Príncipe (Bilogía Morgan 2) Veintiséis
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Veintiséis

El grifo de la ducha se cerró. Lee Nok asió una toalla y se secó despacio, luego dio pasos hacia el lavamanos, sobre este se encontraba un imponente espejo cubierto de vapor.

Lee lo limpió y se contempló. Sus mejillas estaban sonrojadas, al igual que su cuerpo.

Acarició su entrepierna y sintió la media erección.

Sus piernas estaban trémulas, su entrada palpitaba de necesidad y miedo, porque sí, estaba asustado. Desconocía de qué trataba todo esto, pero no había ni siquiera una pizca de duda en su sistema.

—¿ Cómo puedes tener sexo sin amor?

— Fácil. Piensas en ti, en tu placer y ya.

— No creo que yo pueda.

— Amigo, créeme, todos lo hacen ¿Porque tú no?

Desconocía lo que sentía por Barud Sinclair, aun así, era consciente de que había más que deseo allí. No lo amaba, su corazón todavía latía por Anael Morgan, pero si su amigo había seguido adelante, él también tenía derecho a soltar un fantasma, liberarse de un amor que solo fue platónico.

Negó con la cabeza y le permitió a su cuerpo sentir sin culpa, abrazar la lujuria que lo envolvió desde el primer momento en que se encontró con Barud Sinclair.

No iba a mentirse a sí mismo, ya estaba grandecito para eso.

Lo que este hombre había generado en su cuerpo, desde el instante en que desarmó su rodete y dejó caer su cabello, fue lascivia pura y cristalina.

Ahora estaba desnudo para él y le permitiría todo, porque así de hambriento estaba.

Abrió la puerta del baño. La imagen que encontró frente al enorme ventanal mientras la tormenta desplegaba toda su potencia hizo que su corazón se detuviera y su pene se endureciera por completo.

Barud estaba desnudo, completamente desnudo.

«No lo conociste antes, era imponente».

No le importaba cómo había sido en el pasado.

En ese instante, era el hombre más hermoso que había pisado la tierra.

Sus ojos rasgados recorrieron cada centímetro de piel al descubierto, sin miedos.

El mismo dejó caer su propia toalla y notó como su amante se estremecía.

Su pene estaba flácido, pero sus ojos decían aquello que su parte baja todavía era incapaz de poner en acciones.

Lee Nok caminó hacia él. La luz de la mesa de noche salpicaba de tonos amarillos y naranja la habitación. El fuego en la chimenea brindaba calor constante.

Un paso, dos, tres, Lee estaba a centímetros de él. Barud tragó saliva, acarició su largo cabello, sus dedos trazaron su mejilla derecha, su cuello, su clavícula.

—Lee—se humedeció los labios—, hay algo que…

— Shhh—Lee Nok puso su dedo sobre sus labios—, vas a hacerlo, sé que sí.

Y sin demorar más, se puso de puntitas de pie y, esta vez, sus labios se unieron en un beso febril, muy alejado de todos los que se dieron en el salón de tiro.

Sus lenguas se enredaron en un baile frenético.

Barud lo aprisionó contra su cuerpo. Lee Nok gimió, sus brazos se enredaron al cuello, mientras continuaba de puntas de pie.

Las manos grandes y posesivas recorrieron la espalda y se atenazaron en las nalgas esponjosas, las cuales, amasó con vehemencia. Lee Nok le mordió el pulposo labio inferior y lo estiró. Barud frunció el ceño y se tragó un gemido de dolor. Lo asió del largo cabello y contempló su rostro.

—Eres hermoso—dijo sin perder detalle de su piel—, tan perfecto, bebé. —Les dio un lametón a sus labios y volvió a apoderarse de su boca.

No importaba cuántas veces le dijera lo hermoso que era, cada vez se sentía diferente. Lee Nok asió su enorme pene y comenzó a masturbarlo. Barud lo adhirió a su cuerpo y frunció el ceño.

—Esto no está funcionando.

—Está bien.—Lee Nok dijo sobre oído antes de chupar el lóbulo de su oreja. El pene, poco a poco, comenzó a endurecerse entre sus manos. Barud gimió de alivio—¿Lo ves?

—¿Cómo estabas tan seguro? —Su voz se entrecortó, cuando el líquido preseminal escurrió.

—Nadie que ama tanto el sexo como tú, se dejaría arrebatar esto—argumentó—.

Sé muchas cosas sobre ti. —Se apartó y lo llevó despacio hacia la cama—.

Sé que las mujeres morían por ti, pero nunca repetías, sé que amas al mismo hombre que yo, pero solo obtuviste un par de noches de él.

—Lee Nok lo empujó sobre la cama y se sentó sobre sus caderas con sensualidad—.

También sé que nadie que tenga este cuerpo y tu cara puede ser malo en el sexo. Eres un orgasmo visual, Barud Sinclair

Barud echó su cabeza hacia atrás y gimió mientras las manos suaves y delicadas hacían su trabajo.

—Comienzo a dudar que seas virgen. —Se burló.

—Conozco mi cuerpo y lo que me gusta, además soy un hombre igual que tú.

Barud lo giró en la cama y se colocó entre sus piernas. Sus bocas se unieron de nuevo con desesperación. Sus labios ansiaban los del otro, la manera en que de inmediato volvían a unirse lo corroboraba.

La boca posesiva de Barud abandonó sus labios y recorrió su cuello. Besos demandantes e intensos chupetones que serían muy visibles para el personal de la casa, sobre todo, para ese par de cocineras chismosas. Su lengua pinceló su pecho, su boca se cerró sobre sus pezones, los cuales succionó.

Lee Nok se arqueó de placer. Su columna se asemejaba a un bello acordeón cargado de pasión y tristeza. Cuando el pene de Lee Nok se hundió en la boca de Barud, este gritó de placer. Un grito que salió de sus labios y fue imposible de contener.

Sus caderas se impulsaron hacia arriba con ahínco.

Barud succionó tan intenso, tan perfecto.

Los dedos de Lee se enredaron en el cabello ondulado con fuerza.

Barud salpicó chupetones sobre su ingle.

La lengua bailó sobre cada retazo de piel inmaculada.

Se sentía como la tierra prometida, su lugar seguro.

Su boca regresó al pene y Lee Nok gimió de nuevo.

—Me vengo—susurró y Barud succionó de nuevo.

La vista de Lee Nok se nubló. Su boca formó una gran O silenciosa, su esencia bañó la cavidad bucal de ese hombre que lo recibía sin inhibiciones.

Cuando su mente salió de la espesa neblina del orgasmo. Barud ya salpicaba besos por su abdomen, su pecho y, una vez más, su lengua se tornaba protagonista, haciéndolo estremecer al punto de la locura. Un dedo se aventuró al interior lubricado, luego otro y otro. Estaba resbaladizo.

—Te preparaste.—Barud chupó el lóbulo de la oreja—. Eres tan bonito y ordenado que hiciste eso por mí. —Lee Nok lo asió del rostro y lo besó. Sus piernas se sentían trémulas, estaba al borde de un nuevo orgasmo—¿Con qué lo hiciste? —preguntó con genuina curiosidad.

Lee Nok se mordió el labio inferior y le dio una sonrisa cargada de picardía.

—Hay vaselina en tu botiquín.

Barud rio. Una risa que llenó el corazón de Lee Nok.

Su cuerpo ardía. El calor del fuego de la estufa era nada en comparación a la locura que tenían por el otro. Barud se levantó, Lee gimió en protesta. El hombre se dirigió hacia el mueble donde estaban sus medicinas.

Sacó uno de los frascos de vaselina, y lo llevó a la cama.

Se detuve al borde de ella, embadurnó su pene y dio gracias por ese momento, dio gracias por la alegría de sentirse vivo.

El cabello de Lee caía en cascada sobre las sábanas púrpura.

Sus labios estaban hinchados y rojos, sus pupilas dilatadas, su cuerpo tatuado de marcas violáceas y rojizas de su autoría.

Un festín para un hambriento, un famélico que jamás creyó posible probar una nueva comida.

Su mano derecha pinceló la vaselina junto al líquido preseminal sobre la extensión. Lee Nok abrió sus piernas. Barud se enfocó en la entrada arrugada y diminuta, brillante por la preparación previa.

—Jamás estuve con alguien virgen—confesó—, así que, guíame si en algún momento soy demasiado brusco.

—Por favor.—Lee Nok rogó—. Solo hazlo. Puedo contigo—aseguró—, puedo con todo lo que me des.

Barud entrecerró los ojos y se mordió el labio inferior. Quizás, solo quizás, estar encerrado en el medio de la nada con un desconocido, se convertiría en lo mejor que le había pasado en la vida.