Veintisiete
«No son responsables directos. Los que vemos en la calle son solo lacayos».
Tom Francis era el nuevo jefe de la NCA, la agencia dedicada resolver crímenes de impacto nacional.
Anael y Lisandro estaban frente a él en la oficina que antes perteneció a Lisandro.
Tom y Lisandro nunca fueron amigos, de hecho, ni siquiera se caían bien, mucho menos cuando este último notó el triste tinte homofóbico que Tom dejaba entrever con sutileza, como quien no quiere la cosa.
—No hay rastros de Stoickov y tampoco de Jacob Taillant o Novan Pércovich.
Lisandro negó.
—Nosotros tampoco tenemos nada todavía.
Tom frunció el ceño.
—Esto se resolvería muy fácil si Barud Sinclair estuviera aquí.
—Por supuesto, así asesinan a nuestra última esperanza de paz. —Se burló Anael.
—Es un criminal.
—Es un criminal que es vital para resolver este desastre—cuestionó Lisandro.
Tom bufó con rabia.
—¿A quién carajo se la ha chupado para lograr eso, Bello?
—A ti seguro que no—graznó Lisandro—, y deja de vernos como tus enemigos por un maldito minuto porque no lo somos.
—Tengo cientos de personas muriendo congeladas—replicó Tom—.
Las fuerzas de seguridad están acorraladas y, desde arriba, solo exigen respuestas imposibles de dar.
La violencia en las calles se ha transformado en el pan de cada día, no estamos acostumbrados a esto, nunca lo hemos vivido.
Algunos mencionan que nuestro país sufre la peor crisis desde la segunda guerra.
Dime, Bello ¿Qué se supone que debo hacer?
¿Sentarme aquí y escuchar cómo defienden al tipo que causó todo esto?
—Él no causó nada.—Defendió Anael.
Tom lo señaló con el índice.
—Cierra la boca.
—No, tú cierra la boca—replicó—. Barud estaba en un hospital agonizando cuando todos estos hijos de puta decidieron que era hora de hacer un cambio de poder.
Sobrevivió a un disparo que habría matado al noventa y nueve por ciento de las personas.
Perdió a sus hermanos. No voy a defender su legado, pero sí diré que no es como Ergan Sincler, jamás lo fue y lucha cada día contra eso.
Tom le dio una risa socarrona.
—Por supuesto, casi me creo que es un mártir.
—No lo es, te lo he dicho mil veces. Sin embargo, es un hombre clave para resolver este conflicto. Barud no desea seguir en este negocio, pero sigue siendo suyo mientras esté con vida. Lo que estos bastardos han hecho es una especie de golpe de estado, uno que solo Barud es capaz de resolver.
—¿Piensas que a Taillant, o a Pércovich les interesa escucharlo?
—No, pero creo que les interesará saber lo que Stoickov les hará a ellos una vez que tenga el control de todo. Les interesará saber que El liot y David Hartmann fueron aliados y terminaron bajo sus balas.
—No se gana con palabras, se gana con violencia y armas. Ya estás grandecito para saberlo. No sé ni por qué carajo te dieron el puesto en la NCA.
Lisandro hizo una mueca.
—Sí, ¿y por qué estamos aquí perdiendo todo? —cuestionó Lisandro—. ¿Por qué estamos aquí parloteando cuando esos bastardos hacen que decenas de personas se unan a sus filas cada día? Vamos y destruyámoslos. O espera un minuto: ¡No tenemos ni puta idea de dónde están!
Lisandro gritó y todo el grupo se mantuvo en silencio.
—Así que sí, estoy dispuesto a negociar con el diablo si eso significa recuperar la paz.
Porque hay mucha gente allá afuera aterrorizada, personas que salen de sus casas y no saben si este día será el último.
Por esa gente, no por ti ni por mí, por ellos, es que debemos agotar todos los recursos.
Y, nos guste o no, Barud Sinclair continúa siendo el príncipe.
Incluso sin nada, su apellido sigue imponiendo miedo y respeto; de lo contrario, no lo querrían tanto muerto. Por eso vamos a protegerlo.
Tom arqueó una ceja suspicaz.
—Qué bonito discurso, Bello, de verdad. Y mientras tú enarbolas una bandera a favor de ese criminal, ese bastardo se ríe de nosotros en el maldito sitio donde lo han escondido como una rata.
Anael negó.
—Si tuvieras una idea de todo lo que Barud está sufriendo… Pero no tiene caso hablar contigo. —Se puso de pie—. Si no hay nada más, nosotros nos vamos.
Lisandro también asintió.
—Te mantendremos al tanto si hay novedades.
—Es la puta Callum, ¿verdad?
Lisandro se dio la vuelta al escuchar el insulto.
—¿Qué has dicho?
—El tal Jesse Callum tiene a todos los de arriba comiendo de su mano. No me extraña, con la cara de chupa vergas que tiene.
Lisandro y Anael se miraron y luego soltaron una carcajada.
—Amigo, Jesse Callum es más hombre y tiene más huevos que tú y todo tu equipo de incompetentes. Vuelve a hablar así y, créeme, mañana estarás limpiando los baños de esta oficina. Ahora vuelve a tu trabajo y, por una vez, haz algo útil.
Tom cerró los puños. Su cara ardía mientras parte de su personal contenía la risa.
Malditos hijos de puta, algún día iba a cobrárselas.
***
Anael y Lisandro salieron riendo de la oficina. Bajaron las escaleras y se acomodaron la bufanda y el abrigo.
—¿Chupa vergas? ¿En serio es lo mejor que se le ocurrió? —preguntó con gracia Lisandro.
—Tom se muere por chupar una, lo que lo que pasa es que no lo acepta. —Se burló Anael. La camioneta había quedado a dos calles—. Me preocupaba Barud.
—¿Por qué? ¿Te ha dicho algo?
—No, es solo…no lo sé. —Anael explicó—. Tengo el presentimiento de que algo malo puede ocurrirle.
—No está solo. Los hombres custodian el perímetro diariamente, además, si estuviera pasando algo malo, Lee Nok también nos hubiera informado.
Anael buscó las llaves del vehículo.
—Me duele pensar en lo mal que la deben estar pasando tanto él como Lee Nok.
Lisandro confirmó.
—Hay que seguir las pistas que tenemos. Solo así vamos a sacarlos de la miseria en la que se encuentran.