Veintiuno
Barud se tambaleó y se afirmó a la pared del gimnasio.
Se limpió el sudor. El mareo había regresado.
Bebió de la botella con agua; el sudor empapaba su ropa en cada milímetro.
Llevaba años sin hacer eso, una rutina que dominaba sin despeinarse antes de que Stoickov le pusiera una bala que lo dejó en coma por dos años.
La ira subió de nuevo, como un volcán en erupción.
Debía comer, pero la comida de ese sitio era peor que la del hospital.
Dio pasos dubitativos hacia las escaleras que conducían a la planta baja.
Desde allí debía tomar las escaleras hasta su habitación.
Cada paso le costaba una enormidad. Se afirmó a la pared y se impulsó por inercia.
Cuando llegó a la planta baja, el olor que venía desde el comedor inundó sus sentidos.
Notó que su vista continuaba borrosa. Bebió una vez más de la botella cuando una figura delgada apareció.
Lee Nok llevaba un delantal y guantes. Barud tosió e intentó disimular el mareo. Lee Nok frunció el ceño.
—Por Dios, ¿estás bien?
—Claro. —Barud caminó hacia las escaleras—. Estoy un poco cansado, eso es todo.
Cuando intentó pasar a su lado, Lee Nok lo detuvo.
—Barud.
—Vaya, hasta que me comienzas a tutear.
—¿Qué necesitas?
—Que me dejes pasar.
Barud se tambaleó y Lee Nok lo sostuvo en sus brazos.
—Te tengo —respondió.
—No necesito tu ayuda.
—Yo creo que sí —replicó, y lo ayudó a llegar hasta las escaleras—. ¿Podrás ir escalón por escalón? —Barud contuvo un insulto y miró hacia un costado—. Genial, un bebito berrinchudo que se cree matón.
—¿Qué dijiste?
—Que muevas los pies. No voy a cargarte; eres enorme —argumentó, y lo ayudó a subir las escaleras muy despacio, paso a paso.
Barud sintió que su rostro se enrojecía a cada segundo.
—Estoy todo sudado. Apesto.
—No por eso te voy a dejar tirado —respondió Lee Nok, y llegaron al pasillo que los conducía hasta su recámara.
Una vez que atravesaron la puerta de la recámara, Lee Nok respiró. Increíble que no se hubiera percatado de que estaba conteniendo la respiración. Barud cayó en el sofá, cerca de la chimenea, y cerró los ojos. Lee Nok se cruzó de brazos.
—¿Qué mierda fue eso?
—Nada. Al parecer fue demasiado ejercicio.
—¿En serio? —preguntó Lee Nok con sarcasmo—. Los chicos dijeron que todo debe ser gradual y tú te lanzas dos horas y media a ejercitar como un loco.
—No es algo nuevo para mí —se defendió—. Lo hice toda mi vida.
—No eres el mismo hombre que hace unos años y quizás no vuelvas a serlo nunca.
—Vaya, muchas gracias. Necesitaba esa motivación.
—No lo digo para romper tus ilusiones o tus pocas esperanzas. Uno debe aceptar la mierda en la que se encuentra y dar pequeños pasos para salir de ella.
—No sabes un carajo. No tienes ni puta idea de lo que he pasado.
—Secuestro, tortura, un padre psicópata y controlador, y secuelas físicas permanentes —relató tranquilo—. Conozco de memoria tu diagnóstico y, si alguien puede entenderte, ese soy yo.
Barud se arregló la camiseta. Lee Nok escrutó sus pectorales.
—Tienes que darte una ducha.
—Lo haré después.
—Ahora. —Lee Nok no estaba para negociar—. No vas a dormir así de sudado. Además, hace demasiado frío y lo último que necesitamos es una neumonía.
Barud clavó sus ojos intensos en él, medio atormentado, adormilado y extenuado. Dejó entrever una sonrisa que removió cada célula del cuerpo de Lee Nok.
—Oblígame.
Lee Nok no se amedrentó.
—Quítate la ropa, te ayudaré.
—Genial.—Barud se burló—¿Vas a meterte en la ducha conmigo? ¿Me vas a frotar la verga?
Un escalofrío recorrió la columna de Lee Nok ante la idea.
—¿Quieres que lo haga? —esbozó sin dar ni un paso atrás en la provocación, Barud se rio con ganas esta vez.
Se levantó y sin quitarle los ojos de encima, comenzó a dejar caer cada prenda hasta llegar a la ropa interior.
El boxer se deslizó por sus caderas. Lee Nok miró hacia un costado y, luego, sus ojos volvieron al cuerpo desnudo del hombre frente a él, desde la nuez de Adán pasando por el pecho ancho, los abdominales apenas marcados, los brazos que se notaba que habían sido mucho más musculosos, hasta llegar a su impresionante virilidad.
—Sé que doy asco. No hace falta que pongas esa cara.
Lee Nok tragó saliva y contuvo a su maldita boca que buscaba decirle que, ni por asomo, lucía desagradable, todo lo contrario.
Lo acompañó en silencio a la ducha mientras el hombre ingresaba y el agua caliente tocaba su piel. Lee Nok se mantuvo del otro lado del vidrio de la mampara.
«Apártate, no lo mires».
Su cabeza emitía órdenes que su cuerpo era incapaz de cumplir. Este hombre era un imán, cada vez estaba más convencido de eso.
«Eres perfecto, maldita sea».
Maldijo, pero no se arrepintió de estar a su lado.
La ducha se cerró. Barud asió una toalla seca de color blanco y envolvió su parte baja con ella. Lee Nok estaba apoyado sobre la pared al lado de la mampara cuando éste salió. El hombre comenzó a reír.
—¿De verdad te has quedado allí todo el rato?
Lee Nok se asemejaba a un tomate.
—Será mejor que te vistas, ahora te traigo la cena.
—Eso no va a pasar. —Barud replicó—. No voy a comer esa mierda.
—La cena la he preparado yo, así que, hazme caso. —Lee Nok señaló hacia todos lados porque no sabía qué hacer con sus manos y el nerviosismo—. Regreso en unos minutos.
Lee Nok desapareció. Barud salió del baño y caminó hacia su habitación.
Se detuvo cerca de la estufa. Se quitó la toalla, buscó ropa interior y un pijama de satén negro.
Su cabello estaba mojado así que lo secó lo mejor que pudo con la toalla, porque odiaba usar el secador de cabello.
Se sentó en la cama, buscó dos medicamentos y un poco de agua y los ingirió.
Lee Nok ingresó con una bandeja en ese momento. Barud se colocó una bata y fue hacia el sofá, a su lado, había una mesa ratona. Lee Nok puso dos platos, dos copas y agua.
Barud arqueó una ceja.
—¿Es en serio? ¿Sopa?
—Sí, su Majestad... —Lee Nok se burló—. Ahora, come.
—Mira, niñito. No necesito…
—Falta de alimento—lo interrumpió—. Odias la comida y te mantienes solo con un bote de pastillas y agua. Es normal que tu cuerpo esté al límite.
—Conozco mi cuerpo y saldré de esto sin tu sopa.
—Come. —Lee Nok redobló la apuesta—. De lo contrario, te la haré tragar.
Una carcajada. Fue un sonido hermoso aun cuando estaba destinado a burlarse de él.
—Quisiera ver eso, pequeño.
—Hace un momento te traje hasta aquí, aun siendo todo grandote.
Barud volvió a sonreír, apenas recordaba haber sonreído desde que salió del hospital. Ese muchacho lo lograba casi de inmediato.
Asió la cuchara y probó la sopa, la saboreó y luego bebió otra y otra cucharada.
Lee Nok agarró su plato y comenzó a comer también. Esperaba un comentario, uno mínimo, aunque fuera una crítica, pero Barud no emitió sonido.
—¿Y?
—¿Qué? —Barud asió un camarón y comió.
Lee puso los ojos en blanco.
—¿Qué te pareció?
—¿Qué cosa?
El muchacho entrecerró los ojos.
—¿Me estás jodiendo?
Barud se limpió la boca con la servilleta.
—No está mal. —Se encogió de hombros y siguió con la cuchara—. Cocinas mejor que las viejas esas.
El muchacho abrió y cerró la boca.
—Eres un desagradecido.
—¿Por qué? No voy a fingir que su comida me gusta.
—¿Alguna vez te has preparado algo tú mismo?
Barud dejó la cuchara.
—¿Parezco ese tipo de hombre? Sabes, quizás tienes razón. Tal vez solo soy un bebé berrinchudo. Ahora, ¿me vas a dejar seguir comiendo o no?
Lee Nok le dio una mirada asesina.
—La próxima vez voy a echarle vello púbico.
Barud casi se ahogó con el camarón.
—¿De quién? ¿Tuyo? Si tú no tienes.
Lee Nok abrió la boca ofendido.
—¿Tú qué sabes?
—Veamos. —Volvió a limpiarse la boca—. El único pelo que veo es el de tu cabeza. No hay sombra de barba, ni una pequeñita. Conclusión: no hay vello púbico. O, si te refieres al de esas viejas… Ugh.—Barud tembló por un escalofrío—.Bueno saberlo. No volveré a probar una de tus comidas.
Lee Nok asió la cuchara como si estuviera a punto de apuñalarlo.
—¿De verdad me crees capaz de algo tan asqueroso?
Barud le sonrió.
—La gente enojada y en modo venganza hace cosas de las cuales no está orgullosa después.
Volvieron a quedar en silencio. Lee Nok se concentró en cada uno de sus movimientos y gestos. Ese hombre le generaba tanta curiosidad, incluso cuando Anael prácticamente le había relatado toda su vida.
—¿Cuáles son tus comidas favoritas?
Barud bebió un sorbo de agua.
—Lasaña, pizza, faláfel, cuscús. Los mariscos también me agradan. Una buena hamburguesa no vendría mal en este momento.
—Esa cantidad de grasa.
—Lo sé, doctor —se burló—. Me preguntaste cuáles eran mis comidas favoritas, no las prescritas.
El muchacho chasqueó la lengua.
—Soy buen cocinero. Puedo hacer una versión saludable de cada una de esas comidas que me has mencionado.
Barud arqueó una ceja.
—Traducido sería: puedo convertir cada una de esas recetas en algo incomible.
—Jódete. —Lee Nok le mostró el dedo del medio.
Barud le sonrió de nuevo.
—Por fin. Pensé que eras de hielo.
Lee Nok resopló.
—Cuando decidí quedarme, no pensé que fueras así. Me dijeron que estabas todo depresivo.
—Por supuesto. Creíste que solo encontrarías a un tipo atormentado que apenas se levanta de la cama. Pues esa fue la primera fase; ahora estoy en la siguiente.
Lee Nok sintió que su corazón latía un poco más rápido.
—¿Y cuál es esa fase?
—La que quiere terminar con toda la mierda y marcharse junto a sus hermanos. —Barud se hizo hacia atrás en la silla y contempló a Lee Nok—. Entiendo a Anael, ¿sabes?
—¿A qué te refieres?
—Tienes la capacidad de iluminar incluso el sitio más oscuro.
—¿Él te dijo eso?
—Varias veces. Pensé que era una tontería, pero ahora que te tengo de frente coincido. —Los latidos de Lee Nok volvieron a dispararse. Barud bebió agua una vez más y se cruzó de piernas—. Gracias por la sopa, Lee Nok. Tenías razón, eres un buen cocinero.