Veintitrés
Inverness, Escocia.
Cinco días después.
Lee Nok era bueno adaptándose a las circunstancias.
Desde pequeño supo cómo encontrar pequeños recovecos para ocultarse y tornarse invisible.
Aprendió a quedarse callado y bajar la cabeza frente a los insultos y el desdén.
Entendió rápidamente cuándo las batallas estaban perdidas y debía resignarse a las condiciones del oponente.
Ahora, Barud Sinclair era un caso totalmente distinto, porque le gustaba. No, lo atraía. Lo atraía y lo volvía loco.
No supo en qué momento comenzó a tocarlo; tal vez un roce, una simple caricia, pero Barud tampoco le quitaba las manos de encima y eso le encantaba.
—Sostén la bolsa con más fuerza.
La voz agitada de Barud lo trajo a la realidad, al lugar que olía a sudor, rabia y perfume. Barud levantó los puños y golpeó una vez más. Lee Nok llevaba un pantalón de gimnasia y una sudadera oscura que había encontrado mientras investigaba los cajones de las diferentes habitaciones de la mansión.
Necesitaba ropa y quería estar arreglado; quería verse bonito, y eso lo sonrojó, porque estaba coqueteándole a un desconocido y nunca antes había vivido algo similar, ni siquiera con Anael.
«Es posible que sean de Maika Callum, la ropa de Bryce te quedaría enorme».
No tenía el mismo talle, pero la ropa de la cuñada de Anael le quedaba casi perfecta.
Había un par de conjuntos de gimnasia, camisas entalladas con adornos que de seguro le quedarían mejor a la mujer y dos jeans, pero eso carecía de importancia.
La primera vez que Lee Nok se probó el jean junto a la camisa púrpura, con volados a lo largo de la hilera de botones, se sintió femenino. Se sintió femenino y hermoso.
Tocó la tela con sus manos y se preguntó, con genuina curiosidad, cómo luciría en la mujer a la cual conoció y tuvo el placer de ver dos años atrás: la abogada de Anael Morgan, la mujer que movió cielo y tierra para sacarlo del infierno y, por ende, también movió los hilos para sacarlo a él.
También estaba la mirada de Barud Sinclair.
No le había dicho que se veía bonito, pero no importaba, sus ojos no mentían.
Nunca lo hacían. Lo recorrió de manera intensa y Lee Nok, de pronto, ya no se sintió incómodo bajo esa mirada que lo escrutaba de pies a cabeza, al contrario, lo hacía sentirse más poderoso.
—Es un hombre extraño.
—Tiene más traumas que tú y yo juntos. Eso es normal.
—No me refiero a eso, sino a la manera en que me mira.
—Sí, tiene mirada de psicópata. Se lo dije muchas veces. No te dejes intimidar.
Anael no lo había entendido; quizás nunca lo haría. Barud removía cosas en él, hacía emerger emociones dormidas que se mezclaban con el miedo y la curiosidad.
El golpe directo fue profundo y letal. Lee Nok dio dos pasos hacia atrás, trastabillando, para luego caer al piso.
—Mierda —maldijo Barud, y se movió hacia él—. ¿Estás bien?
—Sí. —Lee Nok se sostuvo de sus bíceps y se puso de pie—. Eso fue más intenso.
El sudor corría sobre su piel, que poco a poco se tornaba más saludable. El color pálido había abandonado su rostro y también el resto de su cuerpo. ¿Cómo lo supo Lee Nok? Bueno, lo había visto ducharse dos veces más y ni siquiera se había molestado en criticar su conducta.
Barud puso la mano en su hombro y, como ocurría normalmente, lo contempló. Esos ojos negros parecían engullirlo. Lee Nok tragó saliva.
—¿Por qué me miras así?
Barud le dio una sonrisa tierna.
—Eres bonito. Pequeño, pero bonito.
—No lo soy. Tú eres enorme —se defendió.
Barud le acarició el cuello y le arregló un mechón de su largo cabello.
—Sabes, agradezco que quieras ayudarme, pero puedo solo. De verdad.
—Lo sé, pero no estás solo. —Lee Nok dio un paso hacia el frente—. Me comprometí a trabajar contigo en tu recuperación y voy a cumplir mi palabra.
—Ya lo has hecho —respondió Barud—. Ya no sufro desmayos, mareos ni nada por el estilo. No he sufrido nada de eso durante estos días, lo cual es una enormidad. He tenido más energía que en todos los últimos meses y solo llevo, ¿cuánto?, cinco días.
Las mejillas de Lee Nok se tornaron rojas. Bajó la cabeza en señal de timidez, pero con alegría en el pecho.
—¿Qué carajo hacías en Corea del Sur siendo el dumok ?
Lee Nok se arregló el cabello.
—Soy hijo de mi padre. Eso me hace acreedor del puesto, me guste o no.
Barud asintió con tristeza y esta vez su mano fue hacia sus labios pulposos. Lee Nok pensó que sufriría un infarto.
—Carajo, de verdad eres bonito. Dulce y bonito.
—No son rasgos que se aprecien en un dumok ¿No lo crees?—Barud acunó su mejilla derecha—. Carezco de lo que se requiere para ser el dumok , y tú ya no eres el príncipe de la droga de Londres.
Barud estaba en trance. Su mano volvió a sus labios y Lee Nok besó sus dedos. Su cuerpo se estremeció.
—¿Qué me estás haciendo? —preguntó en un tono entre enojado y desesperado—. Ni siquiera te conozco, más allá de todo lo que me han contado. —El cuerpo de Lee Nok respondió al toque y a sus palabras. Quería más, lo necesitaba—. No.—Barud quitó la mano como si quemara—.Esto no está bien.
—¿Por qué no? —Lee Nok preguntó ansioso.
El hombre dio pasos hacia atrás y giró sobre sus talones. Buscó una toalla y salió de la habitación. Lee Nok se quedó en shock. Hasta ese momento habían pasado juntos la mayor parte del tiempo y, por lo que sabía, ninguno de los dos tenía una relación.
¿Por qué lo rechazaba de ese modo? ¿Era por Anael o se trataba de él? ¿Tan desagradable le parecía?
Había olvidado que el rechazo dolía tanto. Anael lo había destruido de mil formas, pero de manera inesperada se había encontrado pensando en Barud a lo largo de las noches. Le generaba curiosidad, atracción y sí, no estaba enamorado de él, pero ¿por qué no podían darse un momento juntos?
«Tu cara de niña resulta despreciable».
Su propio padre se lo había dicho ¿Por qué los demás pensarían lo contrario?
El rechazo de Barud removió la tristeza guardada. Lee Nok se secó las lágrimas con violencia y miró la enorme habitación equipada con decenas de aparatos de gimnasia y pesas. Su rostro en los espejos le pareció más horrible de lo normal.
No era que los hombres no se enamoraran, ni siquiera buscaban sexo con él.
***
Barud corrió escaleras arriba en el imponente y solitario castillo. Se alejó a grandes zancadas de quién lo estuvo haciendo perder la cabeza la última semana.
«Dulce y bonito».
Le pareció de ese modo desde que lo conoció. El problema radicaba en que no solo era dulce y bonito, también era exquisitamente follable. Sin embargo, ¿qué derecho tenía a poner sus sucias manos en él?
Barud ingresó a su habitación, cerró la puerta y golpeó la cabeza contra ella.
—Estás contento.
—Deja de hablar mierda.
—Acabas de confirmármelo, quizás Lee Nok sea mejor enfermero que dumok
Noche y día, Lee Nok le había dado más cuidado y atención que cualquier ser humano en toda su vida.
Cocinaba delicioso, era creativo intercalando platillos, mezclando sabores y costumbres.
Era disciplinado en cuanto al horario de sus medicinas y jamás olvidaba ninguna.
Carajo, hasta había comenzado a dormir a su lado y no le incomodaba.
Fue rápido, pero nunca se sintió intimidante.
Lee Nok tenía la sutileza justa, sabía cómo manejarlo, e incluso usar pequeñas dosis de manipulación, de las cuales, Barud nunca era consciente en su totalidad.
Barud nunca durmió con nadie, nunca compartió una cama a no ser que fuera para propósitos lujuriosos ¿Cómo este muchacho tierno había logrado acercarse de ese modo? Y lo que era peor, ¿cómo lo había permitido?
Tocarlo, sentirlo era una necesidad, una a la que Barud no estaba acostumbrado. Se sentó en el borde de su cama, mejor dicho, en la cama que compartía con Lee Nok y se cubrió el rostro.
«¿Por qué no?».
Lo había preguntado al borde de las lágrimas, ¿y qué hizo él? Huir como un perro apaleado y asustadizo. Al final, parecía que el virgen inseguro era él.
—¡Mierda!—gritó en su habitación vacía, pero más allá de la rabia, entendió su cobardía cuando tocó su entrepierna.
«¿Acaso te habías olvidado de los problemas que tiene tu amiguito para reaccionar?».
La vocecita que Barud odiaba se burló. Acarició su pene sobre la ropa y el resultado fue nada. Para alguien que había disfrutado tanto del sexo como él, este era el peor de los castigos y resultaba demasiado vergonzoso decirle a Lee Nok el motivo de su rechazo.
«Mantén la distancia».
Su cabeza se lo dijo desde el primer momento, era su cuerpo el que lo traicionaba.