Príncipe (Bilogía Morgan 2) Veinticuatro
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Veinticuatro

Inverness, Escocia.

Tres días después.

—Será mejor que duerma en otra habitación. No quiero incomodarte.

—No lo haces, yo solo…

—No hay necesidad de fingir.

—¿Qué?

— Sé que te doy asco.

— Lo has entendido todo mal.

— Entonces, explícame.

— No es tan sencillo como lo planteas.

—¿Alguna vez has presenciado semejante desastre? —preguntó Lee Nok mientras se encontraba en la cocina y observaba, desde los cristales, caer la nieve como un castigo perpetuo.

Margaret amasaba, sus manos se movían ágiles sobre la preparación. Dio un suspiro.

—He visto tormentas, pero esto… Esto es un castigo de Dios.

Lee Nok dio un suspiro profundo. Margaret frunció el ceño.

—¿Se encuentra bien?

—Sí. —Lee Nok se dio la vuelta y volvió a la salsa de alcaparras—. Estoy un poco cansado.

La mujer entrecerró los ojos.

—Es ese bruto tirano el que lo tiene mal.

Lee Nok frunció el ceño y luego comenzó a reír.

—No creo que le guste que lo llames de ese modo.

—Pues es eso. —Margaret movió sus manos llenas de harina—. Le da órdenes de aquí para allá y nunca se conforma.

Lee Nok hizo una mueca.

—¿Te conformarías con una nube cuando tuviste el cielo en tus manos?

La mujer hizo una mueca.

—Depende. Puede que la nube sea linda y esponjosa.

—Eso no vale. —Lee Nok sirvió la preparación en una salsera—. ¿Por qué presiento que no estamos hablando de nubes?

La mujer dejó la preparación y se limpió las manos en el delantal.

—He trabajado en este lugar por treinta años, ¿sabes? He escuchado tantas cosas que tus oídos se pondrían rojos, pero también he aprendido cuándo alguien oculta algo, y ese algo es un problema sentimental.

—Te equivocas —Lee Nok se apresuró a contestar—. Yo no…

—No estoy juzgando —interrumpió—. Si te gustan los hombres, está bien por mí. Ahora, hijo mío, ¿de verdad quieres meterte en los pantalones de ese bruto tirano?

Lee Nok se enrojeció por completo. El calor cubrió su rostro y cuello.

—Dijiste que no juzgabas.

—Bueno, quizás lo hago, un poquito.

Margaret volvió a la masa y comenzó a dividirla en pequeños bollos.

—Ese muchacho está mal de la cabeza. Lo he escuchado gritar y maldecir mientras el señor Morgan y el señor Callum buscaban controlarlo, y decir cosas nefastas sobre él.

Lee Nok tragó saliva.

—¿Qué clase de cosas?

—Que era un inservible —recordó—, que ya ni siquiera era un hombre, que debería haber muerto junto a sus hermanos.

A Lee Nok el corazón se le estrujó.

—¿Sabes lo que le sucedió?

—Ya te lo dije: escuchamos cosas. Y sé que es una historia triste, pero ¿de verdad quieres formar parte de algo tan turbio?

—No lo sé —confesó Lee Nok—. No lo sé y tengo un miedo atroz, pero, a su vez… Carajo, esto es tan vergonzoso.

Margaret tenía toda su atención.

—Lo deseo. Lo deseo y él me aborrece. Y eso duele. Duele porque lo he vivido y ya no quiero eso.

Margaret negó con la cabeza. Su rostro develaba mil connotaciones.

—Yo creo que él también lo desea a usted. Lo noto en la forma en que lo mira en las cenas.

—No. —Lee Nok negó con enojo—. De ser así, ya me habría buscado de la forma que él quisiese.

—Comunicación. —Margaret detuvo el ataque de nervios—. Eso es lo que ustedes necesitan.

—No puedo. —Las lágrimas brotaron de sus ojos—. El rechazo es demasiado. No puedo ser tan masoquista.

Margaret puso los ojos en blanco.

—Si no lo confronta, nunca sabrá lo que de verdad siente por usted. Vamos, el tirano solo está asustado; eso es claro como el agua.

Lee Nok se humedeció los labios ¿Era capaz de impedirle huir?