Veintiocho
Inverness, Escocia.
—¿Cómo sabes que soy virgen?
—Lo acabas de confirmar.
Lee Nok frunció el ceño cuando la enorme virilidad se deslizó en su interior. Soltó un gemido que era más bien una mezcla de dolor y placer, el cual llenó su garganta. Se abrazó al cuerpo encima de él que, poco a poco, se hundía por completo. Sus labios temblaban del mismo modo que su entrada.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, porque la plenitud era tanta que no alcanzaba a describirlo.
No hallaba palabras en su mente para expresar lo que este momento representaba.
Hubo un tiempo en el que solo habría concebido este encuentro con Anael Morgan.
Un tiempo en el que, pensar en entregarle su virginidad a otro hombre resultaba absurdo.
Aquello se sentía lejano, lejano y un poco surrealista.
Lee acarició el rostro del amante encima de él.
Las embestidas eran lentas y profundas, sus caderas giraban y se acomodaban a las suyas.
Sus miradas se encontraron y Lee Nok gimió.
Una estocada, otra, y otra. Barud lo follaba como el amante experimentado y formidable que le dijeron que era.
Sabía cuándo besarlo, conocía el momento exacto en donde la velocidad de las embestidas debía aumentar, y también cuando fluir en un ritmo placentero, pero de mayor lentitud.
Se encontraban frente a frente. Lee Nok nunca habría imaginado el sexo de otro modo, no la primera vez. Quería contemplar los rasgos, las gotitas de sudor de su frente, los latidos de un corazón que se aceleraba al calor de la faena.
Lee Nok se contrajo cuando el pene acarició la próstata. Barud acomodó sus caderas y él extendió las piernas todavía más. Era suyo, esa noche le había prometido sucumbir a cada una de sus fantasías y lo estaba haciendo de ese modo.
El vaivén se tornó más violento con el transcurrir de los minutos.
Lee Nok estaba al borde de la locura. Sus uñas romas se clavaron en la espalda ancha, su mirada bajó al sitio donde sus cuerpos se unían.
Era morboso e intenso. Barud salió de él, se sentó sobre sus talones y lo atrajo.
Lee Nok se sujetó a su cuello mientras su amante se deslizaba en su interior una vez más y lo hacía estremecer.
Sus caderas se movieron al unísono. Lee Nok respondió cada embiste con entusiasmo.
Sus bocas no abandonaban a la otra. Los gemidos eran acallados por besos picantes y enloquecedores.
Sus cuerpos sudados poseían un brillo perlado que, con el calor del fuego, resultaba lascivo.
—¿Te gusta esto? —Barud musitó antes de chupar el lóbulo de su oreja.
—Me encanta. —Lee respondió sin titubear—. Adoro esto. Dame más.
Barud lo arrojó a la cama de nuevo. El sonido de la fricción de sus cuerpos y sus gemidos fueron una sinfonía envolvente. La habitación se llenó de fuego.
Lee Nok se vino en medio de las embestidas brutales, embestidas de un hombre que jamás esperó volver a vivir el sexo, que jamás esperó encontrar placer en un hombre tan diferente a su primer amor.
El orgasmo fue intenso. Barud estrujó el cuerpo debajo de él.
Lo aplastó contra su piel de tal modo que, nadie habría sabido dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Se mantuvieron fusionados después del éxtasis.
Lee Nok se negaba a soltarlo, se negaba a soltar este momento maravilloso, después de la tragedia.
Barud acarició su rostro. Sus dedos pincelaron esa cara hermosa que denotaba todo lo ocurrido.
—Luces erótico así. —Barud musitó sobre sus labios y dejó un beso suave, luego otro—. Me agrada esta versión tuya.
—A mí también. —Lee expresó y aflojó el agarre de sus piernas sobre las caderas de Barud—. Sin embargo, debo confesar que me agradas mucho más cuando estás dentro de mí.
Barud dio una risita y esparció chupetones sobre su mandíbula.
—Mi médico dijo que jamás volvería a tener una erección—confesó—, no mientras continuara con la misma medicación.
Lee Nok envolvió sus brazos en su cuello.
—Interesante. Deberíamos enviarle una foto ¿No te parece?
Barud se carcajeó. Salió despacio de su interior y se acostó a su lado. Lee Nok fue hacia él y lo abrazó. Apoyó su cabeza sobre sus pectorales, acarició el vello fino y oscuro que lo adornaba.
—¿Estás bien de verdad?
—Ya te dije que sí. —Lee Nok lo contempló con sus ojitos adormilados—. Si estuviera adolorido te lo diría.
Barud asintió.
—Espero que lo mantengamos así, simple. —Barud explicó—. Cuando haya algo que te moleste o te de miedo, me lo dices.
Lee Nok estuvo de acuerdo.
—Lo haré, siempre y cuando tú me prometas lo mismo.
Barud fue hacia su boca y dejó un beso que duró más de lo que pretendía.
—Lo prometo, no más secretos entre nosotros.