Veinticinco
—Es pan de centeno. ¿No te gusta?
Barud levantó la vista y se encontró con los ojos del hombre que, en estos últimos días, se había convertido en un sueño y una pesadilla.
—No tengo hambre —respondió, alejó la servilleta y corrió la silla hacia atrás—. Será mejor que duerma. Mañana es un día largo.
Barud guardó las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir negro, que hacía juego con su camisa y su suéter. Estaba más deseable que nunca. Lee Nok pensó que el bastardo sabía jugar sus cartas; con esa ropa era la debilidad de cualquiera.
—¿No vas a hablar?
Barud frunció el ceño.
—¿De qué hay que hablar?
Lee Nok rio con amargura y dio un suspiro.
—Voy a llamar a Anael más tarde. Me voy de aquí.
Barud le sonrió.
—¿Por qué no me sorprende? Al fin y al cabo, todos terminan abandonándome.
—Ay, por favor, no juegues la carta de víctima conmigo. —Lee Nok se puso de pie—. No eres el único que la está pasando mal, ¿sabes?
—Vete si lo deseas y buena suerte.
Lee Nok se cruzó de brazos. Su garganta le ardía. Quería decirle tantas cosas, pero ¿qué sentido tenía? A Barud no le importaba.
Se dirigió a su habitación después de la cena. Se sentó en la cama e hizo lo que prometió no hacer nunca más después de Anael Morgan: lloró por un hombre. Se limpió las lágrimas de rabia y tristeza. ¿Por qué Barud Sinclair debía ser tan idiota?
***
—Eres lo más parecido a la calma en medio de la tormenta, Anael.
—Por lo que vale, eres mi hermano. Haré todo lo que está a mi alcance para ayudarte. —Sus labios se unieron. Anael ,muy despacio, lo apartó—. No, amigo.
—Te amo—dijo Barud sin un mínimo de duda—. Puedo negarlo mil veces, pero sería mentirme a mí mismo.
Anael dio un suspiro. Lo había sentido esa vez que se acostaron ¡Carajo! ¡Barud había quedado enganchado!
Se odió por eso, por causarle daño a alguien tan especial.
—Yo también te amo, pero no así, no de ese modo—explicó con dolor—. Yo no sirvo para esto, no estoy hecho para las relaciones románticas.
Barud miró al piso. Ocultó la ráfaga de dolor que lo golpeó como una tonelada de concreto. Lo percibió en cada hueso de su cuerpo, pero se mantuvo firme. En el fondo, ya sabía la respuesta de su amigo. Anael no se enamoraba, así de simple.
—Ya lo sé, me lo dijiste, pero…
—Tú tampoco me amas—dijo Anael—. Lo que pasa es que estás apegado.
Barud frunció el ceño.
—¿Crees que es eso?
—Estoy seguro—mintió Anael.
—Mierda—Barud se apartó—, perdóname, en serio, no quiero complicar las cosas.
«No te amo».
El encierro trastorna a las personas. Barud sintió que estaba a punto de perder la cabeza.
El miedo al abandono lo arropó al punto de la asfixia.
No había tenido suerte. Todavía estaba en medio de la nada, en un mundo paralelo de nieve, y cada día se hacía más largo.
El sueño tardaba en llegar y las noches se tornaban eternas, una agonía difícil de explicar.
Lee Nok iba a marcharse y Barud iba a encontrarse de nuevo solo; esta vez, por su propia decisión.
Contuvo su cuerpo, ese maldito cuerpo, y sus piernas, que querían correr hacia la habitación más allá del pasillo y contarle sus miedos a ese muchacho de cuerpo diminuto y frágil; a ese muchacho dulce y bonito que sonreía como si la vida no doliera.
«¿Qué tienes para ofrecerle? Ni siquiera sexo».
En medio de la nada, ¿qué vínculo podía existir entre un muchacho de veintitrés años, ansioso de vivir la vida y ser libre, y un príncipe encarcelado con demasiados muertos encima?
Su mente volvió a su madre, a esa eterna mártir de rasgos armenios que llegó a Londres sin nada y prácticamente fue vendida a Ergan Sinclair. Pensó en las lágrimas derramadas en silencio, en la violencia psicológica y física que atravesó.
Sus manos se tornaron puños y la ira, esa bestia insaciable e indómita, surgió de nuevo.
Necesitaba romper algo, destruir, quebrar, sacar el veneno que lo consumía, que deterioraba cada hueso.
Con su ropa de vestir salió de su habitación y se dirigió al salón de tiro, ese lugar que los Callums adoraban; ese sitio que, de seguro, fue el punto en donde millones de emociones confluían y se disipaban, el punto en donde el tsunami embravecido se transformaba en una ola suave.
Bajó las escaleras a toda velocidad. Su cabeza retornó a Lee Nok y a lo mucho que había contribuido a su mejoría.
—¿Amabas a papá?
—Lo hacía. Todavía lo hago, pero el amor no nos salva de todo y, a veces, la ausencia es la única manera de preservar la dignidad.
«Cállate. Cállate de una puta vez».
Maldijo a sus pensamientos, a esa bestia que ya no conservaba el collar. Empujó las puertas reforzadas de roble y el enorme salón se desplegó ante él.
Las paredes originales de piedra gris habían sido restauradas y reforzadas. Se habían instalado discretos paneles acústicos y sistemas de iluminación regulables. Una hilera de luces blancas se encendía automáticamente al detectar movimiento.
En uno de los extremos se extendía la línea de tiro.
Varias estaciones independientes estaban equipadas con sistemas electrónicos de puntería, pantallas táctiles y sensores capaces de registrar cada movimiento con una precisión milimétrica.
Al fondo, los blancos podían desplazarse a diferentes velocidades y distancias.
Barud negó, y si no hubiera estado tan triste, se habría reído. Esta era la casa de juegos preferida de los Callums.
Asió los auriculares y las antiparras protectoras, agarró una Magnum y la cargó. Delante de él, a diferente distancia, había diversos blancos. Figuras sobre las cuales descargaría su ira.
—Lo mataría, lo dejaría desangrarse, y lo contemplaría en silencio.
—Amigo, es tu padre.
—No, la sangre no siempre une, a veces, solo nos mancha y nos asfixia, Anael.
El rostro de la figura imponente de Ergan apareció delante de él.
Barud se colocó en posición y entonces disparó.
Las balas salieron y golpearon el blanco en el sector de la cabeza una y otra vez.
El cargador quedó vacío en cuestión de segundos, y volvió a llenarlo.
Y así, hasta que la cabeza voló a un costado.
Barud soltó el arma, que cayó al suelo. Se quitó los anteojos y cubrió su rostro.
Entonces, una vez más, lloró como si hubiera estado conteniendo un enorme dique.
Lloró por su cobardía, porque fue incapaz de proteger a quienes amaba, porque vengarse fue su modo de vida, la forma en que creció, y estaba harto. Estaba tan cansado de vivir así.
Cayó de rodillas en el frío suelo. Se arrodilló frente a los restos de la imagen que él tenía de su padre. ¿Por qué había querido ser él cuando toda la vida lo aborreció?
—Perdónenme. Perdónenme —dijo entre sollozos. Un hombre que solo era escombros, uno que ya no sabía ser otra cosa más que su mandato.
Entonces, el milagro ocurrió. Sintió brazos delgados que lo envolvían con calor y ternura; sintió en su espalda el calor de un torso frágil, pero lleno de una fe inquebrantable; sintió la fuerza de ese ser que estaba allí para él, incluso cuando él buscaba dejarlo con todas sus fuerzas.
—Lee.
—Déjame quedarme contigo.—Su voz tranquila y frágil. Sus mejillas apoyadas en su espalda mientras ambos estaban arrodillados .
—No soy bueno para ti—replicó, pero sostuvo los brazos alrededor suyo.
—No eres tu padre y no necesitas serlo.
Barud se puso de pie en un segundo y tiró hacia arriba del cuerpo más pequeño. Lo envolvió en sus brazos y Lee Nok lo estrechó de la cintura.
—¿Por qué tuviste que aparecer en mi vida? —Barud le reclamó.
—Porque me necesitas—las manos de Lee Nok fueron hacia su rostro—, y yo lo hago también. —Se puso de puntillas de pie, su boca centímetros de la de Barud—. Te deseo.
Barud le dio una sonrisa cargada de angustia y sonrió.
—Soy gélido, Lee. No sé cómo lidiar con las emociones y muchos menos demostrarlas.
Lee Nok rozó apenas sus labios y el cuerpo de Barud se estremeció.
—No eres frío—volvió a besar sutilmente sus labios—. Eres un lago profundo y silencioso, y yo deseo explorarlo, centímetro a centímetro.
—Hazlo.—Barud se entregó a la sensación de ser arropado. Ya no debía sostener a nadie, podía permitirse esto, podía abrirse para este hombre—. Soy tuyo.