiones que debemos tomar para un propósito mayor.

—¿Propósito mayor? ¡Lo hiciste para tu beneficio, hijo de puta!

Gerald sacó su arma en un segundo. Anael, más rápido, le disparó en la mano. Un grito ensordecedor llenó el bar. El dedo anular y el meñique habían volado. La sangre escurría de su mano, la cual presionaba entre sollozos.

—Por favor, hermano. Tú sabes qué…

—¿Recuerdas cómo nos gustaba jugar a los vikingos cuando éramos niños? —Lisandro preguntó. Gerald lloraba agarrando su mano, la sangre salía a borbotones—. Anael tiene antepasados escandinavos, así que hoy nos dará una clase práctica de tortura al estilo vikingo. Morgan, ¿nos haces el honor?

—Más que un honor, un placer compartir esto con ustedes. —Gerald quiso correr, Anael que no había ingerido alcohol, lo alcanzó en menos de un segundo y lo arrojó sobre una mesa. Gerald gritaba así que Anael le colocó un pañuelo en la boca.

Lisandro corrió hacia él y le sostuvo los brazos hacia adelante, y lo esposó. La mesa crujió, Gerald gritaba amordazado.

Mientras Lisandro lo sostenía, Anael sacó un cuchillo escondido en su pantorrilla. Se lo mostró a Gerald.

—Esta daga es un tesoro de familia—explicó mientras Gerald lloraba. Lisandro se mantuvo Stoickov, sujetando sus brazos. Anael rasgó la camisa liberando su espalda, la recorrió con la punta del filoso objeto—. La considero muy útil para explicar en qué consiste el águila sangrienta.

Los ojos de Gerald fueron a los de Lisandro buscando piedad. El hombre parecía de hielo. Gerald pateó, e intentó liberarse siendo consciente de lo que vendría.

El águila de sangre era una de los prácticas de tortura más violenta conocidas en la historia de la humanidad.

Consistía en abrir la columna y extraer parte de las costillas para luego liberar los pulmones y arrancarlos.

Anael no contaba con los instrumentos para hacerlo, pero había que intentarlo, ¿no?

La punta de la daga se apoyó en la base de la columna, Gerald gritaba con la mordaza.

—Gerald Bello—sentenció Lisandro—, te condeno a la pena máxima por el asesinato de Janet y Maggie Bello, por el asesinato de Verónica Fitzgerald, por el dolor causado a Anael Morgan, al cual inculpaste de un asesinato perpetrado por ti, te condeno por el intento de asesinato de Barud Sinclair.

Nunca más nos harás daño, a partir de este momento serás borrado de mi memoria y mis hijas, los seres que tú engendraste, por fin descansarán en paz.

Gerald negó, su rostro se contorsionó en una mueca de dolor, desesperación y arrepentimiento.

Anael sostuvo con su mano izquierda su cabeza, y con su mano derecho enterró el cuchillo en la base de la columna.

Las piernas de Gerald se doblaron de inmediato, pero Anael lo sujetó con su cuerpo, el cuchillo ascendió firme sobre la carne, perforando la piel y rompiendo tejido.

Las lágrimas corrieron por el rostro de Gerald quien daba gritos desgarradores.

Su rostro se contorsionaba en una infinidad de gestos macabros.

Anael, sin un mínimo de piedad, destrozó su columna, su piel, sus tejidos.

La sangre se derramó sobre el piso y Gerald convulsionó.

Anael lo liberó, sus manos teñidas de rojo.

Gerald se sacudió en el piso hasta que se quedó completamente inmóvil.

Los dos hombres observaron el enorme charco de sangre que se formaba.

Lisandro dio pasos hacia él y le quitó las esposas.

Se puso de pie y se acercó a Anael, este limpió la daga en su pantalón oscuro y la escondió tal y como estaba. La guerra apenas comenzaba, Dima Stoickov sería un hueso mucho más difícil de roer que Gerald.

Moscú, Rusia.

Una semana después.

La carcajada de Stoickov resonó mientras observaba las noticias del caos de Londres, un caos que comenzaba a extenderse a cada ciudad del Reino Unido. Robos, abusos de poder; las calles repletas de nieve se cubrieron, al mismo tiempo, de un terror nunca antes visto.

Le dio un sorbo al vodka que tenía en su mano derecha. Lucía como un rey desde su imponente escritorio, como un hombre entrado en años que recogía los frutos de su arduo trabajo.

¿Quién se imaginaría que su trabajo constaba de asesinar inocentes y traicionar aliados para conquistar el poder?

Tenía una imagen panorámica de Londres en una de las paredes de su despacho.

La contempló con lascivia y morbo. Quería poseer la ciudad, poseerla al punto de la asfixia, para luego tornarla cenizas.

Lisandro Callum y Anael Morgan provocaron que sus planes fallaran en un primer momento.

Ahora, con todo Londres intentando contener la destrucción y a la bestia que los devoraba vivos, tenía su oportunidad y no la iba a desaprovechar.

Pero, para ser rey, debía demoler primero los cimientos del reino anterior y destruir al príncipe heredero.

Este había resultado ser bastante huidizo, ya que siempre se las ingeniaba para salir adelante, un gato que encontraba la manera de caer parado.

Su celular vibró con una llamada entrante. Presionó contestar y la imagen de Novan Pércovich apareció en la pantalla donde antes había disfrutado de un Londres en llamas.

—Jefe.

—Cuéntame las novedades —ordenó sin saludar.

—No hay rastros de Sinclair. Es como si lo hubiera tragado la tierra.

Stoickov se cruzó de brazos.

—¿Y de Callum y Morgan?

—Están trabajando junto a la NCA, pero nuestro espía todavía no encuentra algo que nos sea de utilidad. Nadie conoce el paradero de Sinclair, excepto esos dos imbéciles.

—¿Qué hay de Tom Francis?

Novan movió la cabeza en señal de negación.

—No es tan sencillo llegar a él, y mucho menos convencerlo.

—Pues busca la forma. Sobórnalo, amenázalo, lo que creas conveniente. Mientras más tiempo Sinclair siga vivo, nuestro poder tambalea.

—¿De qué estás hablando? Si no tiene nada.

—Tiene a un Morgan y a un Callum de su lado. —Apretó el vaso en su mano—. Aprende a no subestimar al enemigo, muchacho.

—Claro, lo mismo dijiste de los Sinclair. Ahora solo queda Barud.

Stoickov sonrió y negó.

—Demasiado joven y estúpido —se burló—. Será mejor que tomes mi consejo si no quieres terminar como Gerald.

—Lo que tú digas —le restó importancia

—¿Y Jacob?

—¿Qué hay con él?

—Es un buen soldado, obediente y listo para cumplir su venganza. —Le dio un nuevo trago al vodka—. Es lo que no entiendo de ustedes, los jóvenes: a veces pecan de ingenuos.

Novan se encogió de hombros.

—Mientras se mantenga ignorante, nos será de utilidad.

—Novan, por ninguna razón permitas que Jacob tome contacto con su hermano.

El lituano lanzó una carcajada.

—Lo aborrece. Piensa que todo lo que les ocurrió a su madre y a su aldea fue culpa suya.

—Pues mantenlo así. Conoce cosas de los Sinclair; después de todo, es hijo de Ergan.

Novan ladeó la cabeza.

—¿Y luego qué?

—Sabes lo que le sucede a la gente que deja de ser útil —recordó—. Intenta no cometer errores, Novan. En este negocio salen caros; demasiado, a veces.

El hombre se rio de nuevo.

—Maldito malnacido.

Stoickov levantó el vaso hacia él.

—Salud por eso, Pércovich.