Príncipe (Bilogía Morgan 2) Veintidós
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Veintidós

Nadie sabe la manera en que el hielo corta, la forma en que, cada centímetro de piel, se desvanece ante tus ojos y se tiñe de violáceo, pero eso solo es el principio.

Estaba allí de nuevo, en esa cámara frigorífica desnudo y con un collar en el cuello.

Mis rodillas contra el concreto que ardía y lastimaba.

Mis manos atadas a mi espalda, entonces mi boca se movía en torno a un grito atroz, una y otra vez, pero ningún sonido salía.

Mis ojos estaban vendados. La oscuridad, el frío, mis lágrimas de rabia e impotencia que resbalaban por mis mejillas.

Me juré a mí mismo que iba a vengarme, que era el hijo de Ergan Sinclair, me dije que saldría de allí y sería implacable, pero los temblores no me abandonaban.

Mis dientes castañeaban. Sentí la orina bajo mis piernas dejar un charco, uno que se congelaría como todo lo de ese espacio lúgubre y desolador.

Mis pulmones se llenaron de aire con partículas de hielo sólido y mis fosas nasales se adormecieron.

Lancé un nuevo grito, el sonido se atoró en mi garganta y la desesperación me ganó.

Tiré de la cuerda que lastimaba y aprisionaba mis muñecas.

Tiré del collar que laceraba mi cuello. Grité, pero nadie escuchó.

No había venganza posible, iba a morir ahí.

—Sinclair, Sinclair despierta.

Barud abrió los ojos en la recámara del castillo donde se ocultaba, el corazón galopando en su pecho, sus ojos yendo de un lado a otro. Lee Nok, que estaba acostado a su lado, se incorporó.

—Fue una pesadilla. —Limpió el sudor de su frente con la mano—. Dios mío, ¿qué soñabas?

—¿Qué haces aquí? —cuestionó, evadiendo la pregunta. No quería rememorar su pasado, pero este lo buscaba de una manera despiadada.

Lee Nok se encogió entre las mantas.

—No te encontrabas del todo bien, así que decidí quedarme contigo. De todas maneras, en un momento comenzó a hacerme frío y… bueno, la cama es grande, ¿no?

Barud arqueó una ceja.

—Y decidiste quedarte en mi cama.

—No es como si no hubiera espacio. Ya te dije.

Barud se pasó las manos por el rostro y por el cabello. El lecho estaba cálido, mucho más que cuando dormía solo. Se sentó y buscó un vaso con agua en su mesita de noche. Bebió todo el contenido.

—¿Traigo más?

—No, descansa. No pasa nada.

Lee Nok se humedeció los labios.

—Las primeras noches lejos de la prisión fueron un infierno. Apenas cerraba los ojos, veía esos lugares, la cara de todos esos bastardos que querían… —contuvo sus palabras.

Barud se giró hacia él.

—¿Abusaron de ti?

Lee Nok negó.

—Sabes que soy virgen. Ninguno de ellos pudo tocarme. Anael me tomó bajo su protección desde el primer momento. Todo el mundo nos odiaba; él era considerado un asesino de niños. Aun así, a pesar de su dolor, siempre me puso en primer lugar.

Barud se acostó a su lado de nuevo. No era bueno para dormir con alguien; nunca lo fue. Sin embargo, ese hombre no le resultaba incómodo. Barud miró el techo, los paisajes del campo que mostraban diferentes tonalidades de verde y un sol amarillo y naranja.

—Sé que no confías en nadie excepto en Anael —Lee Nok continuó—, pero quiero que sepas que, si necesitas hablar con alguien, soy bueno escuchando.

Barud se puso de perfil. Ahora tenía a ese hombre frente a él. Lee Nok desvió la mirada y tiró de las cobijas.

—¿Es verdad lo que Anael me contó? ¿Tu familia te metió en la cárcel?

El muchacho asintió.

—Era su manera de amedrentarme, de obligarme a cumplir con mi destino.

Barud puso los ojos en blanco.

—Claro, nada mejor que meter a una linda flor en medio de un lodazal podrido para que se marchite y se contamine.

—Mi familia es compleja —respondió Lee Nok—. No espero que los entiendas.

—¿Y tú lo haces? ¿Te parece justificable esa aberración?

Lee Nok se acurrucó entre las mantas.

—Nunca fui como ellos. Quizás esa fue mi maldición.

Barud dio un suspiro y contuvo las enormes ganas de estrecharlo en sus brazos. ¿Qué le pasaba? Se lo preguntó porque distaba mucho de ser alguien emocional. Querer consolar a un extraño era tan fuera de lugar como encontrar un pingüino en medio del Caribe.

—Mi padre siempre me exigió más que a mis hermanos e, irónicamente, se encargó de demostrarme todo el tiempo que no estaba a la altura. Tenía razón.

—No digas eso.

Barud le sonrió con tristeza.

—Mírame, hombre. A duras penas estoy vivo, y mis hermanos murieron protegiéndome, no al revés. El maldito bastardo sabía lo que me sucedería.

—Lo de tus hermanos no fue tu culpa.

—Lo fue —interrumpió—. Fui yo quien no los protegió, quien cayó en manos de Stoickov. Mi padre construyó un imperio de la nada, conexiones poderosas que fui perdiendo una a una. Estaba destinado a ser rey y ahora soy solo un mendigo.

—Tú nunca quisiste ese imperio.

—No importaba lo que yo quisiera. Era mi deber cuidar el negocio, a mi familia, y fallé. Y, como si fuera poco, sobreviví.

Lee Nok entonces cerró los ojos. El sueño lo estaba venciendo.

—¿No crees que hay una lección detrás de este sufrimiento?

Barud rio despacio.

—Eso es lo que dicen los brutos que no aceptan la verdad.

—¿Y cuál es la verdad aquí? —preguntó Lee Nok.

—Soy indigno de llevar el apellido Sinclair. Soy un cobarde que tarde o temprano morirá, sin importar lo que haga.

—Entonces, ¿por qué sigues luchando?

—Porque he decidido que, si me voy, no lo haré solo. Es lo único que me mantiene vivo.

—La venganza a veces es un motor, pero no es infinito.

—Es el que tengo ahora, Lee Nok, y lo voy a aprovechar.